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Febrero 25, 2014

La falsedad del misterio* - J. S. de Montfort

seurat.jpgPíxel vs. Pincelada

Dice el joven ensayista Germán Huici (Madrid, 1981) en su libro Entre miradas (Elba, 2013) que la felicidad que nos produce la contemplación de las imágenes es, a la vez, una frustración, aunque consentida. Ya que, como espectadores, pactamos ese no saber a ciencia cierta cuál es el misterio último que encierran esas imágenes que nos atraen con el irresistible “suspense de su dialéctica”. Pero cuidado, que no habla Huici de las imágenes contemporáneas (del píxel), ni del afán actual por primar lo textual en las artes visuales, sino de la pintura, la buena pintura, la mejor pintura, la que “no aspira a ser verdad”, sino más bien un “espacio lejano, inhabitable, que esa a la vez maravilloso y siniestro”.

Porque la fascinación imaginaria es inherente a nuestra condición, nos dice Huici, y lo que debería demandar el espectador que busca un arte bueno es “la honestidad de la virtualidad pura, sin ápice de realidad”. Una cierta falsedad, pues. Que se nos hable desde “la insignificancia de la intimidad”, no desde “la grandilocuencia del discurso”. Nuestra época es difusa y, en ella, realidad y virtualidad (arte y vida, pues), se confunden en el ámbito de las realidades virtuales, razón por la cual es tan difícil definir lo que es arte hoy.

La clave, en cualquier caso, de la diferente contemplación de las imágenes y, por lo tanto, de su diferente naturaleza, pero también de la decadencia misma de la pintura, es que los sujetos del pasado (de un mundo menos estimulado visualmente) le dedicaban más tiempo a la contemplación de una imagen. Y nosotros, en nuestra era de la “multiplicidad superlativa de imágenes”, apenas tenemos tiempo para ellas.

Publicidad vs. Artesanía

La pintura aspira a congelar la vida y está realizada físicamente con sustancias fósiles. Desde la antigua Grecia, nos cuenta Huici, existe “una trágica resistencia” a admitir la condición orgánica de la propia naturaleza. Así, los cuadros son fósiles y la belleza clásica, consecuentemente, es “un culto al fósil”. La biología moderna y el cubismo profanaron la integridad del cuerpo y hoy se nos ofrece una deconstrucción del cuerpo.

La paradoja está en aquellos cuerpos que miran esas obras de arte en los museos: “carnes curtidas por el ejercicio, arrugas estiradas retando al paso del tiempo, vestidos ajustados que marcan pieles lisas, rasuradas hasta el sexo”. Una especie de “odas vivientes a lo cadavérico”, como si el espectador quisiese congelarse, erigirse él mismo en obra de arte clásica, en una reliquia espectral.

Esto revela, en opinión de Huici, un temor a la vida misma, pues es la carne de los cuerpos lo que da energía y vigor al arte. Y un síntoma de ello puede percibirse con facilidad en el gusto puntillista del público contemporáneo, nos referimos al éxito que generan los cuadros impresionistas, con sus formas que están a punto de reventar. Es el recurso típico del mundo capitalista, opina Huici, y que revela la crisis del mundo occidental, su espíritu de acumulación. Por ello, opina Huici que Seurat es un pintor plenamente contemporáneo, el pintor de nuestro tiempo. Sus cuadros nos generan la ilusión de que podemos abarcar la inmensidad.

Pero es un engaño, una forma de mantener el orden dentro del desorden del mundo, de continuar esta función circense de la contemporaneidad que es “a un tiempo farsa y cosmos”. Una especie de limitación sin límites, por así decir, que nos convierte en espectadores solitarios, sin empatía. Porque son visiones de la realidad cristalizada, las que nos propone Seurat; es una pintura exacta a la publicidad. Un espejismo que se desvanece a la primera ráfaga de viento.

De otro lado, tendríamos una estética de lo cotidiano que reivindica el trabajo manual y que podríamos encontrar en la pintura holandesa del siglo XVII. Se trata de ese gusto por otear y descubrir y que despierta en nosotros ese letárgico instinto de cazadores. Son cuadros que gozan de una temporalidad particular, dominada “por la infinitud del instante”. Estampas donde el silencio “adquiere una dimensión metafísica” y se produce en ellos un silencio de ideas. Cuadros como, por ejemplo, aquel que podemos ver el museo Thyssen, Interior con mujer sentada junto al hogar (1654), de Jacobus Vrel. Son cuadros que nos producen un tipo de placer que “tal vez evoque el abandono infantil a la destreza materna”, nos dice Germán Huici.

Una manera posible de disfrutar de una intimidad extrema, de las tareas manuales que se realizan con precisión y paciencia, “de forma mecánica y silenciosa”. Pinturas que nos invitan a la observación muda, que nos permiten recuperar esos tiempos del aburrimiento en los que no suceda nada. Y aquí precisamente estaría una de las razones fundamentales por las que se ha quedado desfasada la pintura, porque nos “resulta aburrido mirar tanto una sola imagen y esto nos aterra”. Pero sin aburrimiento, sépase, no hay reflexión y ciertos placeres son inalcanzables.

Ahora bien, esta contemplación paciente no está exenta de peligros, ya que puede que nos cansemos del vacío y comencemos a querer llenarlo de preguntas. Y es que, como bien nos recuerda Huici, esa curiosidad extrema nuestra y que nos lleva a querer desvelar todos los secretos, ha hecho que nuestras esperanzas queden ahogadas en su propio deseo irrefrenable por obtener respuestas.

Qué hacemos con la pura Nada

Ya no sabemos qué pensar, precisamente “porque podemos pensar cualquier cosa”. Vivimos en la era del humorismo, la era de Duchamp. Nos uniformamos porque somos incapaces de soportar nuestra individualidad. Y ahí están las mujeres de Hopper, que siempre son la misma mujer, variaciones de su esposa, Jo. Y el icono de la Mujer en el baño, de Lichtenstein. Una mujer a la que ya no le quedan secretos, y que apenas tiene sombra, una mujer vampírica.

No nos queda melancolía, ni dios.

Estamos obsesionados con la mercancía y hemos perdido el gusto por la realización de la obra, por el proceso. No le damos valor a ese gesto que tuvieron, por ejemplo, Renoir y Monet, acción de la pincelada contra el lienzo y que deja constancia más de lo que los pintores vieron y pintaron que lo que pensaron.
Tenemos que volver a pensar en términos de viaje, nos dice Huici, de la experiencia estética como un algo fascinante y tramposo. El encuentro estético entendido como alucinación. Ese momento en el que se intenta agarrar aquello que es “del todo inaprensible”, Como sucede en el Noli me tangere (1525), de Correggio, donde la Magdalena tiene una visión de lo bello, de lo suave de un mundo completo pero inhabitable.

Y se ha de recalcar que es el lenguaje, esa distorsión dialéctica contemporánea la que nos impide abandonarnos al trance, a la alucinación, a la experiencia. De nuevo, esa eternidad del instante. El buen arte de la pintura es aquel que nos proporciona una experiencia fugaz, pero ausente de toda duda. Lo decíamos antes: la ambición del artista moderno (pero también del individuo que visita los museos) es la de convertirse en “sujeto e incluso objeto del arte”. De ahí que su sentimiento clave sea la melancolía.

Arte y erotismo

Pero la experiencia estética necesita de un reclamo, de un marco que encuadre la mirada. Y el espectador debe contribuir: dejando embaucarse, estando en disposición de conceder, de aceptar la sorpresa. Porque la experimentación de lo bello acontece siempre como “en una especie de tropiezo”. Así, una vez atrapados, nos adentramos en un territorio virtual, “en el que espectador y obra juegan un papel secundario […] y esa otra cosa que es al belleza pasa por completo a un primer plano”. Daniel Arasse lo expresa así: “como si para disfrutar de la pintura fuera preciso no tener un lugar propio”.

No se olvide que lo bello “es un espacio transitable pero inhabitable”, un lugar en el que nosotros no tenemos cabida. Lo bello es “el simple descanso de nuestra condición de ruidosos objetos pensantes y parlantes en medio de un mundo que sólo devuelve silencio”. Es un lapso de silencio, un estadio en el sencillamente no pasa nada. Pero no una plenitud mística, ya que nuestra contemporaneidad laica nos urge a buscar ese espacio otro en vida, aquí y ahora.

Lo que garantiza la virtualidad de la pintura es precisamente ese “mírame y no me toques”, por la razón de que diluye el deseo sexual. De hecho, y como nos recuerda Germán Huici, la fascinación por los cuerpos desnudos y por los bodegones es análoga. Es justamente la inhibición lo que nos produce placer. En definitiva, que el goce por la pintura proviene del hecho de que no es pornográfica. El objeto de deseo se ubica entre lo estético y lo tangible. O dicho de otra manera: ”el arte tiende todos los puentes, ofrece todos los reclamos, para que, en el último momento, nos descubramos en la más íntima de las distancias insalvables”.

Germán Huici lo sentencia de la siguiente manera incontrovertible: ”el arte y la vida siempre nos dejan a medias, ésta es la clave de su atractivo”.

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*Germán Huici, Entre miradas, Ed. Elba, Barcelona, 2013, 106 págs.

Febrero 23, 2014

¿ALTERNATIVAS A ARCO? - Ernesto Castro

large.jpg No las busquen en ARTMAD; el salón de los rechazados que parecía apuntar maneras hace años y figuraba en todas las porras como eterno opositor a la corona feriante y mercantil se ha vuelto en esta edición pasto de las excursiones de instituto que van a confirmar a los chavales los prejuicios asentados sobre el arte actual, que según dicen murió con Antoni Tàpies o se sobrevivió a si mismo y sigue zombi como Miquel Barceló. ¿Algún pintor fuera de la edad de jubilación, por favor? Haberlos haylos, pero son tan malos que merecen sufrir el formato expositivo de moda en ARTMAD, que consiste en acumular movidas hasta la claraboya, no menos de cinco piezas por metro cuadrado, como si aquello fuera una Wunderkammer y sus clientes, nobles que compran obra al peso.

En algo aciertan los expositores, algunos de los cuales tienen la cortesía de colaborar con Intermon Oxfam; en general todos los ONE PROYECT, que simplifican trayendo un solo artista, o bien aciertan con nuevas apuestas (no es mi rollo, pero hay que reconocer la solvencia de Anna Taratiel y sus trabajo abstracto-espacial; entrar en el espacio CiS Art es como hallar un oasis de seriedad galerística en mitad de aquello), o bien arman una sala del terror para niños a mitad de camino entre L’Oceanogràfic y una disco cuando encienden las luces (peores bichos he visto yo nell mezzo del cammin di nostra vita, pero nunca peor escultura que la que tienen montada en Fontanar: Océano Plástico, una reflexión sobre los desechos marinos donde Javier Ayarza aspira a Ben Clark del circuito escultórico y se queda en Charles Bukowski, poeta de lo patético).

¿Alternativas? Buscadlas en el propio ARCO. Allí tenéis pared con pared las galerías Malborough, Leandro Navarro, Dan, Guillermo de Osma y Levi, que son tan alternativas que llevan al espectador de vuelta al Museo Arqueológico solo con pisar esos suelos bien acolchados y ver esa iluminación ultratenue. A diferencia de años previos, esta vez nadie puso techo a su stand, ni siquiera los que llevan a Miró como joven promesa; craso error porque en verdad todos buscamos cobijo en el amplio seno del modernismo. Hablando de senos, ¿esperan que critique el Congress Topless de Yann Leto? No caerá esa breva; me decía Eugenio Merino, otro que tanto monta: «Lo raro sería que no haya sexo en ARCO». Vivimos más obsesionados que los victorianos con infringir el noveno mandamiento mosaico («No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno») y sin embargo nuestros artistas hablan de todo menos de quien-tú-sabes.

Ahora en serio, espacios que mantienen ciertas formas: (a) Max Estrella, que es como una domus romana, que recibe en el pórtico de entrada con un Carlos León poderoso y geométrico (el ostium), tiene la salita de estar llena de Marlon de Azambuja (el atrium) y ofrece como refrigerio la frescura que destila la traducción de la escala de grises en intensidad sonora cortesía de Almudena Lobera (el impluvium); (b) Ángeles Baños, que sabe combinar el detallismo y lo vendible, las maquetas de casas en lugares como Michigan o Ohio hechas por Ignacio Bautista y la geopoppolítica a factura de Manuel Antonio Domínguez, entre otras cosas, coronadas por la Depression View de Daniel Martín Corona, una cartografía psicológica de profundis; (c) ADN, que cojea igual que yo del pie izquierdo, y que no requiere ulteriores comentarios, porque aquí estoy siendo parcial con lo que me gusta en términos ideológicos, salvo decir que trayendo a Nuria Güell, Adriana Melis y Carlos Aires, entre otros, el galerista muestra ser único en no avenirse a componendas desideológicas metaferiales.

No se puede decir lo mismo de otros, y aunque sea habitual callar de lo que no puede hablarse, reconocer a los buenos y otorgar ante los malos, hay varias galerías que merecen un tirón de orejas; yo llevo yendo a esta feria desde antes de tener edad de razón y hay peña que antes molaba (expositivamente hablando) pero que este año no tiene su ‘Progresa Adecuadamente’: (α) Espacio Mínimo sorprende con fotografías de gente en apuros y con monadas high tech, un video de un juego de manos que parece encarnar el espíritu trilero (te la clavan by the face) de lo contenido en IFEMA; (β) Nogueras Blanchard incurre en la bobada, graffiti sobre lienzo con el título de Philosopher (quien juega con Platón, se quema) y un chasis rollo fluxus con láser verde sobre pared; (γ) Helga de Alvear pierde la noción del espacio propio, su stand toma unas dimensiones que ni los establos de Augías, donde caben desde metales abollados hasta obra gráfica con rótulos cínicos y un Thomas Ruff. #CristoMal.

A nivel individual descuella sobre el conjunto, varias cabezas por delante en la carrera, el performance de Hector Zamora, documentado para Luciana Brito, donde unos peones de la construcción se lanzan ladrillos formando circuitos de cadenas humanas cerrados con formas geométricas de divertido atletismo y cuyo título, Material Inconstancy - Istambul, incorpora una reflexión sobre las últimas revueltas populares exitosas; pienso de inmediato en Gamonal, claro está, donde el objetivo del sujeto colectivo violento era el mismo que estaba siendo peleado en la plaza Taksim: parar las obras de especulación inmobiliaria arrojando sobre los perros policías el material de construcción de la infamia.

Y para que luego no digan «Pero Ernesto, es que eres el mamporrero de los izquierdistas en el mundo del arte», aquí tienen mi granito de arenisca, mi contribución personal a esa otra burbuja especulativa, la de la pintura y de la obra gráfica; hubo mucha y mala hasta decir basta en ARCO, pero ahí va una listilla razonada de cuadros vistos en la feria que (de tener dinero) colgaría en la Hacienda Castro-Córdoba a juego con las cortinas: (i) Iceberg de Santiago Giralda, porque el título de esta forma vale tanto para su forma como para su fondo, pues vemos nada más que la puntita de un proceso de trabajo por estratos, que parece inofensivo pero en verdad esconde un talento salvaje para la sorpresa y la catástrofe (en Moises Pérez de Albéniz); (ii) Jacques Lacan de Dora García, porque en mi casa todos son felices lectores de Jacques Lacan salvo un servidor de ustedes, pues tengo en nada la retórica del analista parisino, y sin embargo aprecio en silencio a Dora García, una suerte de vade retro en mi familia, y todo sea porque los amigos estén cerca pero aún más los demás (en Projestesed); (iii) y 41 ways de Nacho Martín Silva, porque plantea una inflexión sugestiva a partir de la Lección de anatomía, convirtiendo en una suerte de tribunal público la refutación primigenia del empirismo —en el Rembrandt original, los discípulos miran el libro que el cadáver tiene a sus pies, en el borde del cuadro, paradigma de abstracción filosófica, en lugar de verificar los hechos brutos que el maestro indica— y parcelando muchísimo la escena de modo que cada una de las cuarenta y una vías (o formas) de acceso a la verdad tengan su propio ambiente pictórico y, si se me permite esta cuña plebeya, su propio filtro de Instagram (en Nuble).

¿Y las ventas? ¿Qué tal han ido? ¿Cómo saber quién vende cuánto? Bastaría con dejar de mascullar «Estamos petándolo», como me han dicho varios amigos que tengo de becarios a modo de espías y dobles agentes (galerista: vigila tu espalda), y empezar a mostrarme una contabilidad transparente (como algo opuesto a que sea doble, por ejemplo) y que justifique reclamar reducciones sectoriales de impuestos cuando todos sabemos cómo se compraba antes de la crisis, aquellos años dorados, cuando había gente que tenía tachada la palabra ‘factura’ de su diccionario y todo lo demás se lo llevaba la Fundación Coca-Cola. Y no digo más, que ya habló Eduardo Arroyo:

«la verdadera protagonista de la feria es Madrid, que siempre encantará a provincianos y extranjeros porque se pueden emborrachar a buen precio y hacerse servir una paella —pongamos por caso— a las dos de la mañana. Oigo a propósito del IVA al 21 por ciento que los coleccionistas foráneos prefieren comprar obras en el extranjero, porque les cuesta menos que las ofrecidas por las galerías españolas.»

Y solo cabe añadir que yo he visto buenas piezas de Mateo Maté en la Maxweberfriedrich (alemana, natürlich) y en NF (Reino de España); me gusta más La Arqueología del saber que exponen en la segunda, periódicos esculpidos formando montañas, pero quizá el lector prefiera analizar el mercado y la especulación sobre bienes artísticos, pues Kunst = Kapital, y entonces los paisajes que exponen en la primera, hechos con la paleta de los uniformes militares de camuflaje, podría servirle como retrato del coleccionista prototípico: larvatus prodeo, que dijera Descartes.

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Imagen:
Héctor Zamora
Material Inconstancy, Istambul, 2013
Vídeo instalación

Luciana Brito Galeria

Febrero 16, 2014

El arte contemporáneo “degoyado” por el propio IAC - María Virginia Jaua

arte degoyado.jpg Hay una anécdota del mundo de la literatura que quizás tenga algún sentido recordar estos días. Cuando Edgar Allan Poe dirigía una de las varias revistas que editó, un señor le envió unos poemas desafortunados para que los publicara. Poe los rechazó amablemente, pero el señor se enfadó e insistió en la validez de sus textos. Poe dijo entonces: “fulano de tal nos ha enviado unos versos, los cuales hemos declinado publicar por su propio bien, pero si sigue insistiendo los vamos a publicar.”

Esta pequeña anécdota editorial ilustra a la perfección el hecho de que a veces es mejor no empeñarse en el desatino: por el propio bien de uno, pero aún más por el del colectivo, cuando se es el representante de uno. El problema no es errar, sino insistir en ello no una sino mil veces hasta consumar el desastre y arrastrar a los otros.

La insistencia y tozudez del presidente del IAC, puede a la larga ser mucho más costosa que la propia gala deslucida y sin sentido, que se llevó a cabo el pasado 14 de febrero: copia mala de la copia mala de la copia mala…

Para empezar ese empeño de poner al arte en el escaparate y bajo los reflectores o como les gusta decir: en el photocall -que ya no sabemos si hay una confusión en la vocación- no solo no conseguirá la supuesta y anheladísima “visibilidad” del arte contemporáneo español en donde es y debe ser “visible”, sino que tampoco conseguirá realmente nada de las cosas importantes para el arte, e incluso, diría, que por su vulgaridad lo aleja cada vez más de conseguir aquello de lo que realmente está urgido: la legitimidad que solo da el trabajo serio.

Si existe una desafección del público con respecto al arte quizás se deba, entre otras cosas, a que muchas de las exposiciones de “arte contemporáneo” son algo realmente incompresible, pretencioso y sin ningún tipo de sustento de investigación, ni de rigor y en las que muchas veces se hace énfasis en algo que al público no se le escapa: su sumisión a intereses del mercado y del capital por encima de la búsqueda del conocimiento. Es decir: sus falacias. Y a lo que ahora se quiere sumar este afán inútil de reunir con lo que debería ser una mayor exigencia en la producción de significado, la social-banalité más hortera.

No nos cansaremos de insistir que se debe comenzar por hacer una verdadera crítica, es decir: empezar con una autocrítica radical, mucho más conveniente y necesaria que la palmadita y el premio de ocho toneladas (como bien señaló alguien que recogió uno de los galardones) dado entre colegas, con el fin de subirse la moral unos a otros, para luego tener un pequeño crédito “afectivo” con el que gestionar favores.

Esto se hizo evidente en el acto cuasi-escolar que se llevó a cabo en el auditorio del museo Reina Sofía. El texto de los presentadores de la gala, que en lugar de conseguir esa “identificación” necesaria con los asistentes (ni en la forma ni en el fondo), produjeron horror a los miembros del colectivo artístico, se mereció -ese sí, un reconocimiento al mejor “guión” de sandeces jamás pronunciado para bochorno de todos los presentes. Entre los infinitos disparates, me quedo con esta perla: “el arte es como el champagne, el arte es una confusión feliz.”

En cambio, dicho guión hizo bien evidente que ni siquiera el impulsor del evento cree realmente en lo que supuestamente hace: apoyar el arte de su tiempo. En ningún momento se mencionó el nombre de algún artista contemporáneo español y sin embargo, no se escatimaron “elogios” a Murillo, a Botticelli y al pobre de Goya… pero sobre todo el palmarés de la apología a los artistas, se lo llevó esta: “para ser realmente artista, este debe estar muerto”. En fin, uno de los doscientos mil chistes malos e involuntarios de la gala. Pero el despropósito no quedó sólo allí, también se expresó por la boca de una de los freshianfitriones, esa idea tan saludable que se tiene de la crítica: algo temible y horroroso.

Más bien nos resultó extrañísima dicha afirmación, porque supuestamente se pretende “reconocer” a la crítica y “animarla”. Mejor aplíquenla de una vez por todas y si no pueden, porque no tienen las herramientas: acéptenla y agradézcanla: al final, es "por su propio bien" y del colectivo, al que también la propia crítica pertenece.

Otro detalle digno de mencionar es que la gala del Arte Contemporáneo se vistió de luces reconociendo como los mejores proyectos expositivos del año 2013 a dos muestras que NO son de arte contemporáneo [1]: “Contra Tàpies” (comisariada por Valentín Roma en la Fundación Tàpies y “La invención concreta” (comisariada por Manolo Borja Villel y Gabriel Pérez Barreiro en el MNCARS).

¿Os dáis cuenta de vuestras infinitas contradicciones? ¿Con qué criterio se hicieron esas valoraciones? ¿Habremos de recordarle al señor Cereceda a qué periodos y a qué movimientos corresponden los principales artistas de ambas muestras?*

Sin duda, ahí no se trataba de artistas “contemporáneos”. A menos que se considere la contemporaneidad como algo arqueológico: que mira al pasado. ¡Pero qué importa, dirá alguno, si “se trata de una fiesta” con una sonrisa desdibujada en el rostro. Pero el festejo ya se había aguado con antelación [2] y no fue a causa de la lluvia madrileña: el primero, Valentín Roma, rechazó el premio, por considerarlo una payasada y el segundo, aunque quizás le habría gustado declinar el honor, no pudo por ser la máxima autoridad de la institución que albergó el deslucido evento.

A este doble “error”, se suma otro no menos “visible”, ya que se había señalado varios días antes en las redes sociales: Cildo Meireles NO es, no puede y no será ya nunca un artista “revelación”. Una vez más se manifestó la férrea voluntad del presidente del IAC en perseverar a ciegas en su propio desatino. Teniendo en cuenta que se pudo enmendar, al haber muchos artistas jóvenes notables en Latinoamérica. Algunos de ellos incluso viven en Madrid y habían sido nominados como Marlon de Azambuja, quien por cierto acaba de presentar, en la galería Max Estrella de Madrid, una excelente muestra en la que reflexiona sobre la inestabilidad y la precariedad del proyecto de la Modernidad.

Otra de las particularidades de este "evento" que podría tener una lectura en clave decolonial es la insistencia infinitamente cansina y española de que querer “descubrir” el Nuevo Mundo. En lugar de querer “descubrirnos” a nosotros los latinoamericanos; por qué mejor no se dejan descubrir vosotros. Lo digo no sólo porque si os dejárais descubrir quizás se lograría la tan ansiada “visibilidad” que el arte español reclama, pero también no vendría mal un cambio de roles, porque la historia se nos está haciendo un tanto aburrida. Este afán de querer ser los “descubridores” de un arte que ya tiene un lugar bastante visitado y revisitado en el mapa del arte mundial y que llegó mucho antes a Nueva York, París o Londres que a Madrid, no sólo pone en evidencia ciertas carencias culturales, y cierto dejo de oportunismo: apropiarse de un discurso ya legitimado sin arriesgar nada para propio beneficio. Pues si fuera el caso de “revelar” algo verdaderamente no conocido habrían podido contemplar artistas de Asia, África u Oceanía. O ya de perdida el arte de Vallecas o Móstoles: seguro que ahí hay mucho por "descubrir".

El acto de reconocer el trabajo, el esfuerzo y el rigor en sí mismo no tiene nada de reprochable, al contrario puede ser bastante loable. Pero esto no se consigue con galas ni con premios, no son tiempos para ello, incluso el mismo Miguel Cereceda insistió varias veces en ello, contradiciéndose -una vez más- haciendo lo opuesto de lo que afirma; pero es que parece carecer del más mínimo criterio para hacerlo.

Además de que no son premios ni fiestas lo que el arte necesita, como él mismo afirmó en numeras ocasiones, resulta curioso que se haga por medio de métodos un tanto opacos por parte del IAC (una asociación que se conocía por su defensa de la transparencia y de las buenas prácticas). Nadie entendió el criterio de las disparatadas nominaciones, ni tampoco de los premios. Muchas personas se fueron con la idea de que todo se decidió a dedo por él y cuatro personas de una misma asociación, incluido su director. En ese sentido, mucho más sobrias, transparentes y coherentes han sido los métodos y las formas de la asociación Mujeres en las Artes Visuales (MAV) que en su premiación independiente y con la votación de todas sus afiliadas, demostró mucha más profesionalidad.

Aquí no se busca descalificar ninguno de los reconocimientos, al contrario, algunos de ellos muy merecidos, pero sí señalar el despropósito, la inutilidad, las contradicciones y el fiasco de insistir innecesariamente en un camino plagado de errores por pura soberbia y por afán de “figurar” en la repartición de “estrellitas”.

Porque de todos los discursos que se escucharon a unos decibeles -que rompían los oídos de los presentes-, como si de una arenga politiquera se tratara, el más absurdo fue el del impulsor de los “reconocimientos”, el actual presidente del IAC, una asociación que ve su credibilidad por los suelos, cuando su representante proclama la dignidad y la excelencia del arte junto con las de la publicidad, la televisión y el turismo, con esta afirmación contundente: “el arte nos hace más críticos y más hermosos [sic].”

Con ese bellísimo y profundo estament, digno colofón del leitmotiv incumplido de la velada “para que el arte enamore” en el día del año más propicio para ello, es que recordamos hoy la anécdota de Poe. Esperemos que por "el bien propio" y el del colectivo, el presidente del IAC recapacite y desista en su empeño amoroso [3] -de una vez por todas- de poner bajo los reflectores y en transmisión en directo al “degoyado” y mal entendido reconocimiento del “arte contemporáneo”, no vaya a ser que consiga la tan ansiada "visibilidad" por la que ha dado la vida.

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[1] Aunque la muestra Contra Tàpies contó con algunos artistas contemporáneos como Pep Agut o Vicente Vázquez/Usue Arrieta, no puede considerarse de ninguna manera como de “arte contemporáneo”, pues la mayoría de los artistas que se incluyen en ella, van desde las primeras hasta las últimas vanguardias del siglo XX.

Mientras que la exposición La invención concreta centra su atención en el desarrollo de la abstracción geométrica en Latinoamérica y abarca un marco cronológico que va de los años treinta y concluye en la década de los setenta del siglo XX. Como se señala en el texto con el que el Museo Reina Sofía la presenta a los visitantes.

[2] Véase el artículo de Peio Riaño "Los Goya arrancan con escándalo"

[3] Las excusas que Cereceda está dando en las redes sociales de que "todo no fue tan malo" y echarle la culpa a la productora de televisión que él mismo contrató, en lugar de enmendar, agravan el hecho al no asumir la responsabilidad de la errada deriva por la que está llevando a todo un colectivo.

Febrero 10, 2014

La vida de Adèle y las formas del erotismo - Aymara Arreaza R.

blue-is.jpg Late el deseo incluso después de que acaba la relación. Los motivos de la ruptura amorosa no pasan por el aburrimiento de acariciar el mismo cuerpo. No atisban sus razones en la falta de satisfacción del gozo sexual. La relación se acaba por razones que están fuera de la órbita de los amantes. Satisfacer y satisfacerse, por encima de cualquier actividad que tenga otro fin, es el leitmotiv de esta pareja. Prevalecen los primeros planos de las relaciones sexuales entre dos mujeres que convierten el goce amoroso y erótico en protagonista. No hay roles que cumplir y se rompe a pedazos la idea obsoleta de que la actividad sexual simple se practica con el fin “natural” de reproducirse. Así es La vida de Adèle, una jovencita que pasa por varios escenarios en los que se confronta con la exploración. Se ensimisma y se interroga: ¿cómo vive sus primeras experiencias sexuales?, ¿cómo siente la atracción que despierta en los hombres y las que avivan en ella algunas mujeres? Desde la tensión con la que se manifiesta el deseo hasta la morbidez de la mirada, Adèle presenta una belleza visceral y espontánea.

Exhibir en la pantalla un mosaico de gestos abrasadores en los que las protagonistas son dos mujeres no tendría nada de excepcional si este tipo de relaciones no hubiera estado vetada e invisibilizada desde que se empezó a hablar de la historia de la sexualidad reglada. Estéticamente la entrada impetuosa de la desnudez en esta película es imprescindible e instruye sobre el deseo, obligando a abrir los ojos, a atender a los estímulos del erotismo, a participar de la orgía del sexo y la comida, como si los espectadores fuésemos también los árbitros de esa contienda. Los cuerpos que casi flotan en la proyección revelan porosidades y fluidos que no atienden a la lógica de la razón normativa, la que procura imponerse en los patios de colegio. Aquí la pauta es otra y conecta con Georges Bataille y su modo de abordar las relaciones eróticas: “Lo que está en juego en el erotismo es siempre una disolución de las formas constituidas”. Disolución que en la propuesta del director Abdellatif Kechiche se logra a través de planos muy cortos que parecen minuciosos estudios de labios, cuerpos desaforados y fragmentos de pechos o nalgas que asumen su papel de excitadores de carnes convulsas.

Adèle y su amante, Emma, representan un peligro frente a la familia conservadora y ante algunos compañeros de colegio que no quieren “desnudarse” frente a ellos mismos y frente a la tradición. Y es ése el carácter profundamente vanguardista de este drama sustentado en una profusa arte poética de las imágenes eróticas. Por encima de todas las fluctuaciones del filme se reinventan las figuras de las amantes que intiman con el espectador. La voluptuosidad de algunas escenas nos conduce a un voyeurismo continuo. Al decir de una de las personas con las que fui ver la película, “una maravilla seudoporno”. Efectivamente las protagonistas hacen que el descarne sea transparentemente impúdico, abierto al placer desprejuiciado. La visualidad que nos propone La vida de Adèle no sólo se escribe desde la belleza aparentemente seudoporno que surge de los encuentros de estas amantes. Las escenas, además de arrancar el pudor, convierten la obscenidad en algo necesario y gustosamente permitido. Es esa actitud de apertura, esa disposición a encarnar el deseo entre dos mujeres, lo que la hace tan provocadora como carnosamente bella.

Para terminar, quisiera destacar que este manifiesto fílmico sobre el amor y la sensualidad también interpela a las esferas sociales y los tabúes que en ellas imperan. Las formas del erotismo que practicaron Emma y Adèle no enlazaron con las exigencias cotidianas: encontraron su única verdad en el placer que nada entiende de límites. Vale la pena preguntarse de qué modo Michel Foucault habría analizado este filme. ¿Lo habría tomado como un ejemplo de resistencia a la voluntad de hacer del sexo un saber?

Febrero 02, 2014

ASÍ NAUFRAGA EL ARTE TÉCNICAMENTE PUNTERO - Ernesto Castro

BARCO HUNDIENDOSE 2.pngEl triste caso del Polizone

Hay barcos que solo valen para estar en tierra. Es el caso del Vasa, el buque de guerra mandado fabricar entre 1621 y 1625 por órdenes de Gustavo II Adolfo de Suecia, quien buscaba añadir en su flota el mayor galeón jamás hecho, armado con 64 cañones y una dotación de 30 marineros y 300 soldados, siendo su triste destino escorarse y hundirse durante su bautismo a escasos metros del puerto de Estocolmo. ¿El motivo? Llevaba demasiada carga. Los ingenieros calcularon adecuadamente las magnitudes para un puente de cañones; Gustavo tuvo que pedir doble ración para enviar esta mala bestia a pique. Si hoy quieres verlo en acción, procede ir a revisar Piratas del Caribe II (el Holandés Errante que lleva el mitad hombre, mitad pulpo es igualito) antes de volar hasta el Vasamuseet; un museo de barcos es un crimen en el altar del savoir faire.

Lo mismo podría decirse de Polizone, la instalación interactiva con que culmina la iniciativa Huesped, propuesta por INTACT Project y alojada en Medialab-Prado, cuyo objetivo consiste en utilizar la tecnología para simular una travesía marítima. Los creadores advirtieron a la concurrencia que asistieran listos para contribuir activamente en una experiencia metacreativa que involucraba la participación semipresencial del Matralab (Montreal, Quebec) y del Arteleku (Donostia, Euskal Herria). Según Roberta Bosco y Stefano Caldana, teníamos ante nosotros «una apuesta muy atrevida y quizás la obra basada en técnicas de telepresencia más compleja que nunca se haya realizado». Fui a ver con mis ojos aquello tomando por bandera el espíritu del naufragio con espectador según cuenta Lucrecio:

Es suave mirar cuánto trabajan otros desde tierra cuánto les sacude el viento la superficie del mar; no porque la agitación ajena dé contento y alegría, sino aún más suave discernir los males que no tienes.

Una vez allí, veo que el propósito de la interacción comienza a fracasar una vez el público, tras esperar quince minutos de retraso como ovejas en un corral, es incapaz de entender las repetitivas indicaciones de la organización, quienes insisten por favor sitúense detrás del proyector, en ningún caso delante. Podría traer aquí a colación la llamada Ley de Zinc de las Masas, según la cual dos cráneos piensan juntos mejor que solo uno, pero a partir de veinte la cosa se hace como nadie, como nadie piensa en absoluto; adquirimos un encefalograma plano común. Sería cruel, sin embargo, llamar tontos a un público que me incluye a mi en compañía de multitud de ingleses y alemanes, símbolos vivientes de la distinción internacional y de no entender media papa también. Peor para ellos: pudimos escuchar por Skype a los contertulios euskaldunes y quebequenses quejarse en perfecto castellano de «Los fallos de último momento», suponiendo entonces que programa requería saltarse las diferencias idiomáticas, esto es, contar cuentos de buques en el idioma de Miguel de Cervantes, quien seguro los odiaba a muerte porque perdió un brazo a bordo de uno.

Y así fue. La orquesta rasgaba la banda sonora de alguna película de terror, instrumentos de cuerda columpiando notas agudísimas, la percusión que oscila entre lo repentino y lo monótono, mientras una voz desgrana una narración cargada de lirismo y la segunda persona del verbo. Nada de Unai Velasco o Miqui Otero, cuyos En este lugar (Papel de Fumar, 2012) y La cápsula del tiempo (Blackie Books, 2013) considero respectivos referentes, auténticos tótems de la poesía y del tuteo. Lejos de estos, Polizone gasta un estilo Carne Cruda, el programa de Radio 3 que tantas veces ha decidido tirarse a la piscina del simbolismo de cantimpalo atravesado por invocaciones de ¡Vive al límite! que cualquiera juzgaría saqueadas del Twitter del poeta argentino Carlos Salem, quien además satisface un requisito para nada baladí: calzarse el pañuelo del Capitán Sparrow a sus sesenta años de edad

Los videos que pretendían reproducir las luces del oleaje, todo sea dicho en favor de Polizone, estaban hasta tal punto conseguidos que hacían recordar los versos de Juan Ramón Jiménez sobre la alta mar como una sábana blanca que los muertos empujan desde abajo. Pero esta vez sin el como: una sábana blanca arrugada fue todo lo cerca que los artífices de Polizone estuvieron de alcanzar su objetivo mimético. Supongo que el grueso de la financiación estuvo destinado a construir el faro, un foco de luz que —según parece— controlaba un personaje en streaming desde vete tú a saber dónde. O si no expliquen que estaba haciendo ese tipo acercándose a una webcam con el parche del malo de Waterworld (Kevin Reynolds, 1995) en el ojo. La gente estaba confusa. A la orquesta les faltaba la guitarra y parchearon el asunto con una batukada. Como oyen: en mala hora aceptamos los palillos chinos que los ujieres del Medialab amablemente repartieron entre el público. En principio solo valían para hacer que remabas, pero ahora que tocaba seguir el ritmo golpeando unos pasamanos de acero hasta los cabeza de familia, que iban con niños y tenían que reforzar el entusiasmo, quedaron helados cuando su prole entre cinco y nueve años dijo pero papa, ¿dónde está el barco?


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Una versión de este artículo apareció en A*Desk.