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Junio 29, 2014

Sin títulos* - Isidoro Valcárcel Medina

20223083.JPGTal vez sea preciso, a lo largo de esta comunicación, hacer salvedades que aclaren o al menos justifiquen sinsentidos, omisiones, alardes o simples simplezas.

Mis palabras surgen de alguien que disfruta con los títulos, sí, pero, antes que nada, de alguien que, por profesión tiene que o suele usar títulos, aunque puede, si lo desea, renunciar a ellos.

Pero lo cierto es que no soy experto en la materia. Quiere decirse que, a ese respecto, me encuentro “sin títulos” para meter mano en “el asunto”… Incluso podría añadir que esta última razón (mi carencia de titulación alguna) es la que ha justificado el título de la intervención.

Un título, generalmente, tiene una función informativa, aclaratoria. Cuando esa función viene acrecentada por un valor intrínseco del texto, se produce un enriquecimiento que responde de forma preferente a áreas de creatividad artística.

Si hubiera que dar prueba de esto, bastaría un par de muestras como lo serían: Crónica del sol en las postrimerías de la época Edo y Ángel fieramente humano. Por no acudir a testimonios de especial notoriedad como A la busca del tiempo perdido, que al siglo siguiente fue respondido con A la busca del silencio perdido.

Es preciso saber que en este asunto, como en la creación en general, huelgan las reglas. Es perfectamente posible una concreción imprecisa, si cabe decirlo así, como en el caso de Ética demostrada según el orden geométrico. Porque es preciso conocer que con gran frecuencia, por ejemplo, en cuestiones científicas no repetitivas, el título no pasa de ser una descripción reducida de lo que es el tema, pero carente de pretensiones creativas en sí misma. Tal es el caso de la capital Estabilidad estructural y morfogénesis o de De la teoría de las singularidades a las estructuras semio-narrativas, ambas disertaciones vecinas en su temática.

Pero todo lo dicho, que podría insinuar la vecindad de un tratado sobre qué es y cómo se ejerce la función de intitular, lo que hace es esconder la auténtica intención: frente al tratamiento del asunto conocido, la propuesta es desvariar por sobre el tema desconocido, por sobre la materia disponible en su prístina originalidad.

No estamos obligados a ser novedosos nosotros, sino, eso sí, a ser creativos aun con base en la ignorancia, esa ignorancia de la que he hecho gala ya en mis cortas palabras.

En defensa de lo que es nombre identitario, se me ocurre argüir que sin él las obras no serían comprendidas en el sentido buscado por el autor. Pero, claro, hay excepciones, siempre las hay. Pienso en Luz en movimiento o, mejor, en Objetos colocados según las leyes del azar, pieza en la que algo faltaría si no tuviera ese título, pero a la vez, pienso en otras posibles obras con esos objetos situados de otra manera y a las cuales el título les vendría también estupendamente, pues el azar bien podría haber elegido colocarlos así. Y es que el caso es de los motivos más inspiradores en el mundo de la cultura; véase si no: Azar controlado, Fragmentos de una cronología del azar, El azar y la necesidad, pero sobre todo en la concluyente Seguro azar.

Lo que pretendo es poner de relieve que el acierto, aquí, no es lo contrapuesto al error, sino algo que lucha contra la insignificancia. Y de la misma manera o con el mismo sustento se encuentra la equivocación rodeada tan de cerca por el acierto que se beneficia de ese encanto de la cercanía.
Podríamos, sin ir más lejos, inspirarnos en La torre del laberinto, camino de la sabiduría para confiarnos a esta pregunta: ¿por qué no atreverse a valorar la intrascendencia más que posible de nuestras ideas como un valor incuestionable de nuestro empeño en generarlas? Una sugerencia combativa en medio del surtido de las posturas conformistas...


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* Fragmento de Sin títulos
Isidoro Valcárcel Medina
Editorial Instituto Europeo de Diseño
Edición Pedro Medina
Versión e-book disponible
en iPhone, iPad, iPod touch y Mac

Junio 21, 2014

Ilusión de oscuridad – María Virginia Jaua

Sobre “Desvelo y trama” de Sara Ramo

The_Dark_House.jpg

“En ningún lugar el silencio absoluto de la luz, la opacidad negra del mundo. En ningún lugar la noche pura, el universo inverso del ser. En ningún rincón la ausencia acabada de la luz, la noche absoluta, el silencio. En ningún lugar oscuridad pura". José Luis Brea


¿Dónde se crean las imágenes? ¿Ellas ya están ahí para ser vistas o son sólo una proyección de nuestra conciencia?

Esas son algunas de las preguntas que me hice después de asistir a Matadero para ver la instalación de Sara Ramo “Desvelo y trama”. A pesar de cierta torpeza en la gestión y organización dentro del espacio y de algunos detalles “mejorables” en la coordinación de la propia estancia de los visitantes dentro del recinto, la pieza me cautivó y me habría gustado quedarme en esa cámara oscura por mucho más tiempo.

Diría que casi me salí a regañadientes.

Como muchos saben en el espacio “Abierto x Obras” de Matadero no hay ventanas, no hay luz natural y casi ni hay aire. Algunos aseguran que antiguamente eran las cámaras en donde se almacenaba y se refrigeraba la carne, otros dicen que al contrario, era un horno y que por esa razón está todo ennegrecido por el humo.

Quizás no sea tan importante si en el pasado esas cámaras estaban entregadas al fuego o al hielo, ya que en última instancia ambos elementos “abrasan” y terminan por desnudar a la materia. Pero lo que sí me parece importante señalar es que quizás no haya ahora mismo en Madrid un espacio para los artistas en el que sea más interesante trabajar.

Me atrevo a hacer esta afirmación por la sencilla razón de que en esta sala el artista se ve “obligado” y constreñido a subvertir la enorme carga y la limitación que conlleva el propio espacio, y a que éste es bastante ineficaz, si se pretende utilizar simplemente como un escaparate, una galería, una vitrina de obras bien dispuestas y a la venta. Con lo cual hay un reto: algo poco común en nuestros días.

Han habido algunos artistas que han utilizado estas cámaras como dispositivo "expositivo" y no les ha ido mal; sin embargo, precisamente son aquellos cuyas intervenciones han aceptado el desafío y han “problematizado” el espacio, los que han logrado ir un poco más allá y han conseguido resultados más interesantes para los espectadores, pero también para el arte.

En esta ocasión la cámara que conforma la sala de Matadero está “trabajada” en esta instalación, como esa cámara oscura del aparato óptico, del ojo, en donde se crean las imágenes en una “casi” ausencia absoluta de la luz.

De entrada me fascinó tanto la instalación que cuando un amigo, a quien respeto y admiro, al salir de la exposición expresó exactamente lo opuesto a lo que yo había experimentado y me aseguró que para él ese trabajo no se salvaba ni por los pelos, porque ahí “no había nada que ver”, me quedé bastante sorprendida.

Traigo esta pequeña anécdota a colación no por otro motivo, que el de ilustrar que en “Desvelo y trama” de Sara Ramo se produce una “experiencia”, algo que el arte actual parece haber olvidado desde hace mucho tiempo.

No estoy tan segura de que allí "no haya nada que ver". Y si lo hubiera, incluso ese vacío, sería una experiencia digna de vivirse. En esta obra de Ramo se trata de la experiencia de la oscuridad, la experiencia de la penumbra, la experiencia de lo que casi no vemos o de lo que creemos entrever, de lo que nos inventamos que vemos, de lo que sabemos que es pura ilusión, o simplemente dudamos de su "realidad". Ahí como dice Brea, lo que "el espectador contempla entonces es la pura metáfora de su mismo observar, de su misma visión ciega, incapaz de leer otra cosa que a sí mismo en el acto de intentarlo".

También por qué no, podría tratarse de una experiencia de la infancia. Que se traduce en el andar a ciegas por la casa tratando de no tropezar con ningún mueble, cuando el niño que somos deambula a oscuras por su “casa” -lo conocido- mientras todos duermen; pero también la experiencia insomne de la vida del adulto, de sus manías, sus obsesiones y de cierto temor a la claridad: la que ella le entrega y en la que se hace visible la proximidad de la muerte, es decir: lo desconocido.

Quizás por ese motivo, la primera reacción de mi amigo fue de cierta desconfianza -o cierto “temor” y por tanto de rechazo- a verse a sí mismo no-viendo, o de inseguridad al no saber qué terreno “intelectual” estaba pisando en un momento en el que el arte, además de vivir un tiempo prestado, no se siente seguro de sí mismo si no va acompañado de una inagotable lista de soportes y mediadores: textos, citas y referencias. Tanto es así que casi podríamos decir que el movimiento artístico de nuestro tiempo podría llamarse citacionismo. Y también podríamos decir que ese citacionismo infinito y recurrente hace que cada día el arte sea algo tanto más explicado cuanto más “aburrido” (con este adjetivo hago un pequeño guiño a una de las piezas que vi en la presente edición de "Inéditos" de la Casa Encendida, pero de la que hablaré no ahora sino en otro momento).

Sin embargo, volviendo a la intervención “Desvelo y trama”, ella vale la pena sólo por el hecho de brindarnos la “fallida” o mejor dicho, la ilusión de una experiencia de la oscuridad, de nuestro no ver. No importa que hayan habido otros artistas antes de Ramo como Turrell, interesados en reproducir ese fenómeno y en formularse las preguntas que nos hicimos al principio, sino quizás lo que sobrevive ahí es que todavía haya algunos artistas que aún continúan formulándolas, buscando ese mal-estar entre las “tinieblas”.


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Sara Ramo
Desvelo y traza
Abierto x Obras
Desde el 24 de mayo
al 31 de agosto 2014

Junio 01, 2014

La última Bienal del viejo Whitney - David García Casado

b_w_n_y14.jpg¿Qué es el arte contemporáneo estadounidense hoy?*

Debido al extenso trabajo de desmontaje de la Bienal del Whitney Museum de Nueva York existe la tradición de mantener abierta una de las plantas de la exposición, durante una semana más después de su clausura, que fue el pasado 25 de mayo.

Por casualidad coincidí en el ascensor con un grupo de ayudantes de desmontaje y no pude dejar de ver en ese hecho algo simbólico extrapolable al futuro del propio edificio del Whitney[1] que, a partir del próximo año, será trasladado a un nuevo espacio más moderno situado junto al parque High Line de Nueva York. Cuando el ascensor se detuvo en las aún operativas salas de tercer piso, pregunté a un encargado la razón para haber “salvado” ese piso en particular y él me respondió que normalmente se elige aquella planta que ha sido más popular durante toda la Bienal.

Como casi siempre, lo popular no es sinónimo de lo mejor y, en efecto, uno tiene la sensación de estar más bien en una de las exposiciones colectivas de primer año de Bellas Artes. Llena a más no poder de objetos que revelan personalidades extremadamente diferentes (eclécticas diría alguno) y recursos que van desde la saturación kitch de los massmedia (a la manera de Mike Kelley pero siguiendo una metodología tan obvia como ineficiente) a manierismos preciosistas que parecen provenientes de un taller de manualidades de jubilados de algún ayuntamiento de provincias (a los que respeto sobremanera, solo que no esperaba verlos en el Whitney!) todo ello junto a cosas tan dispares como el Abecedario de Deleuze en la instalación audiovisual de Semiotext(e) – un tanto viejuna, usando esos monitores que se empleaban antiguamente para exponer el video arte, como para dotarlo de una cierta “objetualidad”. El Abecedario está disponible en Internet hace mucho tiempo, traducido a numerosos idiomas ¿¡necesitamos verlo en un museo!?

Por otra parte, ¿por qué continúan exponiéndose las publicaciones como si éstas fueran arte visual, en lugar de animar la lectura y la difusión en su propio medio editorial específico? Entre todo ello -en el medio de cualquier itinerario posible- nos encontramos con remedos de Beuys, de Duchamp, de Rauschenberg… como dirían aquí: “you name it”. A pesar de las explicaciones del encargado, me siento inclinado a pensar que la razón de mantener abierta aquella planta era simplemente porque la consideraron la que tenía más “contenido artístico” por metro cuadrado, además de ser la más recorrida.

Otro espacio que se encuentra igualmente saturado de “contenido” como es el caso de Facebook, aunque supuestamente cuenta con la ventaja de que nosotros somos los "editores" o “comisarios”, lo cual no garantiza en absoluto la calidad de lo que ahí se vierte, a veces nos ofrece la oportunidad de leer comentarios sugerentes. Por ejemplo, Francesc Torres, que en este momento también se encuentra en Nueva York escribe: “He ido a ver la Bienal del Whitney. Algo debe estar pasando que explique por qué no pasa nada”… La expresión resulta interesante ya que expresa algo que se viene sintiendo cada vez más a menudo en las grandes exposiciones de arte contemporáneo.

La Bienal del Whitney tal vez no sea el lugar en el que se pueda encontrar una explicación a lo que está pasando en el mundo del arte hoy, quizás tampoco pretenda ser muestra de los movimientos de la época [2], pero ¿ entonces en dónde buscar? Tal vez estamos inmersos en un momento del arte en el que no existe escena ni movimiento alguno que ofrezca una mirada o un panorama más o menos abarcador de nuestra época. Un ejemplo es que después de haber hablado con artistas y agentes culturales que viven en Brooklyn muchos me han transmitido que la llamada “escena artística de Brooklyn” en realidad no es una escena, sino más bien una red, una asociación temporal que intenta beneficiar a los individuos, a facilitarles su trabajo o simplemente dotarles de herramientas para seguir en activo. No se sabe muy bien si es un problema de los artistas, de los comisarios o tal vez de la falta de críticos y teóricos. Lo más probable es que sea la suma de todas aunado a un efecto económico; acaso el contenido artístico y verdaderamente revelador de época se haya finalmente “evaporado” hacia otros ámbitos de las producciones de lujo como son la moda, la arquitectura o el cine. Sin embargo, resulta paradójico que una ciudad como Nueva York, probablemente uno de los lugares en donde viven más artistas del mundo, genere tan poco contenido artístico interesante. Quizá sea esta paradoja, la que la Bienal del Whitney del 2014, metafóricamente, finalmente ha acertado en expresar.


* Con esta pregunta inicia el texto de presentación de la Bienal. [N de la E]

[1] http://whitney.org/About/NewBuilding
[2]También en Facebook, Juan Carlos Roman Redondo, comparte una estadística reveladora sobre los artistas seleccionados en la Bienal del Whitney: Un 48,6% por encima de los 50 años, y un 20, 25% supera los 65 años.