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Julio 06, 2014

CRISTINA LUCAS: ES CAPITAL - Luis Francisco Pérez

12235453533_c7480fa037.jpg(o la economía y su ciencia, como una de las bellas artes)

“No es que el arte sea político a causa de los mensajes y sentimientos que comunica sobre el estado de la sociedad y la política. Tampoco por la manera en que representa las estructuras, los conflictos o las identidades sociales. Es político en virtud de la distancia misma que toma respecto de esas funciones.”
Jacques Rancière, La política de la estética (1)

Cuando la primavera pasada se pudo ver en Matadero-Madrid la muestra de la artista Cristina Lucas “ES CAPITAL” (actualmente el mismo proyecto se exhibe en Valladolid en el Museo de Arte Contemporáneo Patio Herreriano, para posteriormente pasar al CGAC de Santiago) pensé, o “mal pensé” que el muy complejo análisis que nos era mostrado (análisis teórico y estético, vale decir “creativo”, que estaba contemplando una triple “exposición”: una sería la propia, en su sentido artístico, de acción y efecto de exponer determinadas obras; una segunda, la correspondiente al dramatismo de toda “exposición”: peligro, amenaza, riesgo…, por último, y muy estrechamente relacionada con las anteriores, la derivada de su aceptación mercantilista: presentación y planificación del producto, publicidad, promoción y propaganda. Su autora ha sabido muy bien titular, con inteligente e irónica economía de medios lingüísticos, tan variados y conflictivos afluentes: ES CAPITAL.

Cuatro son los trabajos que, juntos, definen y explican la entera muestra que como tal nosotros, espectadores, contemplamos, si bien cada uno de ellos puede ser leído con independencia del resto, pues expresan una singularidad autónoma, pero que comparten un mismo elemento estructurador, con muchos rostros o intereses que no esconden esa diferenciación de contenido, sea este filosófico, especulativo, sociológico, histórico o incluso, narrativo o novelesco. Aunque iremos analizando las características propias de cada trabajo (y con ello nunca dejaremos de hablar de la muestra en tanto que totalidad) para empezar únicamente vamos a señalar los títulos dados por la artista a estas cuatro producciones: “Plusvalía”, “Montaña de oro”, “El superbién común” y “Capitalismo filosófico”. ES CAPITAL.

“Plusvalía” es un concepto ideado, inventado, por el propio Marx para reflejar la perversa y muy descompensada relación que se establece entre el valor de uso (mínimo, si bien muy dotado, que no poderoso, de añadidos sentimentales) y valor de cambio (máximo, y en este caso sí muy poderoso gracias a los añadidos propios de un capitalismo, digamos, humano/sociológico: tengo deseo de…). A partir de esta desigual confrontación de intereses Cristina Lucas ha escrito una novela visual, investigadora, documentalista y detectivesca, en torno a los avatares, en el tiempo, del manuscrito original de El Capital, y con el ánimo de conocer el hipotético precio actual del histórico manuscrito. Lo que la artista ha llevado a cabo es un trabajo muy serio de algo que, fatalmente, siempre será risible: que cueste tanto algo que, paradójicamente, fue escrito para denunciar esa misma plusvalía enloquecida. Es esta una obra documental, en efecto, pero al mismo tiempo su autora impone un correctivo muy ingenioso e inteligente a tanta “obra de arte”, documentos y más documentos, que únicamente esgrime la tautología argumentativa de su propio efecto. En una entrevista realizada al teórico y filósofo alemán Boris Groys (cuyo título es: “Del comunismo como instalación artística -y viceversa)” (2), éste nos previene (y estamos muy de acuerdo) que


la documentación de arte documenta [sic] la producción de arte que tiene lugar en el tiempo. Se trata de una documentación –y no presentación- porque el tiempo no puede ser presentado, sólo documentado. Es posible imaginarse una producción artística sin un producto artístico, sin una obra de arte.

Lo que Cristina Lucas ha llevado a cabo en “Plusvalía” es precisamente una crítica a la organización artificial y documentalista del tiempo, y con ello (reducción al absurdo) de que el famoso manuscrito original de Marx pueda ser leído como si se tratara de una narración visual por entregas, televisada y con suspense incluido, nunca más como documento histórico, para finalmente admitir que ninguna analogía posible en la retórica documental puede franquear la clara línea divisoria entre la economía (o papeles y documentos que valen nada o todo) y el arte como elemento estructurador y expresivo de metáforas y metonimias. Moraleja: El Capital (manuscrito marxista) ES CAPITAL.

El díptico fotográfico “Montaña de oro” quizás sea el elemento más débil de los cuatro que conforman esta singular cadena de montaje y lo sería por el excesivo anclaje axiomático resultante de la unión (si no demasiado obvia, que también, sí prosaica en demasía) entre forma y contenido, entre símbolo e interpretación o entre hecho demostrativo y hecho intelectual. Para decirlo en corto: no existe la necesaria distancia para proyectar la especulación y la fantasía. Ambas fotografías nos muestran el lujurioso y mitológicamente deseado oro de los lingotes que se guardan (atesoran) en las cámaras blindadas del Banco de España y el casi inexistente valor de esas montañas de oro en tanto que medida real, en el presente, de la economía de un país. Ciertamente se podría hacer una metáfora (fácil, fácil…) de esa obsolescencia de tan luminoso color, en términos de valor y la poca solvencia económica de la nación, la nuestra, que con celo guarda y protege esa masa aurífera y nosotros (los habitantes de nuestra querida patria), ya puestos a desvariar, podríamos ser, como en la Tetralogía de Wagner, los semi humanos que en las entrañas de la tierra extraen el codiciado metal. Fácil, fácil… El oro ya no ES CAPITAL.

“El Superbién común” consiste en cinco o seis fotografías (no recuerdo ahora el número exacto) que nos muestran un disparate tragicómico, un despropósito en cuanto a la mala utilización de la riqueza, una extravagancia absurda y delirante. En estas fotografías vemos a los miembros de diversas familias chinas enriquecidas, con la velocidad y el desatino propio de los brutales cambios que se han producido en el gigante asiático, luciendo y compartiendo objetos suntuarios con la vulgaridad y estupidez propia de estas situaciones. ¿Nada más? Sí, mucho más, pues sin duda nos encontramos ante unos trabajos más inteligentes y complejos, en su turbio bajo fondo “sociológico”, que la banal anécdota que tristemente revela y desvela; y que perfectamente explican, con ácido humor, con ironía y sarcasmo a raudales, que el famoso y citado dictum de Walter Benjamin (“Todo documento de cultura es también, indefectiblemente, un documento de barbarie”) también posee (¡Mein Gott!) una interpretación adaptada a la estupidez y dislate en que han convertido sus vidas los nuevos ricos de todo el planeta. Ahora bien, el acierto e inteligencia de CL en estas obras es demostrar que la delirante utilización de objetos de lujo, sean sus usuarios chinos o españoles, es, en definitiva, “un documento de barbarie”. La familia china que sirve de modelo para estas fotografías no ha leído, por supuesto, a Benjamin (los nuevos ricos españoles tampoco), pero de alguna manera certifican con sus actos y despropósitos que pueden servir de ejemplo para ilustrar la tesis del pensador alemán. La familia china sabe (a su manera, pero lo sabe) que con la compra y uso de esos objetos de alta moda están consumiendo cultura y además cultura europea o al menos occidental. Son felices porque la pueden obtener, gracias a su riqueza, sin haberla estudiado, pero lo que sí desconocen es la segunda parte del aserto benjaminiano: que en la absurda y cómica utilización de esos productos inequívocamente suntuarios y suntuosos (vale decir: documentos) los mismos se convierten en productos (de nuevo: documentos) que tristemente demuestran la barbarie de su escandaloso y obsesivo uso y disfrute. Y aquí, en este sutil y sofisticado ejercicio de estilo, es donde Lucas acierta con inteligencia, gracia y estilo. Nos viene a decir, en definitiva, que la vulgaridad o la ignorancia, también ES CAPITAL.

“Capitalismo filosófico” es, por complejidad y envergadura, la obra principal de entre todas las expuestas. Una impactante secuencia de nueve vídeos que nos muestran (resultado de más de sesenta entrevistas realizadas por la artista) a diferentes profesionales de sus respectivos campos o ámbitos laborales. Nos estamos refiriendo a aquellos que velan por nuestra educación estética, salud de mente y cuerpo, defensores jurídicos de nuestra siempre precaria situación social y/o laboral, o aquellos que nos “protegen” ante cualquier tropelía o injustica. Con otras palabras: Galeristas de Arte, Altos Ejecutivos de Empresas de Belleza o “Cosmética del Alma”, Ambiciosos Abogados Defensores, Gestores de Muerte y Vida, Juristas Intachables e Insobornables, Directores de Empresas de Seguros… Todos ellos grandiosos ejemplos de sus respectivos campos profesionales. Todos ellos Mayúsculas Campeones en su área laboral. Triunfadores que nos enseñan a Triunfar y a Mejor Vivir. Ya he expresado que “Capitalismo Filosófico” es la mejor y más compleja de entre las obras presentadas y en ello me reafirmo. Pero es también la más triste y deprimente. La más desoladora y amarga. La más cínica y corrosiva. La que más apenado y sombrío te deja en su contemplación. La que más profundamente hiere. Probablemente por la inteligencia especulativa que exige desarrollar al espectador, o por el grado de pensamiento (¿filosófico?) que se necesita para captar la brutal inmersión en la enorme banalidad informativa y explicativa (un inmenso e inabarcable lugar común) de estos grandes profesionales tan seguros de su necesario y benefactor lugar en el mundo. Pero lo más descorazonador y deprimente de estas “figuras parlantes” no sería la repetitiva y mecánica utilización de los atributos propios del lenguaje, pero sí la indestructible Lógica de esa misma Lengua, pues la paradoja insalvable de su discurso “intachable”, “humanista”, “ético”, radica en lo “indestructible” de su propio discurso, pertrechados (acorazados) como están en esa Lógica invencible, pues únicamente destruyendo la idea misma de Lengua (precisamente aquello que nos une) estaríamos en condiciones de ofrecer una resistencia mínima al insufrible optimismo capitalista que ellos tan eficientemente defienden. El punto filosófico, entonces, desarrollado por Cristina Lucas en esta obra sería el de la misma imposibilidad de destrucción de la Lengua -entendida ésta como la entienden los profesionales que aquí nos explican las maravillas que venden: como la proyección de un Deseo. Empresa imposible de realizar y mucho menos de vencer o coronar, de ahí la triunfal filosofía de estos sofistas del capitalismo avanzado (o moribundo de tan “avanzado”) y que Lucas ha sabido muy inteligentemente desenmascarar. Ahora bien, una de las funciones del Arte es precisamente dejar constancia de ese Deseo imposible, y acercarnos lo más posible a esa “transmutación de todos los valores” que con tanto fervor deseaba Nietzsche. Aun a sabiendas de que esa misma transmutación, esa metamorfosis de imposible conquista, al día de hoy (y a la ciencia económica ya sabemos que todo le sirve y de todo obtiene plusvalía) también ES CAPITAL.


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Notas:

(1) Revista Otra Parte, Número 9, Buenos Aires, primavera del 2006.
(2) La entrevista fue realizada por Yaiza Hernández Velázquez, y se publicó en el número 14 de la revista EXITBOOK en el invierno del 2011.


Enviado el 06 de Julio. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

"En las formas del arte buscamos pacificación y tónico vital frente al rigor de las leyes y a la lúgubre interioridad del pensamiento, así como realidad alegre y fuerte en contraste con el reino sombrío de la idea"
G. W. F. HEGEL
Un saludo!


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