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Octubre 12, 2014

El coleccionista como juez y víctima de su propia “Libertad” - Luis Francisco Pérez

soth-t.jpgEn Minima moralia, este ensayo lleva un subtítulo que se cita muy poco y es magnífico: Reflexiones desde la vida dañada, el extraño y seductor responsorio laico que el pensador de Frankfurt se brindó a sí mismo al acabar la guerra, -cuya escritura hubiera sido imposible en un tiempo anterior al horror-, está estructurado en tanto que libro con la aleatoria utilización de versículos sin más razón que la diseminación “aforística” de un pensamiento crítico que debía habituarse a la nueva realidad social y cultural que estaba a punto de iniciarse -muy consciente, por otra parte, que con el deseado fin de la muerte y la destrucción también habían acabado las razones, formas y argumentos, que habían dado sentido a la vida y a la cultura europeas hasta 1936.

Pues bien en este repositorio que es Minima moralia, y como, sibilinamente, corresponde “al lugar donde se guarda algo”, significado real de la palabra latina repositorium, Adorno escribe en una de las entradas/versículos, la titulada “Servicio al Cliente” (discreta etiqueta que ya anuncia el perfume propio de lo que poco tiempo después se traduciría como “El cliente siempre tiene la razón”), lo siguiente:

La industria cultural pretende hipócritamente acomodarse a los consumidores y suministrarles lo que deseen. Pero mientras diligentemente evita toda idea relativa a su autonomía proclamando jueces a sus víctimas, su disimulada soberanía sobrepasa todos los exceso del arte autónomo.

Adorno tiene una escritura que no por compleja renuncia a la elegancia sintáctica de lo expuesto, flecos y reflejos, supongo, de un grand style que su autor no desea finalizar o dar por finalizado. Por supuesto, esa nada oculta “aristocracia de estilo” no está exenta, ni rechaza, la utilización, cual joven turco de la crítica, de una cimitarra de afilada hoja. Así es, convengamos que hay que ser un perverso muy inteligente (lo era) para escribir esta idea tan demoledora: “proclamar jueces a sus víctimas”. No podemos estar más de acuerdo, pues en la inmensa y vanidosa feria de arte en la que ya se ha convertido el propio “Arte”, el comprador (si bien a sí mismo se considera “coleccionista”) siempre cree que es un juez impartiendo la grandeza ética de su justiciero veredicto: “Si lo compro yo es bueno”, sin sospechar, por supuesto, que el mismo poder que se atribuye es el que le sitúa, por desconocimiento, en la patria lamentable e irredenta de las “víctimas”, pues allí donde la creación artística renuncia a su propia autonomía y libertad (o expresado con palabras más entendibles: el derecho a según qué producción artística “a no gustar ni agradar” al mercado) es la que, proporcionalmente, gana el juez que también es víctima (compradores, espectadores y público en general) en cuando a libertad de acción y veredicto: “El cliente siempre tiene la razón”. Pero esa libertad será siempre una pequeña estafa, pues la industria cultural está modelada por la regresión mimética en cuanto a aquello “que desea ser comprado”, y sin sospechar, el juez/víctima, que su elección es, en la mayor parte de la veces, una devastación de perspectivas, una lamentable sinfonía de formas y colores que en la belleza simple de su presencia lo único que consigue es humillar y despreciar a esa triste libertad que, ingenuamente, pretende poseer y dominar.

Si todo coleccionista que a sí mismo se considere como tal es el guardián de un repositorio (“el lugar donde se guarda algo”) este privilegio, o esta “condena”, es el emplazamiento que mejor define la extraña condición (y muy actual, sin duda) de que cualquier “Gran coleccionista” posee el honorable y rocambolesco título de ser “víctima” de una justicia por él mismo impartida. Ciertamente la industria cultural siempre “se acomoda” (es tan flexible…) a los gustos de los consumidores, si bien previos minuciosos análisis y exigentes estudios, y ofrecerles aquello “que desean”, pero sospecho que no hay ni un solo coleccionista de arte en el mundo que intuya, o sospeche, que él también es una diana comercial, un objetivo económico, una posible presa a dulcemente amansar, primero, y a tiranizar después, pues aquello que el coleccionista considera el paradigma de su propia “libertad”, o autonomía electiva y discursiva, es precisamente lo que le reduce, sin saberlo ni siquiera sospecharlo, a víctima de su propia judicatura, pues esa libérrima elección ha sido tan implacablemente programada como el más humilde cachivache con que se esclaviza económicamente a las clases menos favorecidas.

“Programación” externa, en efecto, de muy variada condición y procedencia, incluido el mismo lobby corporativista de los coleccionistas, asentados o rampantes, pues raro es que los más fuertes y poderosos de entre ellos no “obliguen” (otra prueba más de lo que significa ser juez/víctima) a comprar obra de aquellos artistas presentes en tal o cual importantísima y modélica colección.

Hay ocasiones que uno, incluso a su pesar y con mucha ironía y no menos humor, se ha de preguntar, parafraseando a Vladimir Ilyich Ulyanov, alias “Lenin”:

¿Libertad, para qué?


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Imagen de una de subasta de colecciones de arte de las víctimas del Holocausto que batió récord a principios de este año.

Enviado el 12 de Octubre. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

Quieren que pinte lo que vende. Y yo...¿debo venderme?.
Quizas el artista deba vender lo que hace y no hacer lo que vende, como decia Picasso...aunque asi quizas no llegue a los mejores clientes, pero si a los mejores...
http://youtu.be/32f8UbK_4Lc


Decia Picasso que el mejor pintor es aquel que vende lo que pinta, no el que pinta lo que vende. Asi llegaran los mejores clientes aunque no sean los mas pudientes...
http://youtu.be/32f8UbK_4Lc


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