« Tres cartas conyugales / la sensibilidad de la materia* - ANTONIN ARTAUD | >> Portada << | La sal de la Tierra* - David García Casado »

Marzo 15, 2015

RAYOGRAMAS Y OTRAS IMPRESIONES - ARMANDO MONTESINOS*

cuelgamuros 3.jpg

Para Enrique Leal

1.

Emmanuel Radnitzky dió a su yo artista el nombre de Man Ray, y este hombre rayo dio al photogram el nombre de rayogram. Como la palabra fotograma ha terminado denominando a cada una de las unidades fotográficas de una película, suele usarse rayograma para referirse a una escritura de luz hecha sin cámara colocando objetos sobre una superficie fotosensible. Cuando en ella se impresiona la presencia del objeto se inicia un complejo juego de inversiones positivo/negativo, huella de sombra/huella de luz, que ha sido el corazón mismo de los sistemas de la reproducción mecánica de imágenes hasta la llegada de lo digital.

Toda fotografía, hecha con o sin cámara, es una impresión, pero también puede causarla. Este texto trata de cómo estas imágenes, resultado de unos precipitados químicos, desencadenan las reacciones, también químicas, que llamamos emoción o pensamiento.

2.

Poco parecería poder esperar de un artículo en la sección llamada “Gentestilo”, del diario ABC, que, bajo el encabezado “El estilo de una gran dama”, se titula “Sandra de Torlonia, porte real” [1], y que viene ilustrado con cuatro fotografías que muestran, de la lozana juventud hasta la dignidad de la vejez -perdón, tercera edad-, el recorrido vital de dicha señora, condesa por más señas y recientemente fallecida. La razón por la que me detengo en él es porque un nombre familiar me salta a la vista en el pie de las fotos: “Arriba, a la izquierda, Sandra de Torlonia posa ante el pintor español Manuel Hernández Mompó con el vestido de su puesta de largo, que tuvo lugar en 1954”.

Mompó, conocido por sus trabajos abstractos, con coloridos signos casi caligráficos sobre luminosos fondos blancos, y Premio Nacional de Artes Plásticas en 1984, estuvo efectivamente ese año en la Academia Española de Bellas Artes de Roma, ciudad de la condesa. Picada la curiosidad por esta desconocida faceta retratista del pintor, me sumerjo en la lectura del artículo, que resulta sorprendentemente provechosa para entender un concepto de estilo que se define por su superlativo, recibiendo el nombre de estilazo. Su arranque ya nos ilustra: “La elegancia no consiste en llevar un nuevo vestido, estrenar prendas cada temporada o variar a menudo de atuendo”. Con contundencia de cátedra, la autora remacha: “Más bien todo lo contrario”. Y prosigue: “Desde luego, es algo que se consigue cuando se descartan los detalles superfluos y quedan la sencillez y la sobriedad de un porte afortunado. Pero nadie ha dicho que la vida sea justa. Alejandra Victoria de Torlonia y Borbón, nieta de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, tenía un grandioso porte ‘real’ desde su nacimiento”. Porte –“de diosa de Botticelli”, se recalca en otro párrafo- que era “una herencia personal e intransferible que le legó una estructura ósea envidiable, unas buenas piernas y unos rasgos faciales de grand class”, aunque la condesa, “que recurrió toda su vida a las perlas”, “siempre hizo gala de una gran sencillez y de un aire de despreocupación chic y atractivo”, haciendo cierta la condición esencial de la elegancia según Yves Saint Laurent -“olvidar lo que se lleva puesto”-, y siguiendo las ideas de Coco Chanel: “Para cualquier mujer, conseguir llevar una especie de uniforme es una bendición”.

Reyes, perlas, portes, alta costura… La vida, y más en estos tiempos que corren, no parece, en efecto, justa. Pero a punto de abandonar y pasar página, reaparece el nombre familiar: “Ya el día de su puesta de largo, una impresionante Sandra de Torlonia era retratada por el pintor español Manuel Hernández Mompó (…) Su vestido de puesta de largo era angelical, sencillo y principesco”. Y entonces vuelvo a mirar, esta vez con atención, la foto de arriba, a la izquierda.

Una joven belleza –angelical, sencilla y principesca como su elegantísimo vestido blanco, cuya larga y amplia falda ocupa la mitad inferior de la fotografía– me mira con guardada sonrisa. La intromisión del fotógrafo provoca en su mirada, que tiene la firmeza propia de su cuna, una leve duda, algo entre el juego del desafío y la timidez desconfiada; una combinación frágil que nadie ha sabido expresar como la turbadora Deborah Kerr. Al fondo, de perfil, ajeno a la cámara, aparece un hombre de traje oscuro, a quien su bigote, pretendido emblema de madurez, hace aún más joven, concentrado con seriedad en el acto de pintar a la modelo; un encargo sin duda importante, pues puede generar otros contactos dentro del gran mundo cortesano de la nobleza europeo, tan inaccesible como frondoso es su árbol genealógico.

Pero ahora vemos algo más, que no habíamos percibido en el primer vistazo rápido: un borrón negro entre la joven dama y el joven pintor, un mancha de tinta que ocupa y ciega el espacio entre ambos; que siluetea con cuidado a la señorita pero acaba en su parte superior en unos toscos brochazos que, aunque dejan ver el rostro pintado en el lienzo, tapan la mitad inferior del retrato en proceso, e incluso el pincel y parte de la mano que lo maneja. La mancha, no por irregular accidental o descuidada, sino extendida a conciencia, censura la presencia de alguien o algo. Fogonazo de flash, pensamiento como relámpago: el borrón sería la sombra proyectada, la huella oscura, el rayograma de un mal recuerdo.

3.

Son bien conocidas, y veneradas por sus fieles, las imágenes del Hijo de Dios hecho hombre fijadas en tela, milagrosamente según la tradición cristiana, por la reacción química de sus humores y sales corporales. La más importante es la Sábana Santa, una impresión a tamaño natural de su cuerpo registrada en el sudario en el que fue enterrado. No se conserva, en cambio, el original del registro de su rostro, fijado por contacto directo en un paño que enjugó su sangre, su sudor y sus lágrimas, llamado popularmente el Paño de la Verónica.

En el Monasterio de las Descalzas Reales, en Madrid, se encuentra documentada una sorprendente adición a las citadas, una imagen para mí insólita, aunque supongo que existirán otras representaciones de la misma escena. En un pequeño cuadro una monja –tal vez santa Clara, fundadora de la orden, o santa Coleta, su reformadora– enseña a un fraile –posiblemente el santo de Asís– el paño que sostiene abierto entre sus manos, que muestra no el rostro, como es la costumbre, sino una impresión directa de la cruz completa con Jesucristo a ella clavado. Dado que el paño es del tamaño de una toalla, como es habitual en una “verónica”, ¿cómo puede caber en él el registro de la huella entera de la ejecución del nazareno? ¿Es posible que la imagen fuera reducida por una ampliadora milagrosa en un laboratorio celestial?

En realidad, ese supuesto prodigio tampoco debería admirarnos demasiado si pensamos que un simple humano, el divino Buonarroti, amplió su marmóreo David al tamaño de un inmenso Goliat. Lo que podría resultar milagroso es que pese a que la plancha o matriz original –el propio Dios hecho carne– se da por perdida tras su ascensión a los cielos, la imagen impresionada en el paño de la Verónica haya sido reproducida masivamente sin descanso a través de los siglos, sin perder por ello, a ojos de sus creyentes, ni un ápice de su aura. ¿Será que el Altísimo desmiente a Benjamin? Quizás algo más sencillo: como todo un buen profesional de las artes de la reproducción sabe, para conseguir imágenes permanentes las impresiones han de ser divinas.

4.

Jenny, la joven protagonista de An Education [2], está en casa de su antigua profesora. Trata de recuperar el rumbo de sus estudios, abandonados en favor de “la universidad de la vida”. Ya ha entendido la importancia del conocimiento intelectual. Mira a su alrededor. “Look at all your books and paintings!!!” exclama con admiración. “Postcards and paperbacks”, le corrige Miss Stubbs, con un seco punto de modesta aceptación donde tiembla apenas un deje de amargura resignada: nadie ha dicho que la vida sea justa.

Como en sus estantes, en los de nuestras bibliotecas conviven los libros de bolsillo con un cúmulo mutante de postales y objetos y figuritas y fotos, piezas de una exposición temporal que a menudo adquieren carácter de colección permanente, configurando un pequeño museo de recuerdos y afinidades y homenajes sobre los que se va depositando, en su tránsito irremediable de bodegón a vanitas, un tenue polvo walterbenjaminiano,

En mi “musée en appartement”, como lo llamarían los exquisitos editores de la revista Parkett –“postcards and paperbacks”, insistiría Miss Stubbs–, ocupa desde hace poco un lugar preferente una pequeña fotografía, recortada de un periódico, de los austeros y potentes peñascos graníticos del cerro de la Nava, en la sierra madrileña, tomada antes de ser convertidos, pasto de la megalomanía cruel de un dictador, en ese remedo vaticano-faraónico llamado el Valle de los Caídos.

Parece impensable –pero lamentablemente alguien lo pensó– que esa impresionante ola tectónica –al modo de esos pobres guijarros en los que, para su venta en las tiendas de recuerdos de lugares de devoción cristiana, se pega torpemente y con gruesa gota un crucifijo barato– haya quedado condenada a ser la triste y humillada peana de una cruz elefantiásica, que profana la belleza del agreste valle de Cuelgamuros.

En los basamentos de ese signo cristiano, y dejando al David de Miguel Ángel reducido a una miniatura, se encuentran las descomunales estatuas de los cuatro evangelistas, de 18 metros de altura, y de las cuatro virtudes cardinales, algo menores. Me produce una incomodidad punzante, una fragilidad emocional, el hecho de que estén talladas en la negra piedra noble de Calatorao, el pueblo de mis mayores. Y es cierto que en momentos de ensoñación las he imaginado, a la manera de los Reclamation Projects de Robert Morris y compañía, devueltas a sus canteras de origen, actores pétreos interpretando una representación distinta; y que en momentos de delirio las he soñado, a la manera de “El planeta de los simios”, dejadas de la mano de Dios en esas excavaciones de proporciones ciclópeas de la que fueron extraídas, mudos vestigios arqueológicos de un régimen odioso enterrado ya en un insondable olvido.

Vuelvo a mirar la fotografía de esos poderosos riscos en su estado natural y pienso en los miles de años del proceso geológico de su formación; en los dieciocho que duró la ejecución de la obra que destrozó su integridad; en el segundo en el que su imagen primigenia se impresionó en la película en el interior de la cámara; en el largo y complejo recorrido hasta su reproducción, en una edición de miles de ejemplares, en la página del periódico de hace unas semanas… Lo que se revela en esta modesta fotografía es la impresión de una ausencia, el fogonazo en negativo de la huella de la inescapable imagen de la cruz gigantesca, su palpitante afterimage fantasmal.

-----------

Notas

[1] María Luisa Funes, “Sandra de Torlonia, porte real”. ABC, 3 enero 2015, p. 55.
[2] An Education (2009), dirigida por Lone Scherfig, con guión de Nick Hornby. Con Carey Mulligan (Jenny) y Olivia Williams (Miss Stubbs).


* Armando Montesinos es miembro del Consejo de Críticos y Comisarios de Artes Visuales.

Enviado el 15 de Marzo. << Volver a la página principal << | delicious

Publicar un comentario.

[ Netiquette: Protocolo de publicación de comentarios ]

(Si no dejó aquí ningún comentario anteriormente, quizás necesite aprobación por parte del administrador del sitio, antes de que el comentario aparezca. Hasta entonces, no se mostrará en la entrada. Gracias por su paciencia).

Copia las dos palabras de la imagen en la casilla correspondiente: