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Mayo 17, 2015

La poesía y la experiencia del exilio* - Mohsen Emadi

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Nichita Stanescu, el poeta rumano, dibujó su autorretrato a través de estas líneas: «no soy nada más / que una mancha de sangre / que habla». Antes de escribir sobre Palestina, me detengo frente a ese retrato y me pregunto: ¿de dónde proviene esta mancha de sangre? ¿A quién habla una mancha de sangre? ¿Quién puede escuchar sus palabras?

En el folklore de mi tierra la sangre tiene memoria. Siempre regresa. Incluso la sangre derramada en el desierto. Se dice: «en las tierras en las que alguien inocente ha sido asesinado, en el aniversario de la muerte, el suelo se convierte en sangre.» En los cuentos populares, un talismán mantiene presa a una hermosa joven dentro de una naranja. Un príncipe emprende un viaje en busca de un árbol custodiado por unos demonios. Finalmente, engaña a los demonios y llega hasta la naranja, que es la cárcel de la chica. La libera. Está desnuda. El príncipe encuentra algo de ropa para ella y la lleva a la casa. Una mujer, celosa de su belleza, la asesina. La sangre se derrama en el río y cada gota se convierte en una perla que flota en el agua. También cae una gota de sangre a los pies de una planta de caña. Las perlas alcanzan a un viejo y éste busca la fuente de donde ellas provienen. Las perlas le llevan al cuerpo de la chica, y entonces la caña empieza a cantar: «¡me corta! ¡Y por mi savia, únase la cabeza cortada al cuerpo!» En otra versión de la misma historia, un naranjo brota de la sangre. En estas historias, la sangre narra, pasa de una forma a otra. Rumi, comienza una de sus obras maestras con la voz de Ney, un instrumento musical hecho de cañas: «escucha el Ney cuando narra las historias, cuando llora las separaciones.» Ney, canta siempre la misma canción: la canción de la ausencia.

En otro relato, una chica, sola en medio de la opresión de los demás, cuenta sus sufrimientos a una piedra. Le dice a la piedra: «tú eres paciente, yo también. Rómpete o me rompo». La historia cuenta que si en ese momento nadie abraza a la chica por amor, la niña se hará pedazos. Pero si alguien la abraza por amor, será la piedra la que estalle y de ella brotará una gota de sangre. El sufrimiento de la piedra es el dolor de la Historia. La piedra es el testigo de todos los pasos: huellas de tormentas, guerras y masacres. Me pregunto: ¿de dónde proviene la gota de sangre en las entrañas de la piedra? El amor protege a la joven de la muerte. Pero la piedra, en su sabiduría histórica, entiende el dolor y estalla en la compasión.

Tal vez, por esa sabiduría histórica, Mahmoud Darwish, recuerda a Troya cuando habla de Palestina y dice: «En el nombre de Troya».

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Aunque la interpretación védica de la historia es verdadera, cuando dice: «las mariposas se posan sobre el cadáver del victorioso del mismo modo que lo hacen sobre el cadáver del derrotado», siempre hay una sabiduría en la derrota que no existe en la victoria. Victoriosa es la gente con más poder; pero en ambos lados de la batalla, los derrotados, no son los líderes vivos o muertos, sino las personas comunes y desamparadas de ambos bandos.

Bajo la administración civil británica en Palestina, o «Período de mandato británico» instaurado desde 1920 hasta 1948, los judíos comenzaron a emigrar a esa tierra. Los ojos de un colonialista siempre interfieren y permanecen ciegos: ojos que miran el mundo a través de la intención, el deseo y el miedo, cortándole al mundo sus horizontes. Históricamente judíos y árabes vivieron juntos sin problemas. Ese mismo hecho, fue la puerta de los colonialistas al caos y a la tragedia. A partir de 1930 la resistencia palestina cobra forma y en 1936 inicia la rebelión árabe y continúa hasta 1948. La poesía palestina de ese período narra los días de la revolución y la esperanza con odas revolucionarias y apasionadas. La derrota sobrevino en 1948, cuando comenzó el largo exilio y se declaró el Estado de Israel. Aquí, la poesía palestina se encuentra a la luz de palabras como: derrota, amor, tierra, resistencia, exilio y ausencia. Palabras que narran la historia de la humanidad. Tal vez, esta sea la razón por la que Palestina se ha transformado en una metáfora de la historia de la humanidad. Digo metáfora de la historia de la humanidad y recuerdo la historia de Isis y Osiris. El dios de la fertilidad yace muerto, su cuerpo está desgarrado y una mujer, la diosa de la naturaleza y de la magia, viaja para reunir las partes del cuerpo y traer de vuelta a la vida al ser amado. La poesía siempre es femenina. Este antiguo mito egipcio nos sugiere que Isis es el poeta palestino. La misma historia, al igual que los poetas palestinos, ha viajado por el mundo, reformada, transmitida en varias culturas. Siempre vivió en la antigua Grecia, en el imperio romano e incluso en Inglaterra.

En los cuentos de mi pueblo, un día, un viejo llegó a la aldea. Pidió trabajo a un propietario. El propietario le ordenó trabajar en su enorme granja, esparcir las semillas y cuidar de ella hasta el fin de la cosecha. El primer día el viejo trabajó la granja, el segundo esparció semillas y el tercero recogió la cosecha. El propietario tuvo miedo de ese milagro. Mató al viejo con un hacha y enterró el cadáver y el hacha en el campo. A partir de entonces, cada noche, el propietario se despierta en medio de una pesadilla y el hacha siempre está ahí: debajo de su almohada. Puse el nombre de «la poesía» al milagro del viejo. El asesino tiene miedo de ese milagro y cada noche encuentra el hacha que la poesía devuelve debajo de su almohada. Cuando Darwish le dice al periodista israelí: «estoy buscando a los poetas de Troya, porque Troya nunca nos contó su historia». Tal vez, con una sonrisa, está pensando en Fobetor (Iquelo), el dios de las pesadillas. Con la poesía de Darwish, Fobetor entra por las ventanas a las habitaciones del victorioso. Fobetor es la raíz griega de fobia. La fobia del victorioso es el hacha que asesina a los poetas.

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¿Qué es el exilio? Ryokan escribió: «el ladrón ha dejado la luna en mi ventana». El poeta regresa a su casa y ve que el ladrón se ha robado todo. Mira por la ventana y ve la luna. Me pregunto: ¿cómo escribiríamos el haiku mismo si el ladrón se llevó la casa? ¿Si llegamos a nuestra calle, en donde todo está en su lugar menos la casa? Tal vez, para Ryokan, la ventana del poema, no era mi ventana. Podría ser una ventana multiplicada. Quiero decir que él lo escribiría así: «el ladrón ha dejado la luna en las ventanas». Con este giro, el ladrón se podría generalizar a un ladron que roba de todas las ventanas. El exiliado toca una suerte de universalidad que los demás habitantes no pueden tocar. La experiencia del exilio, al principio, es la experiencia del desplazamiento. Desplazamiento de naves, ahogamientos cerca de las costas de Italia o de Australia. Desplazamiento no significa estar sin lugar. Cuando no puedes hablar en tu lengua materna, cuando pierdes el ritmo del ser, entras en la esfera de la intemporalidad. Los exiliados están fuera de la Geografía y de la Historia. Y desde esa distancia las ven. El lugar y el tiempo, en principio, son nostálgicos; entonces, esa nostalgia, esa experiencia de ausencia, sustituye a la experiencia del abismo. Pero la poesía siempre se levanta del abismo. Los objetos se medirán por los idiomas: ¡no tengo una palabra para ese objeto! Y entonces, la historia de los objetos será la historia del vértigo. La metáfora del judío errante, que un día fue la metáfora del desplazamiento, enfrente de las cámaras ocupa y roba una geografía. Los poderes que han utilizado esta metáfora no han sido conscientes de los peligros que éstas entrañan. Actualmente, Palestina es una metáfora personificada de todos los exiliados y los desplazamientos de la historia. Un palestino vive en el exilio, incluso en su patria. Vive la forma más primigenia del exilio.

Los marineros negros del sur de mi tierra, dicen: «cuando alguien se pierde en el mar, cuando todas las búsquedas han sido inútiles, todo el mundo debe acudir a la orilla y tocar el tambor». Tocar el tambor para los que están perdidos hasta que logren encontrar el camino a la costa. La poesía, en todas las orillas del mundo, está tocando el tambor. Tal vez allí nos encuentre nuestra costa.

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La resistencia es creación. Es decir, recreación de la naturaleza. En el pensamiento de Aristóteles, el arte imita a la naturaleza. Pero la poesía no acepta el marco aristotélico porque la destrucción comienza cuando la naturaleza no sigue al arte. Darwish, en su poesía, habla de esta naturaleza creativa de la resistencia: «la tierra es demasiado oscura, ¿por qué tu poema es tan blanco? Porque mi corazón está lleno de treinta mares»: Pleno, preñado, proviene de treinta mares, desde el exilio. Y en otro poema dice: «cuando escribo veinte líneas sobre el amor, imagino este asedio, ¡se ha acercado veinte metros!» Una mezcla de amor y escritura, significado y acción, en la lucha contra el asedio.

En los cuentos populares de mi tierra, cuando la vida del ser humano y del pueblo están asediadas por un invierno frío, la cigüeña permanece atrapada en algún lugar de las montañas y no puede llegar a la aldea. La cigüeña es el ave de la fertilidad y es un ave migratoria. Su corazón está lleno de treinta mares. En esos cuentos, un niño debe viajar a las montañas más altas hasta encontrarla y entregarle el calor de su cuerpo para traerla de vuelta a la aldea. En esos cuentos, si los humanos no eran capaces de atravesar la profundidad del frío y no entregaban el calor de su cuerpo, es decir, la experiencia corporal del amor a la cigüeña, las heladas acababan con la tierra. Ese cuerpo humano, en todas esas historias, se refiere a la poesía. En cada resistencia el cuerpo está presente, porque la resistencia pertenece al cuerpo creativo.


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* El presente texto es un fragmento del texto introductorio al número 33 de la revista Líneas de fuga que edita la Casa Refugio Citlatépetl, dedicado a la nueva poesía palestina.

Sobre el trabajo de esta Casa puede verse el siguiente texto: "Diez años de la Casa Refugio"

Hemos querido traer de vuelta y ofrecerlo a los lectores de Salonkritik en virtud de su honda y pertinente reflexión acerca de la poesía y la dura experiencia del exilio, que vienen a sumarse a las incontables desgracias que actualmente se ciernen sobre una gran parte del mundo árabe.


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Mohsen Emadi (Irán, 1976) es poeta, traductor y cineasta. Ha publicado los libros de poesía: La flor de los renglones (Lola Editorial, 2003, España), No hablábamos de sus ojos (Ghoo Publishing, 2007, Irán), Las leyes de gravedad (Olifante, 2011, España), Visible como el aire, legible como la muerte (Olifante, 2012, España). Ha publicado traducciones de: Vladimir Holan, Nichita Stanescu, Jiri Orten, Antonio Gamoneda, Cesar Vallejo, Alejandra Pizarnik, Luis Cernuda, Jose Gorostiza, Clara Janes, Anna Swir, Milan Rufus entre otros. Es fundador y editor en jefe de Antología Persa de Poesía Mundial desde el 2007. Su poesía ha sido traducida a varios idiomas como inglés, árabe, francés y catalán. Ha proyectado sus documentales poéticos, “Querido Antonio” (sobre la poesía de Antonio Gamoneda), “Un poeta y su exilio” (sobre el exilio de Luis Cernuda en Mexico) en varios países como México, España y Portugal. Dejó Irán en 2009 y ha vivido en varios países de Europa. Actualmente reside en México D.F. donde trabaja en la elaboración de dos libros de poesía, un libro de ensayo sobre la fenomenología de la poesía y una película documental poética sobre la relación entre la infancia y la poesía.

Enviado el 17 de Mayo. << Volver a la página principal << | delicious

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