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Octubre 11, 2015

Pleasure, Little treasure* – Peio Aguirre

5666029559_a3b7a15c82_b.jpgEl crítico es, antes que nada, alguien (movido) movilizado por la curiosidad. Foucault dijo una vez que la curiosidad es el motor del conocimiento. La curiosidad evoca inquietud, atención y cuidado para lo que existe y puede existir, una inclinación para abrazar lo extraño y singular de lo que nos rodea, una cierta disponibilidad para romper nuestras familiaridades y un fervor para comprender lo que está sucediendo. La curiosidad invierte las jerarquías tradicionales de lo importante y lo esencial. Reanima el deseo por saber y la fruición del encuentro con lo desconocido. De ahí que el aficionado, el amateur, sea una figura tan evocadora para la crítica. Si las cosas sobre las que uno puede ocuparse son infinitas y si las personas que desean emplearse en la crítica existen, ¿por qué no ocuparse de todo eso sin que aflore la menor sensación de culpa? Ser curioso, ser atraído; un buen precio que pagar.

Si la crítica no supone una autorrealización para quien la ejerce , con sus dosis de recreo, deleite y satisfacción, entonces se convierte en un trabajo fútil abocado al abandono o a la frustración. El carácter represivo de la crítica negativa tiene aquí un espejo donde mirarse, especialmente cuando desarrolla la actitud de ser duro con los débiles y complaciente con el poder. Una vía de alejamiento del poder es el placer. Crítica y placer siempre han estado asociadas. Foucault imaginó una alternativa al modo coercitivo de la crítica:

No puedo dejar de pensar en una crítica que no buscara juzgar, sino hacer existir una obra, un libro, una frase, una idea. Una crítica así, encendería fuegos. Contemplaría crecer la hierba, escucharía el viento y tomaría la espuma al vuelo para esparcirla. Multiplicaría, no los juicios, sino los signos de existencia; los llamaría, los sacaría de su sueño. ¿Los inventaría en ocasiones? Tanto mejor, mucho mejor. La crítica por sentencias me adormece. Me gustaría una crítica por centelleos imaginativos, no sería soberana ni vestida de rojo. Llevaría el relámpago de las tormentas visibles. 1

La pasión por la palabra escrita y el juicio apasionado y vibrante de una crítica highly opinionated están relacionadas; en las diatribas de Kraus; Lester Bangs en la crítica musical; Pauline Kael en cine e incluso Clement Greemberg en la crítica de arte. Pasión y placer no son la misma cosa. La primera parece medirse mediante una simple cuestión de temperatura: frío o calor. La escritura es un termómetro de los afectos. La pasión en la crítica es digna de atención cuando el juicio apasionado ha sucumbido ante los más analíticos instrumentos de la investigación y el estudio. Lo opuesto se da cuando el modo represivo en la articulación del juicio no deja resquicio alguno a la pasión y el juego en el escritor, y entonces tampoco en el lector. Nadie quiere leer una crítica rutinaria y sosa como de nada sirve un derroche de ingenio vacío. Como ha dicho Simon Reynolds a propósito de la crítica musical, “la escritura en sí misma no tiene por qué ser salvaje y delirante ni echar espuma por la boca como un perro rabioso; puede ser precisa, controlada, incluso severa. Pero su efecto debe ser como la Verdad dándote un puñetazo en la boca”. 2 Muy a menudo la pasión de los fríos sistemáticos supera con creces a la de aquellos que enarbolan banderas como si fueran fuegos de artificio destinados a apagarse sin brillar.

En cuanto al placer, éste toma el aspecto de una especialidad francesa. Jouissance lo llamó Barthes, también traducida como “goce”. Escribió: “Placer / goce: en realidad, tropiezo, me confundo; terminológicamente esto vacila todavía. De todas maneras habrá siempre un margen de indecisión, la distinción no podrá ser fuente de seguras clasificaciones, el paradigma se deslizará, el sentido será precario, revocable, reversible, el discurso será incompleto”. 3 Que el placer fuera la punta de lanza de todo un proyecto político emancipador durante los sesenta y setenta es algo que ha quedado registrado en la memoria histórica y también política. Me refiero al placer como portadora de la mirada masculina en el estudio de Laura Mulvey sobre el placer visual en el cine pasando por la promesa hedonista barthesiana o las mutantes máquinas deseantes de Deleuze y Guattari. En periodos gloriosos para la crítica, el psicoanálisis moldeaba la relación del placer con el impulso de un cuerpo libidinal. Como dice Barthes: “el placer del texto es ese momento en que mi cuerpo comienza a seguir sus propias ideas –pues mi cuerpo no tiene las mismas idea que yo”. 4 Es en el placer del texto, en la recepción y la lectura que la jouissance puede alcanzar a escapar de todas las ideologías que un grado cero de los signos pareció una vez prometer. Atopía más que utopía; el no-lugar de la jouissance:


¿Cómo leer la crítica? Una sola posibilidad puesto que en este caso soy un lector en un segundo grado es necesario desplazar mi posición: en lugar de aceptar ser el confidente de ese placer crítico –medio seguro para no lograrlo– puedo, por el contrario, volverme “voyeur”: observo clandestinamente el placer del otro, entro en la perversión; ante mis ojos el comentario se vuelve entonces un texto, una ficción, una envoltura fisurada. Perversidad del escritor (su placer de escribir no tiene función); doble y triple perversidad del crítico y de su lector; y así al infinito. 5

Recuperar el placer en la crítica sin que ello suponga retroceder a modelos donde sobresalen las vacuas florituras y el culto al yo autor. La gratificación, por su parte, dura más cuanto mayor es la dilación. Cuando la crítica opera con la intención de producir una gratificación instantánea, lo que obtenemos es una crítica evanescente, sin ninguna clase de duración, que envejece tan pronto como un nuevo input se produce en el interior de la interfaz virtual.


* Fragmento del libro La línea de producción de la crítica, Consonni, Bilbao, 2014.
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Notas

1 Michel Foucault, “El filósofo enmascarado”, op. cit., p. 220.

2 Simon Reynolds, Después del rock; psicodelia, postpunk, electrónica y otras revoluciones inconclusas, Caja negra, Buenos Aires, 2010, p. 10.

3 Roland Barthes, El placer del texto, siglo XXI de España, Madrid, 1982.

4 Ibid.

5 Ibid.