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Noviembre 15, 2015

Autorretrato del blasfemo* - Hervé Le Tellier

hqdefault-1.jpgMi oficio consiste en blasfemar desde la tierra de aquí abajo hasta lo alto de los cielos. En blasfemar lo más fuerte posible. Es un oficio de hombres libres. Primero porque cuando está en la tierra de aquí abajo, el hombre libre tiene ganas de blasfemar hacia lo alto de los cielos, y luego porque cuando hay varios hombres libres en la tierra de aquí abajo, todos quieren blasfemar hacia lo alto de los cielos más fuerte que los demás.

Un oficio humano,

Soy blasfemo.

Tuvimos a Juliano el Apóstata, tuvimos a Spinoza, tuvimos al caballero de La Barre, tuvimos a Alfred Jarry, tuvimos a Salman Rushdie, tuvimos a los caricaturistas daneses y ahora estoy yo. Este año voy a ser un excomulgado y, en la próxima reunión de la Unión Racionalista ganaré la medalla del ateísmo.

Soy el hombre más equilibrado de aquí abajo, el más tranquilo, el más escéptico, y mi trabajo consiste en generar desequilibrio.

Todos los grandes blasfemos generan desequilibrio.

Blasfemar más fuerte es antes que nada blasfemar de otra manera; con el fin de sembrar la inquietud y luego la duda. Para quitar el miedo. Blasfemar de tal forma que los demás estén convencidos de que os va a partir un rayo ahí mismo, hasta que una generación entera blasfeme como tú.

En una vida de blasfemo, no se puede inventar más que un desequilibrio genial, uno y solo uno.

Los caricaturistas daneses llegaron al circuito con su fama de "garrapateadores de Mahoma", dos temporadas después los cincuenta mejores blasfemos de la prensa satítica blasfemaban como ellos.
Ahora estoy yo.

Ser un gran blasfemo es una condición que exige una entrega absoluta y una concentración total. Maldigo cuando veo a los curas con la sotana puesta en pleno verano. Vivo con la Torá, los Evangelios y el Corán en la mochila para maldecir mejor. Guiño el ojo al bulto con burka y al lubavitch con sombrero porque sé que me ayudan a maldecir. Le doy la paliza a la beata de mi tía, que es gilipollas, porque sé que eso me ayuda maldecir.

Coged a dos hombres en igualdad de escepticismo y de incredulidad, en la misma iglesia ponedlos uno al lado del otro, y siempre soy yo el que maldice más rápido.

El "Puta Virgen" que se le escupe al scout que aguanta la estatua de María durante la misa del 15 de agosto lo hago yo mil veces por semana. El gargajo en la pila del agua bendita de la basílica el Sagrado Corazón, ese que se lanza con lengua de plomo, lo hago yo todas las noches al acostarme. Me conozco al dedillo todas las mezquitas de Barbès y, a cero por hora, veo a los muftíes postrarse al ralentí.

También me preparo para esas situaciones blandas e imprecisas que nos imponen los azares de los discursos en los entierros de los amigos. Esas ceremonias retorcidas que permiten a un John Cleese, el humorista cara de palo de Monty Python, gritar "fuck" en una iglesia baptista.

Todo cuenta en tu carrera.

Un día, el tono de tu voz se convierte en lo esencial. Es el tono de voz lo que determina el sacrilegio. Le has dado la vuelta al crucifijo, le has pintado bigotes a la Virgen con el Niño, te ha entrado la risa tonta y has perdido por dos decibelios en Notre Dame porque al acercarte al altar, bajo el crucifijo, te has preguntado si el monaguillo te escucharía decirle a Jesús en la cruz: "¿Tienes vértigo o qué, acróbata?"

Cuando duermo, trabajo, al comer piononos, trabajo. Diseño mis pullas, modelo mis chanzas. Mi racionalismo y mi materialismo son inquebrantables, tengo siempre en la mirada burlona la marca de mi absoluto desprecio.

En cuanto el monje oscurantista me provoca con su sotana color cuervo, libera toneladas de trabajo. Después queda un blasfemo en la capilla que ya no tiene ni ojos, ni cabeza, ni piernas, y que maldice para blasfemar hacia lo alto de los cielos más fuerte que los demás hombres.


Es la regla.

Y luego está ese momento que inevitablemente llega en una vida, el único momento de verdadero reposo, de reposo absoluto. El reposo del blasfemo.

Has superado con éxito el "Disculpe, padre, ¿no tendría una veintena de sotanas? Es para el Oulipo", entras en la capilla gótica con gorra y gafas de sol y, para ver mejor un trampantojo, cometes ese minúsculo error de trayectoria, ese pequeño fallo estúpido (que no es de genuflexión) que te aparta unos centímetros de la posición ideal. Y ahí llega el verdadero reposo, el reposo inmenso. Ya has metido un pie bajo la alfombra, luego enseguida has perdido el equilibrio y toda la dignidad.

Ya nada tiene importancia, ya no eres blasfemo, tus sarcasmos se relajan, tu mente crítica se libera, sabes que, me cago en Dios la puta que parió a la catedral de los cojones, vas a abrirte la cabeza.


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* Fragmento del libro que recién publica La uÑa RoTa
Es un oficio de hombres / Oulipo, Traducción Panlo M. Sánchez, Segovia, 2015.

Enviado el 15 de Noviembre. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

Me uno.
Putas religiones!.
Abrazo.


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