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Diciembre 03, 2004
Señales de humo
Reenviamos la reseña de Coffee and cigarrettes (de Jarmusch), escrita por ARNAU HORTA
REENVIADA DESDE LA VANGUARDIA - CULTURA|S Publicada originalmente el 01/12/2004
Jim Jarmusch recupera en su nuevo filme el formato episódico que ya utilizó en ‘Mistery train’ y ‘Noche en la Tierra’. Son once cortos, filmados a lo largo de quince años, en los que el director nos presenta una galería de personajes solitarios e incomunicativos
Cuando se cumplen cinco años del estreno de su última película, Ghost dog, Jim Jarmusch reaparece con un nuevo trabajo que, en realidad, son once. Once cortos, de aproximadamente diez minutos cada uno, que el director realizó entre 1987 y 2002 y que ahora recopila bajo el título de Coffe and cigarettes. En ellos, Jarmusch narra, con su habitual austeridad en los diálogos y la puesta en escena, las conversaciones sobre la vida y un variado repertorio de banalidades que, entre sorbos de café y caladas de cigarrillo, entablan anodinamente diversos personajes. Concebidos inicialmente como divertimentos entre los rodajes de sus largometrajes, los cortos recuperan algunos de los rostros más memorables de la filmografía de Jarmusch (Roberto Benigni, Tom Waits, Steve Buschemi...), además de distintas personalidades del mundo de la música, elemento fundamental en los filmes del director. Iggy Pop, Meg y Jack White de The White Stripes y los raperos RZA y GZA son algunos los músicos invitados.
Nos llega con retraso –más de un año después de su estreno mundial– y en muchas ciudades ya no está en cartelera. De hecho en varios países, y pronto en España, el filme ha encontrado su mejor distribución en DVD, un gran formato, quizá el mejor, para degustar estas once historias rodadas con un guión abierto. Coffe and cigarettes se fraguó desde la complicidad. Los actores, que en los cortos se llaman por su propio nombre, en mayor o menor medida también se interpretan a sí mismos. En este sentido, y como sucedía con Blue in the face, el filme de Paul Auster y Wayne Wang, Coffe and cigarettes se percibe como una reunión de amigos filmada, llena de guiños y brillantes improvisaciones. Curiosamente, fue precisamente en aquella magnífica película de Auster y Wang, una continuación muy sui géneris de Smoke, dónde Jarmusch protagonizó lo que podría considerarse el doceavo episodio de su último filme. En su cameo, el director conversa distendidamente con su amigo Augie (el estanquero Harvey Keithel) mientras consume el que será su último cigarrillo antes de dejar de fumar. En aquella escena, como en Coffe and cigarettes, el acto de fumar se nos presenta como una forma de ritual comunicativo que pone en contacto las partes que conversan.
Los locos, los solitarios, los extranjeros (ya sean estos turistas o inmigrantes) o los parientes lejanos que se reencuentran tras una larga separación (todos ellos presentes desde el primer cine de Jarmusch) reaparecen y se reúnen en Coffe and cigarettes con esa voluntad de fumar y conversar, incluso cuando esos personajes tienen, en la mayoría de los casos, muy poco o nada que explicarse. En este sentido, es paradójico observar que, aún siendo las palabras una parte fundamental del filme de Jarmusch, es en el silencio, en los gestos y las miradas de los personajes (recogidos con primeros planos) donde estos muestran su interior. En cada calada de cigarrillo y en cada sorbo de café de Coffe and Cigarettes parece esconderse una palabra no dicha, un pensamiento callado que el espectador percibe y comparte íntimamente con el personaje. De nuevo, Jarmusch nos está hablando sobre la incomunicación y los problemas de comprender al otro, dos de los temas más recurrentes y predilectos de su filmografía.
Otra característica típicamente jarmuschiana que subyace en la quietud y el silencio de los once encuentros de Coffe and cigarettes es la inexistencia de un clímax narrativo (salvo, tal vez, en el hilarante episodio protagonizado por Steeve Coogan y Alfred Molina). Como en el resto de sus películas, las historias que nos cuenta aquí Jarmusch son mínimas o (como sucede en el episodio protagonizado por Renee French y E.J. Rodríguez) casi inexistentes.
Este aparente vacío narrativo, heredado de Yasujiro Ozu y también presente en el cine del finlandés Aki Kaurismaki, acentúa el interés por el detalle y pone de relieve ese minimalismo realista de Jarmusch que Breixo Viejo explica así en su libro Jim Jarmusch y el Sueño de los Justos (el único trabajo editado en español sobre la figura del director): “Jarmusch utiliza los mínimos recursos y construye la acción a partir del detalle y de la exclusión casi absoluta de los momentos dramáticos o de acción (…) El cambio estilístico, evidentemente, conlleva un cambio de orden temático y, por extensión de orden moral. Su discurso construido en sentido inverso (por el medio y no por los extremos), da la vuelta a la ideología adscrita a la convencionalidad de la narración e intercambia al sueño por el insomnio y al héroe por el perdedor. Se trata, en definitiva, de un contradiscurso”.
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