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Enero 15, 2005

¡Hágase la luz!... Y por fin se hizo

Reseña de Laura Revuelta de la exposición de JAMES TURRELL EN IVAM
turrell.jpg Publicada originalmente en el ABC cultural el 8 de enero de 1005.

Resulta difícil describir lo que hace James Turrell (Los Ángeles, California, 1943). Algo parecido a la magia; algo que sólo se puede entender cuando se ve; algo que sólo se siente desde la fascinación por un artista que tiene en su haber todos los dones que ansiara para sí un maestro del Renacimiento, lo que hoy llamaríamos un autor total. Turrell no es un pintor, pero pudiera serlo; no es un escultor, pero esculpe con la nada y desde la nada; no es un arquitecto, pero también escenifica arquitecturas; no es tantas cosas, pero a su vez asume tantas otras. Es un artista pleno y también un puro científico, porque sus especulaciones y descubrimientos sólo pueden ser producto de un complicado dominio de materias primas tan inmateriales como la luz. 

Cuando hace unos días hemos pasado desde distintos medios por el empeño absurdo de elegir las exposiciones del año, en este caso, 2004, (absurdo, porque a muchas de las elegidas no les quedaba ni un cuarto de hora de vida, lo cual sólo conlleva alargar las colas de la frustración de unos y endulzar los envanecidos oídos de otros), desde estas líneas señalamos lo que, sin duda, nos ha llevado a disfrutar el primer gran sabor de boca de la temporada. El pasado es pasado y el presente, presente, y con él nos quedamos. Hágase la luz... y por fin se hizo, se abrió ante nuestros ojos para olvidar otras penas, otras mentiras y otras tantas decepciones de esta vida artística que se avecina enrarecida, turbia, tanto como la vida misma, a la que ya se la ha tragado un tsunami en toda regla.

La caverna de Platón

Siempre será preferible dejarse guiar por la luz de James Turrell, y, aunque resulte harto complicado explicar el prodigio de sus montajes, vamos a ello. En el IVAM se exponen cinco piezas donde Turrell se presenta como lo que es: un absoluto dominador de la luz, de su incorpórea presencia y de su profundo espíritu. Recoge en sus piezas (que no son tales, que no existen en lo que entendemos como algo palpable, tangible, de cuerpo y volumen real) la preocupación, ya tan vieja como la pintura o la escultura misma, por la luz: cómo atraparla, retratarla, detenerla. Dos obras ya clásicas en su trayectoria, dos simples triángulos hechos con haces de luz (Alta, Blue y Juke, Red, ambas de 1968) –que no están, que no podremos tocar, aunque el instinto y el deseo nos lleven a ello, aunque se empeñen en decirnos machaconamente que están ahí–, abren el recorrido expositivo. Desde luego, parece cosa de magia, pero se trata de efectos tan especiales como los que ideara Platón en su metafórica caverna que luego habremos de comprobar en carne propia, en auténticas visualizaciones, engaños, trampantojos. Por estos caminos tan nítidos y confusos, de claroscuros, a un tiempo, también transita la obra de Turrell.

«En primer lugar, no me ocupo de ningún objeto. El objeto es la percepción misma. En segundo lugar, no me ocupo de ninguna imagen, porque quiero evitar el pensamiento simbólico asociativo. En tercer lugar, tampoco me ocupo de ningún objetivo, ni de ningún punto en especial donde mirar. Sin objeto, sin imagen y sin objetivo. «¿Qué es lo que miras? Te miras a ti mirando», apunta Turrell. Éste es el trazo que compone en sus otros trabajos expuestos: Porterville, Catching Breath, Space Division, Penuma y Aural, todas ellas fechadas en el año 2004 y pensadas específicamente para el IVAM. Salas donde entre la composición y descomposición de tonalidades, de planos, se pierde la vista en horizontes reales de un fin del mundo o de un principio de los tiempos. El espectador habita un cuadro, un paisaje real o pictórico; transita por las entrañas de una escultura; por el alma de una construcción arquitectónica, cuyas paredes se han esfumado ante nuestros ojos. Entre cuartos oscuros por los que da miedo, pavor, perder el pie, la mano, nada a lo que agarrarse; andar en el vacío... Y las visiones abiertas de par en par cuando la mirada se ha acomodado a este complejo juego de trampas visuales. Todo lo demás que pueda decirse de la obra de James Turrell ya corresponde a la poesía o a los prodigios de las formulaciones científicas, ésas que se diseccionan en un plano hecho de anotaciones y líneas y trazos. A final, demasiadas palabras para explicar la genialidad de un artista como Turrell, un cuáquero de creencia y minimalista de esencia. Sólo una mención final al voluminoso catálogo editado que recoge su obra completa y unos excelentes textos de la comisaria de esta muestra, Ana María Torres, y Kosme de Barañano, que también son capaces de poner luz a la inclasificable obra de Turrell.

Enviado el 15 de Enero. << Volver a la página principal <<

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