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Junio 24, 2005

Archivos del presente - PEIO AGUIRRE

Reenviamos esta reseña de la exposición "Folk Archive: Contemporary Popular Art from the UK" presentada eb THE CURVE BARBICAN, LONDRES. Originalmente publicada en LA VANGUARDIA DIGITAL

Acudir a una exposición para descubrir prototipos de pistolas fabricadas a base de cuchillas de afeitar y bolígrafos con las que los presidiarios se tatúan debería cuando menos hablarnos de la naturalezah umana. También contemplar diferentes tipologías de espantapájaros, tartas de nata, cascos de motorista con calaveras pintadas o tradiciones ancestrales como acarrear a cuestas un barril incendiado. El asunto aquí no es que estos objetos nos digan algo de las bondades y el humor de los británicos como que interroguen los mecanismos mentales que llevan a alguien a coleccionarlos, clasificarlos, estudiarlos y hasta filosofar sobre ellos.

Folk Archive, actualmente en el Barbican de Londres, proyecto de Alan Kane y Jeremy Deller, centra la atención de un debate que amenaza con extenderse como una mancha de aceite. Hace ya algunos años, este par de artistas ya mostró los primeros síntomas de la enfermedad realizando una introducción al archivo dentro de la exposición Intelligence, en la Tate Britain. Ahora el paquete se prepara para itinerar en un viaje a lo absurdo.

Estos nuevos antropólogos de la vida cotidiana, estos flaubertianos Bouvard y Pécuchet de los tiempos modernos, son los enciclopedistas del presente. Las intenciones de este archivo en crecimiento son las de ofrecer una definición más amplia de lo que entendemos por arte popular o folk. Para ello, desde hace seis años, Kane y Deller coleccionan y hacen llamamientos por si hay alguien por ahí que conozca nuevas formas de este nuevo arte, novedoso y lleno de imaginación.

Su deseo es ir en sintonía con los tiempos y actualizar el significado del arte popular. Que la flema y la ironía son típicas de los habitantes de las islas británicas es algo que ya conocíamos. Su sentido del humor, amenudo corrosivo, encuentra aquí una sucesión de bromas que al cabo de un rato pierden su gracia. Lo que subyace a menudo aquí no pasa del ¿de qué se ríen los británicos además de su familia real?

Una de las primeras observaciones se encontraría en el equiparamiento del material, por ejemplo en la indistinción entre los rituales del folklore campesino del que seguro sus gentes se muestran muy orgullosas, y la escatalogía variada sacada de cualquier tienda de souvenirs. Quizás por ello el tic psicológico del espectador varía entre la mueca divertida y el tono serio de quien contempla arte del estilo no-arte, aunque cultura al fin y al cabo. Y aquí está el quid de la cuestión, lo inofensivo del dispositivo no simula sino una doble trampa de un doble juego.

En el fondo, todo esto podría pasar como simple antología del mal gusto si detrás no estuviera asociado el nombre de Jeremy Deller. Último ganador del mediático premio Turner, este artista ya organizóu n desfile de asociaciones y colectivos marginales por las calles de San Sebastián hace ahora un año, con motivo de la inauguración de la bienal Manifesta 5. Su inmersión en las raíces de lo underground y en las esencias subculturales únicamente supone una manera más de convertirlo en práctica artística desde el interior del sistema. Recurrir a lo que está fuera para introducirlo luego dentro del discurso es ya costumbre.

Pero sin duda la ironía es una de las armas más sutiles a nivel psicológico.

Cuando el filósofo pragmatista Richard Rorty definía al ironista como aquel que sabe de la contingencia del lenguaje, y por lo tanto de su ser, y por ello es capaz de no tomarse demasiado en serio, no se estaba refiriendo precisamente a esta clase de ironía consistente en hacer de lo estúpido algo serio, reflexivo y a tener en cuenta. Otra de las diferencias de estos artistas ironistas de sus predecesores (hay poco en Deller de un Mike Kelley o un Jim Shaw) estaría en su postura encubridora. ¿Conforma este archivo una celebración del ahora tan en boga asunto de la creatividad anónima, colectiva, inmaterial? Sus responsables así parecen indicarlo, haciendo verdaderos esfuerzos intentando creérselo. En la retórica de la baja (o bajísima) cultura es donde ellos juegan a ser los más listos.

Existe sin embargo una gran diferencia entre esta posición de la de un Jeff Koons por ejemplo. El salto es grande. Lo que hace un par de décadas era visto como kitsch hoy, de la mano de Deller, parece devenir folk. Pero mientras el kitsch como fenómeno aludía a la típica conciencia y mal gusto burgués, lo folk es modesto, pobre y relacionado con la clase. Puede ser la recurrente manía de los británicos a apelar a la conciencia de clase a la mínima o puede ser simple devoción populista, pero lo cierto es que una de las contradicciones aquí estaría en el propio hecho de coleccionar como perteneciente a la esfera privada burguesa. ¿Socialismo de clase alta?

Yendo más lejos, ennoblecer y enmarcar la ridiculez puede llegar incluso a convertirse en mercancía artística aunque lo propio de este archivo sea su dificultad a reificarse como ready-made. En ese sentido, este universo bizarro permanecerá sobre todo como idea caricaturesca para los arqueólogos del mañana. |

Enviado el 24 de Junio. << Volver a la página principal <<

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