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Junio 01, 2005
El tiempo contra Darth Vader - NÚRIA BOU & XAVIER PÉREZ
Reseña de "La venganza de los Sith" Tercera entrega, en tempo narrativo, de ´La guerra de las galaxias´. Originalmente publicada en LA VANGUARDIA DIGITAL
Lo que sucedió el pasado 19 de mayo en las salas cinematográficas de todo el planeta no tiene precedentes, y es difícil que tenga imitaciones: multitudes de fieles se congregaron para saludar, con honores de estreno, el clausural episodio 3 de una saga fílmica que se inició, hace tres décadas, con un inaugural episodio 4. Entre las muchas consecuencias sorprendentes que ha provocado esta organización temporal, siempre quedará como un logro mayúsculo por parte de George Lucas su capacidad para seguir movilizando a una audiencia que va a contemplar lo que ya conoce como determinado e invariable. El público entra en el cine sabiendo perfectamente que se la va explicar la transformación del joven Anakin Skywalker en el maligno Darth Vader, por lo que toda su atención se centra en descubrir el modo de tan esperada metamorfosis. A la melodramática pregunta de ¿qué va a pasar?, los espectadores educados por Lucas se enfrentan a la trágica cuestión de cómo y por qué va a suceder lo que ya se sabe.
No deja de tener sentido que sea justamente esa capacidad de conocer el futuro la que precipita al propio Anakin Skywalker al abismo. Visiones premonitorias lo llevan a intuir la muerte de su esposa embarazada, en el momento del parto, y es a partir de aquí que el héroe, empeñado en luchar contra un destino ya fijado, se adentra en el lado oscuro. Esta conexión entre conocimiento del futuro y desenlace fatídico es tan universal que el público, en un juego de espejos, ve también reconvertida la inicial pasión por la aventura fantástica que la saga prometía en sus inicios en una historia decididamente sombría. Con esta última entrega, se acaba de visualizar la latente intención de Lucas oculta en este desconcertante desorden cronológico del relato: transformar una de las mayores épicas de la narración contemporánea en una auténtica tragedia.
Todo delirio operístico como el que ofrece La vengaza de los Sith, necesita, por otro lado, de figuras claramente definidas, para satisfacer sin fisuras su coherencia simbólica. Lucas manifiesta en este sentido un control prodigioso de sus materiales, hasta el punto de superponer con gran habilidad el motivo fáustico del pacto diabólico al sempiterno temap sicoanlítico de la rivalidad edípica. Es verdad, por un lado, que Anakin deviene Darth Vader porque sabe que sólo utilizando la complicidad mefistofélica del lado oscuro puede llegar a ser un dios. Sin embargo, las razones de Anakin no comportan la menor ambición totalitaria (el control del universo, el dominio de la humanidad) sino, tan sólo, la protección de su mujer embarazada. Nos encontramos, si queremos leer entre líneas, con una verdadera provocación conceptual: es la metamorfosis del cuerpo de la esposa, transformada en madre, la que lleva al héroe masculino irremediablemente, a la caída. Desde el famoso duelo final de El imperio contraataca, sabíamos que Darth Vader odiaba a su hijo Luke, -y a la gemela Leia- y ahora entendemos por qué.
La consideración de la futura madre como el verdadero germen encubierto que hace brotar el lado oscuro de la fuerza está sutilmente trabajada por George Lucas. Cuando el joven Anakin, a la vuelta de la aventura acelerada que abre la película, es recibido por Padmé (Natalie Portman), el director inscribe la figura femenina en la sombra que proporciona una columna del palacio, y es hacia esa sombra hacia la que el joven jedi avanza, sumergiéndose sin saberlo, en un negro abrazo premonitorio. Desde entonces, el propio Anakin sólo puede ser visualizado en negativo, como un padre terrible que ha perdido para siempre su condición de amante. La magnífica elipsis que nos da a entender su más escandalosa actuación infanticida desde el lado oscuro (el asesinato de un grupo de niños) da paso, no casualmente, a una ejemplar secuencia de desencuentro con Padmé en las habitaciones de palacio. Como si se tratara de la antífrasis radical de cualquiera sublime escena de amor de Frank Borzage (donde los amantes se comunicaban mentalmente a pesar de la distancia), Lucas reúne a Anakin y a su amada embarazada en la misma estancia, para separarlos en planos alternados, cada uno mirando en dirección contraria, en una constatación profética de la pérdida irremisible de su felicidad, que acontece, en paralelo, a la completa destrucción de la República.
La sensación global que acaba deparando la película es, por todo ello, la de un climático crepúsculo de los dioses. Pese a la ubicación cronológica intermedia de los acontecimientos relatados, Lucas conoce perfectamente el carácter conclusivo de La venganza de los Sith, y busca en su clímax final una satisfacción completamente apocalíptica, pues sólo la recreación de una catástrofe total puede ofrecerse al público como salida liberadora frente a la tentación serial infinita. La transformación del añorado paisaje aventurero de la primera Guerra de las galaxias en el puro infierno digital sobre el que tiene lugar el duelo final entre Anakin y Obi-Wan garantiza, así, la fortaleza de una saga mítica cuya perennidad es refrendada justamente en esa apoteosis autodestructiva. Hay, por supuesto, en el plano clausural del paisaje del planeta Tatooine, la esperanza de aquella regeneración que, al fin y al cabo, subyace siempre en el interior de cualquier discurso apocalíptico.
Pero aunque dicha salvación tenga lugar en un futuro que nosotros siempre seguiremos recordando como pasado, el final verdadero de la saga galáctica -su despedida inapelable- no puede ser otro que esa visualización soberbia de la caída de un mundo y de un héroe, como admirable cierre para un conjunto de seis filmes que constituyen el irrebatible alfa y omega del cine-espectáculo de los últimos treinta años.
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