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Junio 18, 2005

La bienal de bienales - Miguel Cereceda

Reseña de la Bienal de Venecia, originalmente publicada en

abc.es | ABCD las artes y las letras

Todo se ha confabulado para que la Bienal de Venecia sea un éxito. A la alegría inicial de que, por primera vez en la Historia, los responsables generales sean dos mujeres, debe unirse la alegría de que sean precisamente españolas -dos profesionales de gran prestigio y consolidada experiencia internacional como María Corral y Rosa Martínez- las designadas para desarrollar el programa expositivo de la muestra internacional de arte contemporáneo más importante del mundo. Si a eso le añadimos que sus propuestas no sólo han sido coherentes y bien pensadas, sino también expuestas con considerable claridad y limpieza, y que este año hasta el clima ha querido acompañarnos durante la inauguración, es forzoso reconocer que hay sobrados motivos para estar de enhorabuena.

Lejos del carácter torpemente teórico y sólo despectivamente estético con el que en otras ocasiones algunos comisarios -y comisarias, como Catherine David- habían elaborado sus programas, Corral defiende la convicción de que las propuestas expositivas no deben ser una ilustración de teorías de arte, sino un intento de presentar un panorama consolidado y suficiente, en el que las obras tengan la posibilidad de hablar por sí mismas y de defender su propio discurso visual. Por eso afirma que su intención es que la exposición manifieste intensidades, más que categorías conceptuales. Así, La experiencia del arte alude tanto a la idea de una cierta acumulación histórica como a la propia experiencia vital, tanto de la comisaria -quien reconoce explícitamente haber presentado a muchos de los artistas que la han acompañado en su propia trayectoria-, cuanto del propio espectador.

Valores, valores, valores.
Todo ello le permite presentar valores ya consolidados -Francis Bacon, Philip Guston, Jenny Holzer, Barbara Kruger, Juan Muñoz, Bruce Nauman o Antoni Tàpies- junto a otros seguros de la más reciente actualidad, como la extraordinaria escultora Rachel Whiteread, el sorprendente Chen Chieh-Jen, el fascinante William Kentridge o los grandes artistas españoles Juan Uslé y Perejaume, sin excluir por ello otro tipo de apuestas, como la cubana Tania Bruguera; la sudafricana Candice Breitz, que recrea un discurso sobre la madre; el portugués João Louro, con sus interesantes imágenes borradas, o el italiano Francesco Vezzoli, con un alucinante y paródico trailer de una supuesta película de G. Vidal.

No tan diferentes.
Por lo que respecta a Rosa Martínez en el Arsenal, aun cuando podríamos decir que su planteamiento es contrario al de su compañera, puesto que ella sí que considera que todo arte que no se deje presentar bajo una teoría crítica termina sometiéndose ciegamente a los dictámenes del mercado o a la espectacularidad mediática, su posición teórica es tan ajustada y la claridad expositiva tan coherente que no deja traslucir en absoluto la idea de que las obras estén aquí al servicio de la ilustración de una determinada teoría.

El espectador penetra en el Arsenal bajo las pertinentes admoniciones feministas de las Guerrilla Girls, que con sus máscaras de gorila siguen llamando la atención del espectador sobre la escasa presencia de mujeres en museos y grandes bienales, todo ello presidido por la gigantesca lámpara de tampones de la portuguesa Joana Vasconcelos. Uno se encuentra también con la sorpresa de los vídeos políticamente incorrectos, proyectados en el interior de cajas de cartón, de un par de gamberros rusos que se hacen llamar Blue Noses, quienes presentan algunas de sus fantasías sexuales, no precisamente feministas. Del mismo modo, las huellas de sangre trazadas sobre el suelo de Guatemala por Regina José Galindo, o la melancólica defensa de la luz del albanés Adrian Paci no interfieren doctrinariamente con las poéticas propuestas de una Runa Islan, con su fascinante vídeo de tazas rotas, o la no menos poética intervención sonora de la siempre sugestiva Louise Bourgeois. En este contexto, la presencia como artista del arquitecto teórico Rem Koolhaas viene a sancionar una continuidad de compromiso con el racionalismo y con la crítica de pasadas bienales o documentas. Sin embargo, no se entiende bien cuál es la presencia de una espectacular nave espacial de la japonesa Mariko Mori, psicodélico aparato de visión de las propias ondas cerebrales en compañía de dos amigos.

En esta equivocidad de sus propuestas, destacan con fuerza singular la intervención de Nikos Navridis, quien con una mera proyección en movimiento sobre el suelo consigue desequilibrar al espectador; la fantástica panameña Donna Conlon, recreando con chapas de colores la estructura gigantesca del perfil de los edificios; la española Cristina García Rodero, con una antología de lo mejor de su trabajo, e, incluso, la irreverente Pilar Albarracín, con su carrera de pasodobles por Madrid.

Acerca de esta doble propuesta, algunos visitantes han formulado la queja de que había en ella demasiado cine -ni siquiera vídeos- y que, amén de la larga duración de muchas de estas vídeo-proyecciones, algunas ni siquiera tenían la cortesía de estar subtituladas, lo que hace, por un lado, de la Bienal una especie de expansión del festival de cine y, por otro, margina al espectador que no pertenezca al International Curatorial System.

De nuevo, Buttiglione.
Para más inri, el ministro de Cultura italiano, el polémico Buttiglione, no ha dejado de expresar en los diversos medios que el arte italiano ha sido marginado en esta Bienal, y que buena parte de las propuestas le recuerdan los años setenta de su juventud, cuando todavía se creía que el comunismo podía cambiar la vida. La respuesta de María Corral ha sido contundente, pidiéndole que no hable de aquello de lo que no sabe, y contrarrestando en su programación el peso del vídeo con la presencia consistente de al menos diez grandes pintores internacionales del prestigio de Hernández Pijuan, Agnes Martín o Philip Guston, y de algunos otros vídeo-artistas que, como Perejaume, no dejan de rendirle un encendido homenaje a la pintura.

Por último, por lo que respecta a los pabellones nacionales, amén de recomendar encarecidamente su visita, lejos de la Disneylandia construida por la ganadora de la Bienal Annette Messager, yo propondría al visitante el impresionante pabellón o, mejor dicho, la montaña construida sobre el pabellón de Austria por Hans Schabus, en cuyo interior es posible tener la experiencia de las Carceri piranesianas, estableciendo una extraña retorsión de nuestras relaciones con la naturaleza paisajística. En una poética diametralmente opuesta, en el pabellón de Israel, un sorprendente Guy Ben Ner se dedica a hacer increíbles esculturas modernas con los muebles de Ikea. Por último, además del pabellón de Inglaterra, con los ya consagrados, pero todavía pertinentes Gilbert and George, y de la psicodélica propuesta de Pipilotti Rist para Suiza en la iglesia de San Stae, me atrevería a recomendar la propuesta del pabellón de Luxemburgo, una película de 36 minutos de duración de Antoine Prum, especialmente dedicada a la teoría crítica de las grandes exposiciones internacionales.

Enviado el 18 de Junio. << Volver a la página principal <<

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