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Junio 18, 2005

La ciudad de la gente - Óscar Alonso Molina

Renviamos reseña de Oscar Antonio Molina originalmente publicada en ABCD las artes y las letras

A la hora de abordar el tema genérico en torno al que gira la presente edición de PHotoEspaña, la ciudad, a muchos ha sorprendido el que uno de sus desarrollos más inmediatos y de mayor éxito en el panorama actual de la disciplina, la fotografía de arquitectura, apenas ocupe protagonismo, marcando claras distancias con esa tendencia de nuestro mercado que le ha dedicado su atención de manera muy sustancial, quizá incluso desproporcionada, sobre todo si pensamos en la asunción mimética y poco imaginativa a que hemos asistido por parte de los propios artistas, impulsados a su vez por inercias comerciales, de toda esa estética neo-objetiva característica de la Escuela de Düsseldorf: Gursky, Höfer, Struth y demás.

La no inclusión de estos nombres de referencia indiscutible en la construcción de nuestros nuevos imaginarios colectivos sobre la metrópoli contemporánea -pero sí, muy intencionalmente, la de sus «mayores» los Becher, cuya posición, implicada con otros aspectos conceptuales, antropológicos y achivístico-documentales les sitúa en un espacio mucho menos unidireccional que la de los pupilos? hemos de entenderla como una de las más polémicas, pero argumentadas -y a la postre, fructíferas- decisiones que desde el comisariado general del festival se han tomado.

Toda urbe se articula más allá de las casas y las calles en sentido estricto, de la arquitectura y el urbanismo; la ciudad es... la gente, pero en sus puntos de encuentro (la plaza, la esquina, el hogar), decisión (el cruce, el despacho), errancia (el callejón sin salida, el paseo)... Nada más, ¡y nada menos! Partiendo de una combativa tesis general semejante, el programa oficial de PHE05 estudia los modos en que, por encima de su organización material, las ciudades de hoy se configuran como espacios complejos y no poco misteriosos, en cuyo seno se producen, provocan o demandan constantemente los más potentes y estimulantes intercambios simbólicos de las culturas, intentando escapar en todo momento al trazado geométrico del poder.

Más que justificado. En tal perspectiva, la ausencia de nombres como los antes echados en falta, con su asepsia distanciada y formalista, su mirada congelada sobre la carcasa de una ciudad cristalina y rígida -presa de su propia imagen-, parece más que justificada: una consciente tendenciosidad programática. Gracias a esta severa toma de posición, al rigor y honestidad de sus razonamientos, el espectador podrá toparse con paralelismos, diálogos o reenvíos tan inusuales y estimulantes como los que se establecen en sendas exposiciones contiguas del Centro Conde Duque: las célebres ciudades de William Klein (Nueva York, 1928), a quien, por cierto, le ha sido concedido el premio de esta octava edición del festival, y el prácticamente desconocido proyecto de la organización británica Mass Observation, dedicada a la investigación social entre 1937 y la década de los cincuenta.

El primero de ellos es un polifacético artista (el interesado en completar la perspectiva sobre él puede acercarse a la Filmoteca Española, donde se proyecta un ciclo dedicado a su cine, mientras que el Reina Sofía ofrece una selección de películas y vídeos suyos, recientes e inéditos en nuestro país), y uno de los nombres más celebres de su generación. Inmerso originalmente en el mundo de la vanguardia plástica parisina- estudió allí pintura con Lothe y Léger-, en la posterior inmersión fotográfica arrastrará buena parte de aquellos recursos formales tan audaces que, por vez primera, serán empleados con sentido experimental en la moda o el reportaje: desenfocados, destellos, barridos, contraluces, dureza de contraste, grano muy grueso, deformaciones, exposición múltiple... ¿Y en cuanto al contenido? Según sus propias palabras: «Pseudoetnografía, parodia y dadá». En efecto, la capacidad de Klein para captar la complejidad urbana, rozando el caos o lo absurdo, se demuestra en los sucesivos acercamientos a París, Moscú, Tokio, Roma, Madrid -inéditas tomas de su primer viaje a España en 1956- y, sobre todo, muy por encima de ellas, Nueva York. Es allí donde Klein encuentra la sintonía perfecta entre su peculiar hacer, volviendo en todo momento «visible» la cámara frente a la supuesta objetividad como ética imperante en otros tiempos, y el pulso de una ciudad que, tras su objetivo, se desplegaba con una risa feroz, mostrando múltiples y contradictorias facetas: «Sin duda, era el mejor y el peor de los tiempos a la vez», llegaría a decir sobre La Gran Manzana de aquellos años.

Desde la escritura. La segunda exposición que nos ocupa es apenas una muestra del variado y vasto archivo documental que sobre la vida en la Gran Bretaña de los años treinta tomaron la iniciativa de reunir un grupo de jóvenes escritores: Tom Harrison, Humphrey Jennings y Charles Madge, interesados los tres en el estudio de la antropología social y el análisis de la vida cotidiana de las clases trabajadoras. Juntos organizaron un equipo de voluntarios de todos los ámbitos que acumuló ingentes cantidades de información visual o escrita, a partir de imágenes, encuestas, informes privados, confesiones, transcripciones de sueños, fantasías anónimas, relatos de trabajo... La distancia entre la Historia y las intrahistorias se evidencia en las tomas seleccionadas, en su mayoría realizadas por el fotógrafo Humphrey Spender, que encarnan el curioso espíritu de la organización, de innegables tintes surrealistas. Todo aquello que en la comedia humana escapa a la consideración deviene aquí indicio, huella, mereciendo ser atendido en función a unos fines nunca esclarecidos por completo. Desde cómo se remansa el agua en los bordes de las calzadas empedradas, a los distintos tipos de miradas que la clase media lanza a los escaparates. Pero antes que una estética de lo infraleve, Mass Observation estimulaba el valor emancipador del detalle o de lo maravilloso invisible: «Lo sórdido y apagado de los hechos de la vida industrial dará paso a nuevos intereses», aseguraban.

Que así sea. Así que aquí tienen dos ofertas bien distintas que confluyen para ampliar nuestra experiencia de una ciudad viva. Pues, aunque es en casas y calles donde acontecen esos intercambios simbólicos que funcionan como los nervios con cada encuentro humano, sucede que, igual que en Ersilia, una de esas ciudades invisibles imaginadas por Italo Calvino: «Para establecer las relaciones que rigen la vida de la ciudad, los habitantes tienden hilos entre los ángulos de las casas, blancos o negros o grises o blanquinegros, según indiquen las relaciones de parentesco, intercambio, autoridad, representación. Cuando los hilos son tantos que ya no se puede pasar ente medio, los habitantes se marchan: las casas se desmoronan y quedan sólo los hilos y los soportes de los hilos». Que así sea.


Enviado el 18 de Junio. << Volver a la página principal <<

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