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Julio 23, 2005
Efecto reflejo - BEA ESPEJO
Sobre la exposición de Rineke Dijkstra en CAIXAFORUM BARCELONA. Originalmente publicado en LA VANGUARDIA
Habla de amor y por tanto de verdades relativas. Es I wanna be with you, la pista número siete del disco que Backstreet Boys sacó hace ahora unos ocho años, más o menos los que debe haber dejado atrás ya Annemiek. Algo tímida y con el gesto vergonzoso, escucha y canta mirando a cámara su canción favorita, esa que, aunque no lo sepamos, seguramente esconde alguna experiencia importante en su vida. Tal vez, algún hecho crucial en una nueva fase emocional. No hay más detalles de ella que los que de por sí la diferencian del resto de las chicas de su edad, ni sentimiento más genuino que el que para ella debe significar esa canción, aunque su preferencia sea común a millones de jóvenes. Es el retrato de las particularidades de una adolescente, pero al mismo tiempo y más allá de lo específico, la muestra de sentimientos mucho más generales. Casi un símbolo de la imagen que uno tiene de sí mismo aunque no sepa ni quién es, ni qué quiere. Aunque su identidad esté en perpetuo cambio.
Aislada en un fondo neutro, Annemiek genera un sentimiento más frágil que lo que aparenta su mirada directa y sincera. Lo muestran también las estudiantes de secundaria que Rineke Dijkstra (Sittard, Países Bajos, 959) fotografió en varios institutos europeos entre 1998 y 2000. No sabemos qué piensan de sí mismas ni cómo se ven, y pese a su ropa y gestos uniformados, dejan ver claramente la necesidad de cada una de ellas por situarse en algún lugar cercano con respecto a las demás, en un intento por lograr una imagen propia a partir de modelos comunes. Esta ligera tensión, la que se deriva entre lo que uno quiere mostrar y lo que muestra sin ser consciente de ello, es la base de muchas de las obras que, por primera vez a modo de retrospectiva, pueden verse de esta reconocida artista estos días en Caixaforum.
Parecen tener un aspecto normal, pero sus retratos, ya sean fotografías o vídeos, esconden algo inquietante, y comol os de August Sander, una distanciada y aparentemente objetiva interpretación de la imagen. Son radicalmente clásicos, con composiciones austeras y los puntos de vista casi idénticos, aunque pese a su sencillez, se intuye una presencia mucho más profunda. De un modo u otro, todos ellos se mueven entre una representación mental de la realidad y lo anecdótico que se pudiera encontrar en ella. Tal cual Annemiek y su canción pop. También, como el carácter abierto de los retratos de Diane Arbus, sus imá-genes parecen dotar a las personas retratadas de un caparazón de dignidad pese a evidentes vergüenzas o reparos. Son, por ejemplo, las fotos de Julie, Tecla o Saskia, las tres desnudas con su primer niño en brazos momentos después de dar a luz. Unas imágenes que lejos de mostrarnos la maternidad como una dulce nube rosa presentan a mujeres que mezclan temeridad y orgullo en un incipiente instinto de protección que quizás ni imaginaban. Son también, los toreros que la artista retrató en Portugal y que muestran ese similar agotamiento y satisfacción, pero esta vez tras una corrida. O incluso es una de las chicas que, vestida sexy para salir un sábado a bailar a The Buzzclub y escondiendo en su minivestido su condición de patizamba, levanta el rostro para enviarnosu na mirada presumida. Unas imágenes que rebotan una compasión excesiva y un voyeurismo radical.
Sus retratos pues, no constituyen ningún ritual de afirmación personal, ni tampoco de ninguna gloria individual. No hay risas, ni excitación, ni dramatismo. Más bien, ante la cámara Rineke Dijkstra muestra personas inseguras y solitarias, la mayoría de las veces, gente de diferentes culturas bajo las mismas circunstancias, como los retratos en la playa que la artista empezó a hacer a niños de diversos contextos y condiciones, buscando poses de cuerpos en transformación, sin apenas dominio sobre los mismos. O como Almerisa, la niña de la antigua Yugoslavia que la artista fotografió cada dos años desde que tiene seis, hasta haberse convertido, con quince, en una chica culturalmente occidental.
Son personas ante cambios en situaciones concretas, frente a momentos en los que entran en nuevas comunidades o ante alguna nueva etapa emocional. Un trabajo que responde al interés de la artista por captar los momentos de transformación de las personas cuando aún resuena en ellas algún acontecimiento importante en sus vidas. Así, como el eco de una canción cuando habla de uno. Cambios que, en definitiva, marcan momentos que conllevan una decisión exclusivamente personal, pero ante los que, ya sea por una maternidad, el servicio militar, por cambiar de clase en el instituto o por salir de fiesta a una disco, no pueden oponerse a una adaptación. Auna disciplina colectiva o una dinámica de grupo. En si, a buscar un equilibrio cruzado entre buscarnos en el otro y definirnos en nosotros mismos. Un ejercicio parecido al que alumnos de 3º y 4º de ESO y Bachillerato han hecho, en ser ellos esta vez, y bajo miradas cruzadas pues, con la exposición y con la artista, los que analizan, opinan y fotografían al otro, es decir, al adulto. Un taller de fotografía que el Servicio Educativo de la Obra Social de "la Caixa" llevó a cabo hace unos meses, y cuyo material y documentación, se presenta también como parte de esta fantástica exposición. Como un retrato más de la adolescencia y sus melodías.
Enviado el 23 de Julio. << Volver a la página principal <<
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