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Julio 10, 2005
El músico del postmodernismo
Reenviamos esta reseña de Eduardo Hojman sobre la película «Naqoyqatsi», de Godfrey Reggio, con música de Philip Glass. Originalmente publicada en | ABCD las artes y las letras |
La década de los ochenta, en la cultura occidental y en especial en aquella liderada por los productos culturales originados o influidos por lo que ocurría en los Estados Unidos, se caracterizó por algo llamado «posmodernismo», una suerte de movimiento o serie indefinible, confusa de actitudes e ideas, que también era atractiva a la hora de explicar, de alguna manera, lo que estaba ocurriendo. Esa época de disolución de las fronteras entre la cultura «seria» o «elevada» y la popular; en que los signos ya no venían necesariamente relacionados con un referente y pasaban a ser dobles y especulares, seducción pura, sin contenido; en que algunos anunciaban alegremente el fin de la historia y otros hablaban de la «simulación», trajo, también -y justamente con las obras creadas bajo el paraguas cultural y mediático del posmodernismo- quizás la última gran explosión creativa del siglo, antes de que las nuevas ideas terminaran hundidas en la tensa y espantada fatiga del fin del milenio. La banda sonora de esa época estuvo conformada, entre otras cosas, por una música llamada «minimalismo» y su representante más mediático y popular fue, al menos durante un tiempo aunque tal vez erróneamente, Philip Glass.
Términos de moda. Claro que el posmodernismo y el minimalismo no son privativos de los 80, pero esa fue la década en que salieron a la luz, y se convirtieron en términos de moda. El minimalismo, un estilo de música clásica nacido, en realidad, a fines de los 70 (término utilizado en 1968 por Michael Nyman) se caracteriza por un énfasis en la armonía más que en la tonalidad, por la reiteración de frases musicales, con variaciones mínimas, sutiles y graduales, cierta quietud, énfasis en la textura, más que en la línea melódica, y, en ocasiones, una instrumentación sucinta. Precisamente, una música ideal para una época que se presentaba como «el fin de la historia». Por otra parte, la hipnótica sencillez de ese espacio sonoro la hicieron inmensamente atractiva y popular para mucha gente que se sentía rechazada por los planteamientos agresivos del serialismo y otras experimentaciones dentro de la música clásica. Hubo un momento en los 80 que, de la mano amable de Philip Glass (y muy a pesar suyo), pareció que todos podían disfrutar, por fin, de una música clásica contemporánea y asequible, y el minimalismo se convirtió en un cálido manto que todo lo cubría y lo influía.
Músicas no occidentales. En realidad, como él mismo se esforzó por aclarar, la música actual de Glass no es minimalista en un sentido muy estricto. Cuando, en París, el director de cine Conrad Roos le encargó transcribir los ragas de Ravi Shankar en notación occidental, Glass descubrió que el concepto de tiempo de la música hindú era completamente distinto al que él conocía, y que debía librarse de las nociones de compás para poder transcribirla. Más tarde, después de recorrer el norte de África, India y el Himalaya para estudiar músicas no occidentales, aplicaría esa liberación de la carga narrativa a su propia obra, componiendo una música circular, repetitiva y táctil, interpretada por su propio Philip Glass Ensemble, en el que también estaba Steve Reich (quien sí se convirtió más tarde en un representante más estricto del minimalismo). Si bien sus piezas se volvieron cada vez menos austeras, más complejas y, por tanto, menos «mínimas», Glass conservó los elementos texturales y no narrativos. Al proveer una banda de sonido amable para una época de disolución de las certezas, sus obras, como las megaóperas Einstein on the Beach, Satyagraha, Akhnaten, sus coqueteos con el rock como en Songs from the liquid days y Low y Heroes (sobre obras de David Bowie) o la excelente compilación Glassworks, se volvieron cada vez más populares e influyeron, a su vez, en subproductos como la ambient music y la espuria new age, lo que hizo que en más de una ocasión se lo caracterizara como autor de «música de ascensores».
Climas magnéticos. La alta calidad textural y paisajística de la música de Glass la hace ideal como banda sonora cinematográfica. Tanto la serie de terror Candyman como The Truman Show, Las horas y Kundun de Scorsese se beneficiaron de sus climas magnéticos e inquietantes. En 1983, Glass inició con Koyaanisqatsi, la película de Godfrey Reggio, una de las colaboraciones más interesantes entre un músico y un director de cine, en la que la música y la imagen forman un todo indisoluble. Con escenas manipuladas, a altísima o cortísima velocidad, el director proponía un elusivo mensaje ecológico (Koyaanisqatsi es un término hopi que significa Vida en desequilibrio) algo superficial y bastante impactante que cobraba otra dimensión gracias a los sonidos, a veces agobiantes y a veces sorprendentes, de Glass. En Powaqqatsi (Vida en transformación, 1988) el mensaje era más esperanzador y la música transmitía esa esperanza con sonidos tribales africanos y suramericanos, lo que la volvía, además mucho más interesante. Ahora, el tándem Glass/Reggio acaba de dar a luz Naqoyqatsi (La vida como guerra), escenas de la belicosa vida actual trabajadas con técnicas digitales.
Naqoyqatsi se presenta hoy en el Barcelona Teatro Musical (dentro del Festival Grec) de una manera muy especial. Así como la misma película pone en cuestión el papel secundario de la música respecto de la imagen, la proyección de Naqoyqatsi con Philip Glass en persona, al frente de su orquesta interpretando in situ la banda sonora, invierte también los términos de pasado y futuro -al remontarse, quizás inconscientemente, a la época del cine mudo, en que un pianista acompañaba las imágenes vacilantes de la pantalla- y promete ser una experiencia sinestésica y trascendente.
Enviado el 10 de Julio. << Volver a la página principal <<
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Comentarios
Excelente, profundo y esclarecedor artículo.
Publicado por: lacart a las Agosto 3, 2005 08:00 PM
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