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Julio 10, 2005
Entrevista con Priscilla Monge
Reenviamos esta entrevista de Javier Díaz-Guardiola con ocasión de su exposición en la Galería Juana de Aizpuru, Madrid. Originalmente publicada en | ABCD las artes y las letras |
Priscilla Monge (San José, 1968) no ha olvidado que la presente edición de PHotoEspaña, en la que se engloba su muestra en Juana de Aizpuru, está dedicada a la ciudad. Por eso, su última serie fotográfica también mira a la urbe, pero desde dentro, desde la intimidad de los hogares. Esa es la razón de que los espejos sean los objetos cotidianos por los que ha optado ahora la artista, nítidas superficies que reflejan lo que somos, lo que tenemos o lo que queremos ver de nosotros mismos. Las piezas se acompañan de algunos de los bodegones en los que lleva trabajando desde hace un par de años, cuyas tazas lanzan también enigmáticos mensajes que inquietan al espectador.
¿Espejos?
Para mí, este instrumento es fascinante. Más que interesarme por su vinculación a la idea del Narciso, desde pequeña me ha intrigado por todas las leyendas a las que se asocia. Yo vivía a las afueras de San José. Allí se oían cosas como que uno no podía asomarse a un espejo de noche, porque se le podía aparecer el diablo, que si se rompían se tenían siete años de mala suerte... Supersticiones que se unen a fábulas -como que la madrastra de Blancanieves hablaba con el suyo- y que yo uno a otras concepciones como los tipos de espejos: Por un lado, están los espejos de las casas humildes, que casi hay que buscarlos, porque se sitúan discretamente en el baño. Por otro, encontramos los de las casas burguesas, que se colocan en todos lados, forrando paredes, como en Versalles. Así se pasa del espejo de la superstición, en el que no te puedes ver, al burgués en el que estás obligado a verte junto a todo aquello que posee su dueño. Así nace esta serie, cuyos espejos no son mudos, sino que lanzan mensajes, de los más egocéntricos a los más crueles. Ésta es una manera de acercarse a la ciudad, pero desde el interior de las viviendas: lo que ocurre en el cuarto, en la sala; lo que le ocurre a uno mismo.
¿Cómo se produce el salto de los bodegones a los espejos, y por qué pueden dialogar en conjunto?
La relación entre ambas series se basa en la tendencia en mi trabajo a la aparición de textos escritos. Los espejos dicen cosas como «Amo mi muerte», lo que deja dudas sobre si son premoniciones o advertencias. Las tazas de los bodegones, por su parte, hacen alusión a los posos del café que se leen para conocer el futuro. Ahí está el punto de unión, en esos textos que hablan del futuro en máximas, como grandes verdades.
En los conjuntos se utilizan sistemáticamente tres palabras con mucha resonancia: amar, morir y vivir. ¿Qué significan para usted?
Puede que suene muy romántica, pero creo que lo que da sentido a la vida, a parte de la vida misma, es que hay muerte, que no es eterna y que tiene un tiempo. Eso significa que ambas partes son igual de importantes. El amor también tiene su importancia, y en mi trabajo tiene un sentido muy trágico, aunque no obvia facetas más irónicas o burlescas.
Algo que caracteriza su obra es su apropiación de objetos cotidianos.
Trabajo mucho con objetos que, sobre todo, me son próximos: las tazas, las toallas sanitarias, los espejos... Cosas que son muy próximas, que puedo encontrar en mi casa; objetos que una crítico de arte calificó de in-significante, porque tampoco remiten a una gran historia, sino que cuentan pequeñas historias que hacen la vida y que se vuelven importantes para cada uno por ser tan simples y tan relacionadas con lo doméstico. Eso hace que cualquier persona se pueda identificar con ellas. Y quizás justamente por eso son instrumentos que suelen pasar desapercibidos.
De manera más general, ¿cuáles son sus intereses como artista?
Han ido variando, igual que varían las obras. Mi trabajo es bastante diverso, y se puede basar tanto en el dibujo, como en el vídeo, las fotos o las instalaciones. Siempre he trabajado a partir de lo que denomino «encuentros», cuestiones que me afectan y me obligan a trasladarlas al arte para comunicarlas. No tengo inconveniente en reconocer que mi trabajo es terapéutico. Yo creo que el arte es un montón de cosas: es una terapia, algo que me ha salvado de la locura, que me ha salvado la vida; algo que me ha permitido decir muchas cosas que en otros ámbitos serían consideradas extrañas. El arte es social, es político...
Y su arte, ¿es todo eso?
Creo que sí. No renuncio a ningún mensaje. Es cierto que hay cosas peligrosas, como que tu trabajo se convierta en un panfleto. No quiero caer en eso, porque supone no sólo etiquetar el trabajo, sino también al espectador.
Un cliché que seguro que le acompaña es el de artista feminista o con una sensibilidad especial hacia lo femenino. ¿Le molesta?
Esa puede ser una de las tantas intenciones. El trabajo tiene mil aristas, y esa puede ser una, por lo que no me siento ni agredida, ni reducida. Lo feminista tiene siempre un sesgo peyorativo, pero no para mí. Tampoco creo que esta temática esté agotada. Yo soy una artista con conciencia social femenina. Soy una mujer, ¿qué le vamos a hacer? Es también consecuencia de trabajar con cosas muy íntimas y muy próximas. He trabajado con compresas. Las compresas son usadas por las mujeres, pero también denotan la presencia de sangre, y la sangre es común a todos.
Aquí presenta fotos, pero técnicamente, su trabajo también es poliédrico.
Es el mensaje el que determina la técnica. Así de simple. Hay cuestiones que dicen más en foto, y otras que te piden del vídeo. Generalmente, cuando quiero engañar mucho, empleo la foto, porque no hay medio más supuestamente «real» que la fotografía.
Su obra destila cierta poética, una belleza que no sé si es fin último.
Pero es que el arte es también belleza. Ésta y el mensaje pueden coincidir, pero no son consustanciales. El arte es belleza, pero no todo lo bello es arte. Hay obras más estéticas que otras, pero lo estético puede funcionar como trampa: uno de mis primeros trabajos se basaba en pequeño lienzos de lino sobre los que bordé sentencias de penas de muerte que se dieron en mi país hasta el siglo XIX. En ese caso, el lirismo era una manera de atraer, pero no hay nada más potente que juntar dos opuestos.
Lo que no puede negar es que es un trabajo cercano, que atrapa. ¿Cómo se consigue eso?
Eso se debe a que parto de cuestiones muy personales y que no creo en las grandes historias. Yo creo en las pequeñas, en las piedras que al final hacen muro. Por eso trabajo con cosas cercanas, muy próximas a cualquiera. La pérdida colectiva de la fe en los grandes cuentos ayuda.
Se cumplen diez años de su primera exposición individual. ¿Qué ha cambiado en usted?
Quizás ahora tengo más seguridad. Cuando uno comienza, anda como probando. Ahora sé lo que quiero decir, aunque te equivoques miles de veces. También ahora soy más respetuosa. Cuando empiezas, crees tener el mundo a tus pies. Para mí hoy por hoy, es igual de importante exhibir en Venecia que en Guatemala. Aunque la gente no se lo crea, yo me tomo con la misma ilusión lo uno y lo otro. En eso se basa también el respeto.
Usted es costarricense. ¿Cree que se percibe igual su trabajo en un lado y otro del Atlántico?
Nadie es profeta en su tierra. Para mí, el de Costa Rica ha sido un camino duro, porque la gente no se ha ido identificando hasta los últimos años con mis mensajes. Sin embargo, en España, desde que vine a exponer por primera vez -fue en ARCO, hacia 1993- la obra fue muy bien acogida. También será una cuestión cultural: aquí puede resultar curioso que una de las penas de muerte de los bordados de los que hablábamos se refiera a que un hombre que mató al amante de su esposa fuera ahorcado, metido en un saco con una víbora, un perro y un gallo, y lanzado a una laguna. Posiblemente, para un español es fantástico, curioso, pero no en Costa Rica, el supuesto país de la neutralidad: ¿La Suiza centroamericana con pena de muerte hasta el siglo XIX?, ¿cómo?, ¿y por qué tú tienes que recordarlo?
¿Cómo afecta esa neutralidad al arte de su país?
Costa Rica, y toda Centroamérica, es un importante caldo de cultivo. Es fácil encontrar a mucha gente joven, con más o menos medios, trabajando. Eso fomenta el trabajo en colectivos, en performances... En Costa Rica, como en Panamá, hay un boom del vídeo. Las conciencias están cambiando y la gente se está lanzando a hacer cosas totalmente diferentes a pintar la típica florecita.
Enviado el 10 de Julio. << Volver a la página principal <<
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