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Julio 08, 2005
La tecnología entra en escena - Fernando Castro Flórez
Reenviado desde abc.es
Desde las visiones del final de Eleusis, donde narcosis, temor ritual y aparición de los fantasmas creaban, al mismo tiempo, lo memorable y aquello que debía ser silenciado, el arte escénico ha querido conseguir el gran impacto, la conmoción, esa mezcla de lo emocionalmente convulsivo con el filo de la reflexión. Sin duda la obra de arte total wagneriana (Gesamtkunstwerk) fue uno de los intentos más arriesgados y, acaso, fallidos, para conseguir que el pueblo quedara atrapado en una escena mítica pero también política, vale decir, dotada de potencialidades subversivas. Aquella estética de la empatía y la plenitud fue duramente criticada en el teatro épico brechtiano, por aquellas interrupciones que mostraban la estructura de la ilusión, esto es, que radicalizaban lo irónico romántico pero sin un impulso simbólico regresivo. Ha sido en el seno de la música, en sus abismos melancólicos y sus armonías eufóricas, donde se han producido maridajes intensos de distintas artes, fusiones e incluso disoluciones.
Algunos momentos señeros de la modernidad son, sin ningún género de dudas, Parade, de Satie, con los decorados de Picasso, aquel culto al eclipse supremático en el que el telón negro de Malevitch daba carpetazo a los delirios utópicos o el Entreacto, de Clair, impulsado por la desmesura de Picabia. El espíritu juguetón y provocador de las vanguardias dio paso, tras el abismo del Holocausto, a una suerte de sospecha con respecto a aquellas totalidades estéticas.
Terrenos fértiles. Queda bastante lejos aquel espíritu del Black Mountain College que sirviera como terreno fértil tanto para los happenings de Allan Kaprow cuanto para los raros encuentros de Cage, Cunningham y Rauschenberg. Al mismo tiempo que se expandía el espacio de lo pictórico y de lo escultórico hacia una acción indeterminada, surgía un deseo de hacer algo juntos, aunque en muchos casos lo que se ponía en escena fuera el encuentro casual de «cosas» realizadas aisladamente que compartían la disciplina temporal (cronómetro en mano) y la atención obstinada a las condiciones espaciales. Aquellas asimetrías transdisciplinares (en realidad, indisciplinadas) junto al nomadismo «fluxus» pueden ser consideradas como parte del cimiento oscilante de lo que hoy llamamos hibridación. Si Rosalind Krauss sacó a colación, con enorme lucidez, el concepto de «escultura en el campo expandido» para referirse a una serie de obras que entraban en relaciones complejas con el paisaje y la arquitectura, puede advertirse que en otras «disciplinas» se han producido significativos desbordamientos. Por ejemplo: la fotografía funciona como sedimento de cualquier experiencia plástica, contaminándose, sin ningún problema con lo pictórico, o asumiendo la condición objetual, mientras la pintura, por su parte, en un momento de lamentable deriva hacia la cursilada y el gusto ultra-mercantil, intenta, en algunos casos, ocupar un espacio instalativo.
Liberarse de etiquetas. Pero no deberíamos perder de vista que los grandes proyectos teatrales de Bob Wilson o las coreografías de Pina Bausch son, en muchos sentidos, contribuciones decisivas de un arte contemporáneo que tendría que liberarse de etiquetas fosilizadoras. Cualquiera que tuviera la afortunada experiencia de asistir a las representaciones de La clase muerta o ¡Qué revienten los artistas!, de Tadeusz Kantor, sabe que ese teatro del amor y la muerte entregaba una intensidad plástica descomunal e incomparable. Aquel suicida en el váter rodante, la abuela en el triciclo, el personaje entrando con la cruz, literalmente, en el sobaco dejan en el lugar de lo fláccido e irrisorio a mucha pintura informal-existencial-pompier. Sabemos que el encuentro y la colaboración entre artistas es frecuente aunque en pocas ocasiones se produce lo que, sin rubor, quiero denominar «el milagro». Un gran pintor o escultor puede hacer una escenografía pésima, completamente arbitraria, bella, como la que hiciera recientemente Bob Wilson o, bajo una buena estrella, puede producir algo extraordinario. Es de justicia recordar la producción escénica magnífica de Eduardo Arroyo que ha afrontado retos como Wozzeck, de Berg, o Aida, de Verdi, y de Jaume Plensa del que ahora se monta La flauta mágica, que ha conseguido establecer con La Fura una relación de extraordinaria complicidad creativa. De la misma forma que en la arquitectura asistimos, en los últimos años, a un deseo por colaborar con artistas plásticos, en el campo coreográfico la hibridación se ha realizado con grandes dosis de riesgo. Si Ismail Ivo, director del festival de danza contemporánea de Venecia, apunta que el cuerpo es el sensor de nuestro tiempo, convulsionado por el terrorismo y miedo histérico en los no-lugares (sea el aeropuerto o el museo), La Ribot se demora (establece una pose, estricta naturaleza muerta) en micro-acontecimientos que tienen algo de instalaciones.
Deconstruir el truco. No hay o, mejor, no puede haber hibridación sin tomar en cuenta el deseo del otro. El narcisismo y la megalomanía, incluso el fetichismo de la «autoría», conducen, habitualmente, al bodrio. Lo raro, la magia, sólo surge cuando deconstruimos el truco, como hiciera, al final de sus días, Houdini o Juan Muñoz en sus inquietantes obras radiofónicas. Lo que nos gustaría es que hubiera algo que pudiera ser llamado «la magia», ese arte del escapismo, que es un prodigio de levedad, capaz de saltar por encima de ese cementerio de automóviles que tanto me obsesiona. Tengo la impresión de que los indisciplinados saben acudir a la cita, generosos, desastrados, inmunes tras haber atravesado la sombra amarga del nihilismo.
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Comentarios
Grandilocuencia es lo que define este articulo, quizás pensada para distraernos del pensamiento profundamente reaccionario subyacente a todo este discurso, pero apenas lo consigue.
¿A donde hemos llegado si se siguen esperando "milagros" sin rubor? Gracias a Dios todavia tenemos sancionadores, elegidos, místicos que nos revelan la verdad (sin el cinismo de Nauman), pero en estos tiempos en los que la experiencia religiosa se busca fuera de los templos religiosos, como en los museos p.e., es normal que los nuevos apóstoles den la buena nueva a través de los suplementos de cultura.
Suplementos que se dedican en exclusiva al aura, aureola que como ya sabemos no es otra cosa sino el oro acuñado por el sistema arte.
Aún así hay un consejo valioso: deconstruyamos el truco... en esta ocasión ha sido demasiado fácil
Publicado por: G. Paris a las Julio 19, 2005 02:17 PM
de acuerdo con ud. amigo g.paris
recuerdo haber compartido comida con castro en barcelona en el club hipico para ser mas exactos y que en esa ocacion le pregunte su opinon sobre PLENSA, la respuesta fue bastante negativa no recuerdo las palabras exactas, solo el mal sabor de boca de escuchar a un señor, hablar mal de uno de los pocos escultores que admiro.
ahora parece que en este articulo le permite ejercer como escenografo....en fin...
Publicado por: JORGE DE MARCO a las Octubre 10, 2005 12:55 PM
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