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Julio 16, 2005

Los "dictadores" de la creación actual - Fernando Castro Flórez

Reenviamos artículo de Fernando Castro. Originalmente publicado en | ABCD las artes y las letras |

En la extensa conversación con Benjamin Buchloh, reproducida en el catálogo de la X Documenta de Kassel, advierten Catherine David y Jean-Francois Chevrier que lo que están buscando es otro modelo histórico de intelectual, tras el intelectual crítico o el ligado a su clase que propugnara Gramsci; aproximan la idea foucaultiana del «intelectual específico», capaz de alterar las férreas disciplinas, al comisario entendido no como manipulador, sino como catalizador de procesos que pone en marcha. «Y la exposición -señala Chevrier- puede ser un collage de estos procesos. Puede dejar de ser un espacio universal para convertirse en espacio de collage y montaje que contenga situaciones elaboradas en una relación de participación con el montador y representador, esto es, el comisario. Es la forma en la que los antropólogos poscoloniales más progresistas describen su actividad». Ante esa tematización, lo único que apunta el autor de Neo-Avantgarde and Culture Industry es que una exposición de Gabriel Orozco en Zúrich le ha interesado sobre manera, dado que ni se enfrentó al sujeto ni al proceso como en los sesenta, sino que cambio la dirección de ambos.

No deja de ser triste que la crítica a la despolitización del arte contemporáneo y la defensa de las diferencias nacionales termine por plegarse cándidamente ante un tipo de comportamiento plástico inocuo, completamente decorativo, perfecto ejemplo de una suerte de parodia fluxus que, en último término, convierte la obra de arte en pretexto para no decir nada, en momento de pseudo-hermetismo pretencioso. Mientras Buchloh descubre la pólvora sin humo (el arte procesual como antídoto del fetichismo de la mercancía), los «verdaderos» comisarios unen el más intenso desprecio a la teoría con la arbitrariedad pompier del decorador marbellí y el cinismo del que maneja con enorme soltura el dinero público.

Sin dar nombres.
No hace falta dar nombres, dado que son sobradamente conocidos los directores de museos o neo-comisarios rampantes que no han escrito nada, o que sólo han manoseado las teclas del ordenador para escribir paridas inmundas. Unos se declaran lisa y llanamente «selectores»; otros apelan al glamour o, descaradamente, al amiguismo como criterios de sus propuestas; los más sabios apuran un gin-tonic y dejan en manos de los mercenarios la labor de «teorizar» lo que ellos han transportado hasta el museo o en los paradisíacos predios del bienalismo. Podemos pensar que hacen bien en no adentrarse en lo que Adorno llamara con toda razón las heladas aguas del concepto. Cuando, con enorme osadía, se encaraman a una tarima y dictan una conferencia (aunque prefieran el género atufador de la mesa redonda), o perpetran la introducción de un catálogo, los estragos que pueden hacer son innumerables. En el libro de Arthur Bloch La ley de Murphy he encontrado dos leyes que vienen al caso: «Ley de Heyman: la mediocridad se reproduce; y Ley de la mentira: No importa la frecuencia con que se demuestre que una mentira es falsa. Siempre habrá cierto porcentaje de gente que cree que es verdad».

Yo para ser feliz...
El cinismo y el arribismo se han extendido por doquier. La traición es el salario del mundo y los jóvenes estudiantes de Historia del Arte ya no quieren ser otra cosa que comisarios, aunque tengan que pasar por la disciplina inglesa y por el servilismo vertiginoso. Los marasmos discursivos sirven para barnizar la incultura y hacer exhibición de que se está en la «pomada». Es necesario meter por donde entré la palabra «deconstrucción», y también mencionar que aquello es «el campo expandido». Si uno se quiere colocar mejor en el corralito puede mencionar algo sobre lo post-colonial y subrayar que la «performatividad del género abre un camino de activismo imprescindible». Importa poco que no se tenga ni pajolera idea de lo que se está diciendo. Lo fundamental es meter baza y, sobre todo, pillar cacho.

Sería quimérico pensar que la teoría impone algo así como el «canon» del arte contemporáneo. Bien es verdad que en las últimas décadas hemos asistido al despliegue de importantes reflexiones como las de Rosalind Krauss sobre el índex fotográfico, o las que hiciera, junto a Yve-Alain Bois en torno al informe, desarrollando pensamiento de Bataille; las lecturas de Owens y Buchloh del «impulso postmoderno»; la tematización del site-specific o de las tensiones en el límite del museo por parte de Crimp, o la honda indagación de Foster sobre lo real en la estela de la retórica lacaniana.

Idiotas ejemplares.
Otras voces, alejadas del núcleo duro de la revista October, como las de Mario Perniola, han propuesto una visión del artista como idiota ejemplar, al mismo tiempo que han defendido una suerte de emplazamiento críptico para la obra de arte, mientras Nicolas Bourriaud ha presentado tanto una estética relacional cuanto una comprensión de las intervenciones de nuestro tiempo como post-producción. En buena medida, todos los teóricos mencionados son comentaristas epigónicos del postestructuralismo, flores raras surgidas a la sombra de la deconstrucción, el esquizoanálisis o el dialogismo; algunos han convertido la tergiversación situacionista en mera «academia». Tras la muerte de Derrida, los pensadores decisivos que restan son Virilio, con su lúcida comprensión de la catástrofe; Baudrillard, capaz de recuperarse de la narcolepsia de la pantalla total; Jameson, con su geopolítica conspiratoria; y Zizek, que ha sabido sacar partido tanto de Lacan cuanto de Hitchcock o David Lynch.

Los pecios teóricos son tratados en el mundo del arte contemporáneo como material para rellenar el sonajero. Por emplear términos pedestres, propios de pescadero, los que cortan el bacalao no son ni los comisarios, ni los directores de museos. Perdón por la perogrullada: los que mandan son, finalmente, los ricos. Basta entrar en el MoMA reformado y ver las salas con los nombres de los propietarios de las obras. Allí se ha arrojado la historia y la teoría del arte a la basura. Da igual que una obra de Gordon Matta-Clark tenga una cartela de un cuadro no expuesto de su padre. Faltaría más. El Museo no es ya, como pretende el atolondrado plan museológico del Reina Sofía, el «templo de la verdad», ni el lugar de la legitimación histórica; antes al contrario: lo que allí se está oficiando es la ceremonia del exhibicionismo, el ritual del lujo narcisista.

Enviado el 16 de Julio. << Volver a la página principal <<

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