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Julio 10, 2005

Los modernos prometeos

Reenviamos reseña de Francisco Carpio sobre la exposición LA TIERRA DESOLLADA en Galería Begoña Malone de Madrid. Originalmente publicada en | ABCD las artes y las letras |

prometeo.jpgJunio de 1816. En los alrededores de Ginebra, en Villa Diodati, todas las noches se produce una singular reunión. Sentados junto al fuego de la chimenea, unos jóvenes tratan de distraer las largas horas de un estío desapacible contándose historias terroríficas de espíritus y aparecidos. No es un grupo de jóvenes cualquiera. Lord Byron, Percy B. Shelley o John William Polidori no son unos jóvenes cualquiera. Junto a ellos, Mary Shelley, por entonces amante del poeta inglés Shelley. De esas veladas nacerá una de las obras angulares -junto al Vampiro de Polidori- de la literatura fantástica, Frankenstein, o El Moderno Prometeo.


Pues bien, como afirma Javier Rubio Nomblot en el catálogo de esta muestra, «el fantasma de Frankenstein planea sobre esta exposición (y no sólo porque la mayoría de los artistas construyen sus historias con retazos de cuerpos)». Un fantasma que, en realidad, no viene sino a certificar la antigua historia del hombre y la
creación, la vieja pugna de amor/odio entre criatura y creador. Construir a base de fragmentos, a base de órganos, huesos y sangre ya nacidos; avivar con el soplo de un hálito vital la arcilla de lo que fue vida antes. Robar la antorcha de fuego a los dioses.

Lo monstruoso como una categoría ética y estética que -extraña y paradójicamente- nos acerca también a lo humano. Podríamos así hacer nuestras las palabras recogidas por Pierre Boaistuau en su libro Histories prodigieuses (1561): «En todas las cosas que pueden ser contempladas bajo la concavidad de los cielos, nada hay que avive más el espíritu, que cautive los sentidos, que provoque una admiración o un temor más grande que los monstruos, los prodigios, las abominaciones por las que vemos invertidas, mutiladas y truncadas las obras de la naturaleza». Es por eso que la presencia -casi nunca soportable- de aquéllos a los que llamamos engendros, fenómenos o monstruos ha desatado siempre una sensación mixta de rechazo (al evidenciar en toda su crudeza la diferencia) y de seducción (ante la fascinante música de los opuestos).

Casi cine. Un similar tipo de seducción es el que ha animado las obras de los seis artistas que integran La tierra desollada, una variada, poliédrica, y bien trabada argumentalmente muestra de fotografía internacional que se articula, pues, en torno a unas nuevas visiones y emulsiones de lo monstruoso, de lo extraño, de lo fragmentario.

Ejemplos todos de un paradigma de fotografía muy narrativa, casi cinematográfica, ubicada en escenarios cuidadosamente dispuestos, cargada de lecturas personales y subjetivas, y de un sesgo decididamente erótico y descarnadamente físico. Los Modernos Prometeos. Una mirada que, por cierto, vendría a situarse justo en el extremo opuesto de esa otra mirada fotográfica, fría, desapasionada y documental, característica de la escuela de Dusseldorf, que encarnan a la perfección Bernd y Hilla Becher.

Así las cosas, Eldon Garnet (Canadá, 1946), el más veterano de todos, escritor, escultor, cineasta y fotógrafo, nos propone una personal escenificación del cuerpo humano, representado como una fragmentaria geografía de carne herida y vulnerada. En cierto modo, sus obras parecen simbolizar los fotogramas detenidos de una desasosegante y misteriosa narración de la que sólo conocemos su mirada sesgada. Las fotos de los hermanos Carlos y Jason Sánchez (Canadá, 1976 y 1981), en mi opinión, demasiado teatrales y un punto artificiosas, componen una suite de escenarios domésticos, cotidianos y familiares, y que aparecen, sin embargo, estigmatizados por algún suceso sangriento, alguna presencia inquietante e inexplicable, que acaban convirtiendo en pesadilla lo que hasta hace un momento parecía un dulce y plácido sueño.

Otras criaturas. Las turbadoras maternidades fotografiadas por Janieta Eyre (Londres, 1966) se pueblan de extrañas criaturas situadas en ambientes un tanto anómalos que, inevitablemente, me hacen recordar la también asfixiante y opresiva atmósfera conseguida por David Lynch en su filme Erasehead. Motohiko Odani (Japón, 1972) escenifica un singular conjunto de «lolitas» mutantes que recrean un universo aparentemente idílico y luminoso. Pero, al observar con un poco más de detenimiento sus cuerpos adolescentes, percibimos en ellos extrañas y leves mutaciones que los convierten en iconos de una ilógica realidad y de un oscuro deseo. Por su parte, Sandra Sue (Inglaterra, 1960) empezó a desarrollar hace unos años un personal bestiario de seres torturados, clónicos y/o fabricados a base de fragmentos y suturas; muy próximos en realidad a la apariencia de la criatura urdida por Mary Shelley. En esta ocasión, continúa taxonomizando ese singular catálogo de aberraciones a base de monocromas imágenes de cabezas heridas y deformadas, como las cartografías de un refinado y sutil horror.

Enviado el 10 de Julio. << Volver a la página principal <<

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