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Julio 13, 2005

Luces sobre la ciudad moderna - XAVIER ANTICH

Reenviamos artículo de Xavier Antich sobre el Libro de los pasajes de Benjamin, cuya traducción ha aparecido recientemente en castellano. Originalmente publicado en el CULTURA|S de LA VANGUARDIA

Igual que Nietzsche antes que él, y que Frederic Jameson después de él, Walter Benjamin mantuvo un feroz combate, sobre todo al final de su vida, frente a la actitud de anticuario tan extendida entre los que se dedican a pensar la historia: esa actitud que, brevemente, consiste en considerar el pasado como pasado, desvinculándolo del presente y encerrado en una especie de mausoleo poblado sólo por muertos y fósiles, perdidos entre códigos cifrados que, con mayor o menor suerte, los historiadores del futuro deberían desentrañar. El sentido de la mirada hacia atrás que caracteriza la perspectiva histórica de Benjamin se define por considerar la mirada al pasado como una forma, quizás la más radical, de interpelar el presente. Para ello, pensaba, claro está, no sirven los métodos tradicionales ni tampoco esa mirada telescópica con la que el tiempo histórico se segmenta en grandes períodos, porque, lo que queda, es tan sólo una disección, una lista más o menos exhaustiva de acontecimientos considerados motores de la historia y, al cabo, generalizaciones acartonadas. De ahí que Benjamin, fascinado siempre por lo minúsculo y anecdótico, por lo olvidado y enterrado en los márgenes de la historia oficial, se aplicara a elaborar una contrahistoria que, a su juicio, debería permitir, por una parte, recuperar en el pasado la carga crítica y emancipadora de episodios menospreciados, y, por otra, articular una mirada capaz de dotar de profundidad histórica a los acontecimientos del presente. Lo escribió, a su modo, en la inmensa obra que comentamos: "Las construcciones de la historia son comparables a instrucciones militares, que acuartelan y acorazan la verdadera vida. Por contra, la anécdota es un levantamiento callejero. La anécdota nos acerca las cosas en el espacio, permite que entren en nuestra vida."

A este objetivo dedicó Benjamin los mayores esfuerzos durante los últimos trece años de su vida: el Libro de los Pasajes, como ha sido traducido -¡por fin!- en castellano, aunque el sentido alemán del título, Passagen-Werk hace más justicia a un proyecto que nacía como obra y, en cierto sentido, como incompleta por definición. Una obra formada heterogéneamente de materiales de muy diversa naturaleza y origen, pero tratados todos, incluso las propias notas originales de Benjamin, de la misma manera: quizás el intento más radical del siglo por desjerarquizar los documentos y las opiniones.En el fondo, se trataba de considerar una determinada época y, con ella, la ciudad que surgió con ella, como texto.

Una teoría del presente
En el Libro de los pasajes, Benjamin pretendía proporcionar los elementos para una teoría del presente, buscando, en la aparición de esta nueva ciudad que surge con los pasajes, ese tránsito en el que se borran las fronteras entre lo íntimo y lo público, lo doméstico y lo urbano. El proyecto, es cierto, nacía en momentos difíciles, los del ascenso del nazismo que estaba promoviendo, en Alemania, la recuperación del pasado como mito: frente a ello, Benjamin intentaba dibujar una presentación de la historia tal que no sólo desmitificara el presente, sino que lo hiciera imposible como mito. De ahí su voluntad de leer el paisaje urbano y los textos generados por él como expresiones de la historia social. Para ello, no se trataba de contar -o de volver a contar de otro modo- cómo fueron las cosas, en ese momento de aparición de los pasajes parisinos, con los que podemos pensar el origen de la gran ciudad moderna, sino, fundamentalmente, de rescatar textos y objetos de su olvido desligándolos de las historias secuenciales y narrativas para que, desde el fragmento, iluminaran, de otro modo, su función en el conjunto total: "Descubrir entonces en el análisis del pequeño momento singular, el cristal del acontecer total".

Y así, en esta obra de un aliento casi épico, atravesada por una difusa pero intensa melancolía de futuro, van sucediéndose citas y comentarios en torno a ese universo fascinante y terrible que surge con los pasajes: el control político, economómico y militar de las reformas urbanísticas, la construcción fantasmagórica de los sueños colectivos, la conversión del deseo en mercancía, la despersonalización del indivualismo todavía romántico en la multitud, el paseo como forma de conocimiento, la nueva mirada, ya propiamente moderna, surgida con los panoramas y la fotografía, las construcciones en hierro y la iluminación urbana…

Y de carpeta en carpeta, mientras iba archivando recortes y notas, Benjamin construía, al mismo tiempo, un complejísimo entramado capaz de arrojar, sobre la ciudad moderna, la luz descarnada y paradójica de su origen. No con una intención meramente genealógica o explicativa, sino, sobre todo, activista, subversiva: ya en el primer fragmento de Dirección única había escrito que "para ser significativa, la eficacia literaria sólo puede surgir del riguroso intercambio entre acción y escritura". Y, también, que "las opiniones son al gigantesco aparato de la vida social lo que el aceite es a las máquinas". Y, así, más allá de los pasajes y más allá incluso del París del siglo XIX, que constituyen el foco temático de la investigación de Benjamin, su todavía hoy enigmática obra legó al futuro un revolucionario cambio de perspectiva. Leer el Libro de los pasajes hoy, cuando el propósito de mitificación del pasado urbano y de remitificación del presente es un propósito internacionalmente generalizado a nivel político y urbanístico, puede convertirse, como mínimo, en un saludable ejercicio de prevención. |

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