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Julio 02, 2005

Obsesión por el tiempo

Reenviamos esta reseña de PEIO AGUIRRE sobre la exposición de Richard Serra eb el Guggenheim de Billbao. Originalmente publicada en LA VANGUARDIA DIGITAL

Dos semanas antes de la inauguración de La materia del tiempo en el Museo Guggenheim, un irlandés me confesaba que sus dos irrepetibles y mágicos momentos ante una obra de arte habían tenido lugar primero frente a un Richard Serra, y más tarde con motivo de una visita al parque Güell de Gaudí. A pesar de las drogas alucinógenas que esta persona pudiera ingerir, la comparación no era baladí, pues ambos artistas han puesto a su manera los regímenes de la ortogonalidad y el equilibrio en peligro.

Pensaba en esto caminando por el interior de las monumentales piezas y reconocía que este simpático irlandés no andaba muy desacertado.

Recorriendo los interminables pasillos de estas formas elípticas, se experimenta el leve escorzo que el cuerpo adopta hacia el lado opuesto de la inclinación de las moles en un gesto instintivo de autoprotección.

La sensación física predomina. Luego está la vista área del conjunto desde un improvisado balcón. Su parte icónica, visual, deleitosa. Entonces empiezas a reflexionar si semejante inversión merece la pena o no. Sin duda, lo que se percibe es similar aun espectáculo.

Como contemplar una docena de buques siendo zarandeados suavemente por el viento en medio del oleaje.

Richard Serra comenta cómo poco después de su anterior exposición en el propio museo, Elipses Torsionadas 1999, vio la posibilidad de finalizar su ciclo escultural de elipses basadas en una cúpula de Borromini consistente en un óvalo cilíndrico girado en su base y en su cuello. Fue entonces cuando recibió el encargo largamente soñado.

Años antes, en su prefacio al libro que documentaba la polémica sobre su pieza Tilted Arc,Serra escribió: "El Gobierno de los Estados Unidos la destruyó el 15 de marzo de 1989. Ejerciendo derechos de propiedad, las autoridades de la Admistración de Servicios Generales ordenó la destrucción de la escultura pública que su propia agencia había encargado años antes".

Quizás por esta futileza de la escultura que el artista pusiera como condición que esta nueva serie diseñada expresamente perdurase como mínimo veinticinco años pues, añade, "no estaba dispuesto a invertir dos años de mi vida en una exposición breve". Este carácter atemporal se presenta como ingrediente clave en cualquier crítica hacia la perennidad de la escultura como monumento. Entramos aquí en una ontología del presente no erosionable (muy al contrario que el acero corten) ante el implacable paso del tiempo. El título escogido, La materia del tiempo, parecería además aportar pequeñas dosis trascendentes. Pero, allí donde el objeto específico minimalista actuaba principalmente en el cerebro, dejando apenas resquicios a los sentidos (allí donde los denominados "fríos sistemáticos" alcanzaban sus cuotas de placer), esta mega-intervención se dirige frontalmente al centro del desorden emocional subjetivo. Los sentidos bajo sospecha.

Es entonces refrescante volverse hacia episodios de la trayectoria de Serra. Splashing 1968, plomo derretido vertido en el límite entre la pared y el suelo. O el documento histórico del artista con máscara protectora arrojando el grisáceo metal licuado. O la mencionada Tilted Arc, instalada en 1981 en una plaza pública de Lower Manhattan con sus casi cien metros de longitud en arco semi-circular. Las quejas de los vecinos y las presiones de las autoridades produjeron uno de los debates más fructíferos sobre la función de una obra de arte.

Más tarde se publicó The Destruction of Tilted Arc: Documents, quizás el volumen más valioso sobre la polémica que rodea el encargo, la concepción, la realización y la consiguiente desmantelación de una escultura en el espacio público. ¿Por qué un gobierno iba a destruir algo de su encargo?

Por ejemplo porque la lógica del tiempo difiere entre estamentos tan poco homogeneizados como son la mente de un artista, los movimientos sociales y las políticas de la administración. Fue en este contexto que Serra pronunciara una de las improntas de la historia del denominado arte site-specific: "Desplazar la obra es destruir la obra". Es decir, la pieza fue construida para el lugar y construida en el lugar, se convirtió en parte del lugar y alteró la naturaleza del lugar. Es relevante traer ahora esta historia del pasado para recuperar el museo como lugar de debate y reflexión. Hasta ahora el discurso sobre el arte en el espacio público se refería a lugares fuera de los límites del museo. Lo que esta exposición viene a colapsar son años de discusión y crítica acerca de la función social de la escultura. Posiblemente la progresiva privatización y parcelación del espacio público que impidiera que Tilted Arc se mantuviera es lo que por otro lado veinte años más tarde hace factible esta nueva intervención gigantesca. La anteriormente denominada sala Fish, en honor a Frank Gehry, pasa a llamarse ahora Arcelor, en honor a la multinacional del metal. Pero Gehry y Serra tienen todavía donde quedar para cenar. Como en CATIA, programa de ordenador utilizado por el arquitecto para el diseño del museo ymás tarde tomado prestado por el artista. |

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