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Julio 03, 2005
PURAS CONJETURAS - Elvia Rosa Castro
(A propósito del IV Salón de Arte Contemporáneo Cubano)
Los salones, las bienales y los grandes eventos que “muestran” lo que suele llamarse arte contemporáneo, hace años han quedado reducidos a lances eminentemente políticos que suelen culminar, incluso, en la propia inauguración. Las instituciones gestoras se aseguran de crear una expectativa en torno a, de lanzar plataformas de visos inclusivos y democráticos y de garantizar un espacio propicio para el intercambio y las relaciones públicas. Un escenario para la negociación de futuras muestras, la mayoría en recintos históricamente caros al arte.
Los salones ya no muestran “lo novedoso” a ultranza, sino aquellas obras que encarnan los juicios teórico-estéticos y socioculturales de los curadores sobre lo que puede ser directriz en su momento. Reflexiones, por supuesto, que se arropan de pretensiones supuestamente inéditas.
Entonces, los salones no muestran lo que realmente está pasando. Enseñan acaso una porción de los que algunos creen que está pasando. De igual modo en que las personas no usan al pie de la letra lo que ven en pasarela, al saber que esta únicamente marca tendencias, el público que se enfrenta a los resultados de un salón debe seguir la misma lógica: el arte no se agota en ellos. Se trata de espectáculos finitos.
En ambos existe un componente hiperbolizado: una tendencia, un discurso…
Con ello quiero decir que si los resultados de un evento como este no son los esperados en sentido positivo, una deducción pesimista acerca del estado actual de la creación artística no estaría bien fundamentada al estar apreciándose sólo un segmento creativo. Igual sucedería en caso contrario.
Al IV Salón de Arte Cubano Contemporáneo asistimos con un pesar que viene acrecentándose por días. El estado actual de la enseñanza artística a todos los niveles, sobre todo superior, que anda abrazando una fase crítica –de deterioro– sin precedentes, el trueque galerístico realizado a nivel ministerial, trayendo como consecuencia la pérdida de un espacio que desde los 60 se debía en cuerpo y alma a la creación más rupturista y reflexiva dentro del arte cubano –Galería Habana – unido a su obligado confinamiento a un edifico con peligros estructurales serios –La Casona–, así como los chascos artísticos y estéticos que últimamente han sido mostrados en la totalidad de las galerías habaneras, se han convertido en datos poco alentadores. Ah!, olvidaba el mercado, al que todos satanizan pero quisieran enrolarse en él.
Todos estos factores caen en el campo de la objetividad, y utilizo el término sabiendo que no existe, pues cada uno de ellos es nuestro producto, solo que de súbito se aleja y luego nos dicta como ajeno. De todas formas, si aceptamos esa convención dual –todo, todito todo es pura convención– puede existir también un elemento subjetivo que de igual manera sustente nuestra apatía.
Siento que soy benévola, pero tal vez nuestro malestar no esté provocado por la creación misma, sino por lo que nosotros aún esperamos de ella. Es muy probable que estemos pensando en términos demasiado pretensiosos, cuando en realidad debemos rumiar sólo en unas cuantas obras. Que el arte llegue a su fin no significa que se agoten las obras de arte, cavilaba Hegel. Ello, por supuesto, es extensivo a las proclamadas crisis: el arte, como un general abstracto, está y estará en crisis; ha llegado a su fin si se quiere. Sin embargo, existen obras que aún siguen interesando: unas al mercado, otras a los patrocinadores de residencias y becas, otras a críticos y curadores. Hay un destino para todo. Hay varios destinos con sus lógicas respectivas, unas salvajes, otras eufemísticas y condicionadas… ¿Qué diferencia existe entre ser subastado y ser becado? ¿No se trata, en última instancia, de un interés del otro hacia tal o cual creador, de un ajeno que aprueba según sus juicios?
No me atrevería a afirmar que es sólo el mercado el culpable de tanta orfandad creativa. Allí donde no hay pensamiento o aristocracia mental puede florecer la banalidad con una rapidez espantosa. Y no sólo son banales las pinturitas, ni las esculturas, ni los grabados. Proliferan los vídeos frívolos, e igual algunos performance. Allí donde los fines no se cuecen con una utopía, nace la impostura. Y esta no se riñe con un género. Hay también, que tontos no somos, “candonga” conceptual y minimal.
Lejos estoy de amagos democráticos, pero lo contemporáneo no consiste en recurrir a tal o cual recurso lingüístico de último momento. Una obra contemporánea es aquella que historiza lo que nos historiza, sea cual fuere su empaque y momento de ser creada.
Y precisamente, una de las nociones que nos historiza es la mutación: eje temático y conceptual sobre el que se afirmó la curaduría del IV Salón de Arte Cubano Contemporáneo. Fue así que sin más elementos, y desconociendo los diversos significados que se le agregaron al término, pensé que al recorrer las salas expositivas iba a toparme con obras esencialmente inmateriales, las que ahora caen en el campo de lo que se denominan Estudios Visuales, y que reclaman un acto de “ver” las piezas diferente a como habíamos estado acostumbrados hasta el presente. Lo que en una ocasión apodé “estética online”. Pues no. El abanico de posibilidades tanto se abrió que el concepto se perdió por extensión. Cualquier obra, facturada por cualquier artista de cualquier generación cabía perfectamente en el salón.
Pero de hecho y paradójicamente, no solo sentí que sobraban piezas y autores. Sospeché que faltaban artistas y obras. Y es que un evento político, cuando convoca, no excluye. El desaire se da a priori: en la no invitación. Y existen quienes merecían estar en detrimento de algunos invitados.
Sin embargo, más allá de estos pormenores que en última instancia responden a criterios muy personales, y del desánimo que anda merodeando entre muchos creadores de valía, una multitud de artistas, en su mayoría jóvenes, se agolpó a la entrada del Centro de Desarrollo de las Artes Visuales para ver qué nos deparaba este IV Salón. Y quiero creer también, para saber qué sucedería en el último reducto que va quedando al arte más experimental, desenfadado y novel. Si el viejo look de esa casona habanera puede soportar aún la parafernalia de los nuevos discursos.
Se trató, creo, de un gesto de reconocimiento en toda su extensión. De esta agua beberemos, que imposiciones mayores hemos burlado. Y la sociología, cuando no se reduce al dato frío que justifica una postura triunfalista, puede revelarnos hasta los más recónditos estados de ánimo…y aspiraciones.
Vórtice dio la bienvenida con sus esculturas segalescas en procesión por la Plaza Vieja sin sorprender a quienes no se pierden una en materia de salones. No resulta estrictamente necesario prolongar un espectáculo que por demás, no es inédito. Para el resto, no pasaba de ahí: show. Los curadores, alertas.
Una vez recorridos los tres recintos expositivos, con una intolerancia que creí perdida por los años y la sensibilidad reinante, tuve la sensación de que había asistido a un salón de tesitura moderada. Faltaban allí el Apolítico de Wilfredo Prieto o Blown away de Lindomar Plasencia. (Ausentes las súper obras –algo típico en eventos internacionales, para estar a tono). Sin embargo, la impresión de un equilibrio –sólo impresión– comenzó a difuminarse al encuentro de Nadie escucha, de Luis Gómez. Lo uno, lo que más vale y brilla, está a punto de eclipsarse, de hacerse únicamente superficie, dermis, sin que alguien repare en su autoridad y su pérdida. Sólo queda la metáfora de su existencia: la virtualidad. Es por ello que Nadie escucha encontró el soporte perfecto en una página abierta de Internet: frágil, diluyente, de acceso “masivo” y hasta prosaico.
En un aparte de sus conocidas incursiones, José Ángel Toirac acudió al vídeo para recordarnos que hay un poema –casi himno– titulado Tengo. Solo que esta vez los paradigmáticos versos de Nicolás Guillén se nos revelaban en un sistema sígnico que los hacían más incomprensibles aún: en el lenguaje para sordos e hipoacústicos. No deja de ser cruel el acto que te obliga a reconocer la virtualidad del paradigma. Aquí radica, creo, la aplastante verdad de un gesto que, ojo, está lindando lo chota. Más no es eso lo que más me llama la atención de esta pieza: si recordamos La historia me absolverá, serie de fotos en braille que Ricardo G. Elías presentó en el pasado salón, vemos que el principio es el mismo: dos textos de autoridad comunicados en lenguajes para discapacitados.
Y no me extraña, ni incomoda, sabiendo que ambos creadores han trabajado juntos. Siempre pienso que exprimir una problemática hasta que no de más es más difícil que sembrar en tierra virgen y fértil. Fue el de Elías un resultado superior estéticamente hablando, mientras que el soporte del vídeo –es innegable, ya lo dijo McLuhan, “el medio es el mensaje”– coloca a Toirac y su obra entre lo mejor de este salón.
Similar resulta la propuesta de Fernandito Rodríguez. Me refiero a la operatoria: sacar lasca. Estirar y lograr nuevos contenidos en soportes frescos. Ya en Puramente formal, Francisco de la Cal había perdido toda la ingenuidad. Qué digo ingenuidad, lo había perdido todo en virtud de su multiplicación, de su homologación. Había dejado de ser él perdiendo su identidad. Es la historia de Francisco de la Cal el drama del ser contemporáneo, que no se rebela, no se resiste a convertirse en hombre-masa, y el zíper, un elemento asociado al consumo, a lo irracional y por demás agigantado en una pantalla de vídeo, resultó la solución genial. Ahora su personaje es una mercancía pulcra, sofisticada y administrada. Una mercancía contemporánea. ¿Acaso no lo somos todos? ¿Acaso no hemos dejado de hacernos hasta preguntas?
“Ay de ti, ay de mí, ay de las ideas en que un día creí. Los maestros en la escuela siempre hablaban del amor y la esperanza”. Este fragmento de una canción de Alejandro Gutiérrez reconoce la futilidad de aquellos valores que Francisco de la Cal defendía. Pero no me asalta la letra de Alejandro por Unir-separar –“como digo una co, digo la o”, le sobra el título. Lo que se sabe ni se dice ni se pregunta. El recuerdo de la canción se presentó cuando entré al cuarto oscuro donde estaba instalada Holograma, instalación de Duvier del Dago que forma parte de una serie más ambiciosa: Teoría y práctica.
Se trata de la primera vez que Duvier debuta en solitario con una propuesta que no solo convence –pálido y resbaladizo verbo– sino que impacta. Imágenes de nuestra historia cotidiana y revolucionaria que fueron tratadas en sepia, produciendo una apariencia desgastada y lejana, son constantemente inquiridas por un cráneo esperpéntico, para colmo levemente iluminado. Duvier logró establecer así uno de los diálogos más agónicos –excluyo el significado griego– entre realidad y utopía. Dualidad que en su obra se muestra tautológica: el vídeo es el espejo del cráneo y viceversa. Una conversación que ni siquiera puede darse el lujo de ser sofista: el peso de la muerte no se elude con ardides de retórica.
O puede que sí, si tenemos en cuenta que la muerte es también una construcción simbólica. Somos capaces de inventarnos un enemigo, cualquiera, y arremeter contra él con toda la furia provocada por una creencia y norma –“todo cubano debe saber tirar y tirar bien”– o la gracia que se desprende de un simple divertimento: natural born killer. La paranoia no posee lógica ni diana fija. La emprendes contra quien tú crees que es tu enemigo, aunque este ni te conozca, como suele acontecer.
Paulatinamente, lo único que no está en la mirilla es uno mismo: el resto se va sustituyendo en un orden arbitrario e injustificado. Un desorden, como sucede con el pensamiento del “aquí” y el “ahora”.
Ernesto Oroza, acucioso investigador de la estética provisional, y de quien el Gabinete Ordo Amoris es eterno deudor, logró adquirir en un campo de tiro de la SEPMI –Sociedad de Educación Patriótico Militar– toda una retahíla de objetos –muñecas, latas de cerveza…– que constituyen el blanco de aquellos que desean probar puntería. Objetos cuya presencia allí es azarosa, accidental, temporal y de connotaciones ajenas, precisamente por ello se vuelven provisorios, y en consecuencia inocentes, despojados de toda culpa. Por lo que el registro en vídeo de los proyectiles incrustados en ellos delata un acto en extremo morboso y distraído. Sé feliz, bolero de Descemer Bueno en voz de Fernando Álvarez vino a colmar de perfección la pieza de Oroza, Enemigo provisional.
Luego de ir y venir por ella, queda una certeza: la falacia y construcción de los enemigos. Quien realmente lo es merodea sin ser inquirido: el pensamiento provisional.
El segmento de la Fototeca de Cuba donde se podía disfrutar y/o sufrir la pieza de Oroza creo fue el más coherente y “redondo” del salón. Las fotografías de Cañibano, de Nelson y Liudmila y de Ricardo G. Elías mostraron la suficiencia del soporte desde una humildad cauta y responsable. Este último, con la serie El azúcar produce amargura resume el drama de una nación que se fundó alrededor de lo que es hoy, una memoria actual del subdesarrollo: el ingenio o central azucarero. El artista enfoca diferentes centrales del país en su estado actual –Mal tiempo, Esperanza…– pero no se trata de imágenes nostálgicas, en todo caso el deterioro va más allá del desgaste físico que, mirándolo fríamente, puede ser hasta lógico: algo finito siempre se agota. La cuestión se centra en lo intangible, en lo que no se ve: el descentramiento de miles de vidas, la pérdida de su referencia. La no-vida.
Como un recurso aleatorio, Raúl Cordero también apeló a la fotografía, además del vídeo y los apuntes, tras el propósito de documentar un proceso calculado: la vigilancia mutua que se da entre los seres humanos, esta vez tomando como escenario un sitio que le aporta cierta dosis autobiográfica: la ventana de su cuarto y un lateral de la casa vecina –arbusto mediante– con la pérdida respectiva de toda privacidad. Pieza de vigilancia se erige en una arqueología del control, tema que en los setenta alcanzó la cima teórica con el pensamiento de Michel Foucault.
A simple vista, la propuesta de Cordero parece un ejercicio, o de principiante o, al contrario, de alguien que lo ha mostrado todo. Sin embargo, basta con hurgar tras la aparente simpleza. Está enseñándonos que se trata de una guerra de todos contra todos, parafraseando al pensador francés.
En Cuba, el argot ha contaminado prácticamente todos los estratos y jerarquías para bien y para mal, por supuesto. Estar en candela, o en llama, por ejemplo, puede significar que algo está malo o pésimo. Así nos muestra Alexis Martínez Benavides la opinión, que sabemos escasísima en nuestros días. Reconocemos allí que “estar sentado no significa participar”, como escribió El zorzal de Meneses. El vocablo “opinión” es escrito en el aire con la ayuda de cocteles molotov –atentado a la palabra–, logrando un efecto lumínico que puede funcionar a manera de graffiti aéreo con la saga de un anuncio publicitario. Había muy pocas piezas bellas en la muestra y Lumínicos era una de ellas. Como Alarma, de Alexandra Arrechea, facturada con con un cuidado obsesivo, aunque el vídeo no esté resuelto del todo.
Hasta aquí llega mi salón, al que le sumo el placer de tres colaterales: DJ Pluvio regresa, Paganini presenta, de Ezequiel Suárez, SOLUCIÓN(ES) de Osmany Torres y la colectiva Pintura húmeda.
Es el IV Salón… un evento que se coloca en la antípoda del realizado en 1995. Y con esto no quiero significar si para bien o para mal. Sólo diagnostico. La narración ha sido expulsada de los predios del arte más avantgarde. Y lo interesante es que las mejores obras siguen sosteniendo un discurso crítico que las acerca de manera oblicua a lo que se denominó “nuevo arte cubano”, pero con un look, una visualidad diferente. Menos instruida, y paradójicamente más sintética.
El arte cubano hecho por los más inquietos ha cambiado. Desde Con un pensar abstraído y CD-Room, a principios de este milenio, sabíamos que el arte insular presentado como el contemporáneo ya no sería igual.
El Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, con todos los desperfectos a nivel de conservación e interiores decimonónicos, sin ser el espacio ideal para esta nueva oleada, desde ya va a tener que vérselas, práctica e inevitablemente solo, con los nuevos discursos, aunque no sea el “continente” propicio.
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NOTAS
1. Los datos estadísticos públicos indican que a Galería Habana le va muy bien en materia de ventas pero el costo cultural que tal cambio supone es más alto que un número rodeado de seis ceros –si es que su gestión diera para eso. Históricamente, amén de sus pininos comerciales, esa galería, dentro del circuito comercial, aún constituía “la excepción cultural” dentro del arte cubano. Nadie se deje llevar por lo cantos de la tecnocracia: fuera ha quedado toda una tradición de arte joven y experimental. Fuera ha quedado lo que una vez se llamó “nuevo arte cubano”. Y, por supuesto, fuera se quedó un público también de mirada inquieta.
2. Acudo a una paráfrasis del título de la instalación de Walter Ernesto Velázquez, De esta agua beberás.
Enviado el 03 de Julio. << Volver a la página principal <<
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