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Agosto 06, 2005
Bloom, el poder de la lectura - Alfonso Armada
Reenviamos entrevista con Harold Bloom, a propósito de la reciente publicación de su "¿Dónde se encuentra la sabiduría?". Originalmente publicada en ABCD las artes y las letras |

La ronda de la muerte le ha hecho al polígrafo Harold Bloom (Nueva York, 1930) recapitular sobre la pasión que ha llenado su existencia: la literatura. En ¿Dónde se encuentra la sabiduría?, el profesor de Yale, crítico y ensayista, padre de un controvertido canon literario donde el predominio anglosajón es indiscutible, compagina sin embargo su fervor por Shakespeare con una innegable devoción cervantina. Tras sortear los achaques de un corazón que se reveló más atribulado de lo que esperaba, Bloom tiró a la papelera el manuscrito en el que andaba enzarzado y se embarcó en la escritura de una obra ambiciosa y útil, un libro con el que volver a visitar el inmarcesible resplandor de la literatura bajo la hipótesis de la sabiduría, una sabiduría que ni habrá de derrotar a la muerte ni habrá de hacer la última hora más llevadera, pero una sabiduría que acaso atine a desasnar una época -a juicio de Bloom- deplorable, sobre todo en Estados Unidos, donde cada vez que se encuentra con su presidente en la televisión no puede dejar de pensar en Benito Mussolini. Desde Job a San Agustín, pasando por Homero, Platón, Shakespeare, Cervantes, Montaigne, Freud y Proust, el recorrido de Bloom por algunas de las más excelsas figuras del género humano es una invitación a leer y a volver a leer, aunque saber más no le ha hecho, confiesa, más feliz. Bloom, que lamenta la degradación del pensamiento en una época laminada por las pantallas, insiste en que la memoria es imprescindible para poder pensar: «El pensamiento no es posible sin memoria».
Reconoce en ¿Dónde se encuentra la sabiduría? que lo que verdaderamente busca Don Quijote no se puede saber y que los verdaderos motivos de Hamlet no pueden ser conocidos. Es una humilde admisión, ¿pero también un reconocimiento de la complejidad de ambos personajes?
Ambos son ciertamente dos de las figuras de toda la literatura occidental que sólo estás en disposición de comprender si adoptas centenares de perspectivas. Hay más hamlets en Hamlet que actores capaces de representarlo, y en el mismo sentido hay más quijotes en Don Quijote de los que te puedas imaginar. Hay muchas películas sobre Don Quijote y ninguna ha conseguido atraparlo. Estos personajes desafían cualquier intento de reduccionismo. No son ni filósofos ni científicos. La filosofía y la ciencia pueden aceptar el reduccionismo porque está en su naturaleza, intentan llegar a una conclusión concreta. Pero no hay fórmulas para llegar a entenderlos.
En su libro dice: «Vuelvo a mi pregunta inicial: cuál es el objetivo del sufriente caballero. Él está en guerra contra el principio de realidad de Freud, quien acepta la necesidad de la muerte. Pero no es ni un bufón ni un loco, y su visión siempre es al menos doble: ve lo que nosotros vemos, pero al mismo tiempo ve algo más, una posible gloria que desea alcanzar, o al menos compartir». Cervantes y sus personajes parecen «agudamente conscientes de que la ficción ha alterado el orden de la realidad». ¿Dónde está usted respecto a esto? ¿No es este libro un intento de aceptar la necesidad de morir, pero algo más?
Su pregunta es muy difícil. Yo no he pretendido nunca quebrar el orden de la realidad, pero es cierto que Cervantes se sentía muy satisfecho de haber alterado el orden de la realidad, y es muy interesante porque en cierto sentido puedes decir acerca de cualquier discurso que al menos es un juego, lo que Wittgenstein dice de la filosofía, que es un juego de palabras, que todo es una metáfora excepto en el juego mismo, donde hay unas reglas establecidas. De tal forma que de una manera muy complicada, imponiéndole un orden de juego sobre la propia realidad, y quebrando las reglas de la realidad, Don Quijote no se aleja de ella en las alas de la metáfora. La metáfora pertenece a Lope de Vega, a Ginés de Pasamonte (el galeote) desdoblado más tarde como Maese Pedro y a su teatro de marionetas. Cervantes y Lope debían de conocerse bien, aunque seguramente no se gustaban en absoluto.
No sé si conoce esa teoría defendida por un profesor de literatura española afincado en Estados Unidos, José Luis Madrigal, acerca de quién se esconde detrás del autor del Quijote de Avellaneda.
¿Es Lope de Vega?
No, él cree que es Tirso de Molina, que era un buen amigo de Lope de Vega y sale en su defensa.
Ah, un gran amigo, y un destacado dramaturgo, como el propio Lope. Porque Cervantes nunca fue un gran escritor de comedias. Es una teoría fascinante. Creo que Lope debía de sentirse muy molesto del tardío triunfo de Cervantes y del libro que encantaría al mundo. Porque Lope enseguida conoció la fama y sus obras fueron traducidas al inglés. Pero también la primera parte del Quijote fue pronto traducida, y es seguro que Shakespeare la conoció, porque sabemos que colaboró con John Fletcher en la escritura de una obra titulada Cardenio, basada en el Quijote, aunque nunca se ha encontrado. Al final, el verdadero triunfo de Cervantes y Shakespeare es que lo conocieron incluso en su propio tiempo. A pesar de las dificultades que arrostraron, ambos conocieron el éxito, en el caso del primero con los lectores, en el segundo con el público que asistía a las representaciones de sus obras. El mismo día que la primera parte del Quijote fue publicada es el mismo día en que Shakespeare y su compañía ponen en escena por primera vez en Londres El rey Lear.
¿Y murieron el mismo día?
Murieron el mismo día, pero según calendarios distintos. El que fuera un gran amigo mío, el novelista británico Anthony Burgess, escribió en su última etapa un precioso cuento sobre un hipotético encuentro entre Cervantes y Shakespeare, algo que nunca ocurrió. Tras la firma de la paz entre España e Inglaterra, la compañía de Shakespeare acude a una ciudad del norte de España para representar una de sus piezas. El autor de Hamlet y el de Don Quijote se ven las caras, pero no hay química entre ellos: Shakespeare intentó que se hicieran amigos, pero Cervantes no mostró el menor interés. Es un cuento muy divertido. Tanto Hamlet como Don Quijote son dos personajes que siempre he sentido muy cercanos. Don Quijote es como Hamlet, Sancho es como Falstaff.
¿Qué es lo que la literatura nos enseña? ¿Tenemos que volver a Cervantes y a Shakespeare para aprender a hablar, para saber cómo pensar, cómo escuchar a los otros, cómo estar abiertos para poder ser convencidos?
En la pura teoría literaria, la única diferencia entre un escritor y otro no sería de clase, sino de categoría. Pero a veces una diferencia de categoría puede ser tan grande que pragmáticamente se acaba convirtiendo en una diferencia de clase. Y al final leer a Cervantes y a Shakespeare pragmáticamente tiene el efecto de que lo que estás leyendo es del todo diferente en cuanto a su clase que cualquier otra cosa que puedas leer, aunque se trate de Homero, la Biblia o Dante. Uno de los mejores analistas de Shakespeare, William Hazlitt, dijo en una ocasión que un Hamlet es lo que nosotros somos, hamlets, y yo he admitido más de una vez que me sentía como sir John Falstaff. Por eso mismo creo que en cierto sentido leemos a Cervantes porque nosotros somos el caballero y Sancho Panza, y por algo que he repetido más de una vez en las aulas y por escrito, y también en este libro: la diferencia definitiva entre Shakespeare y Cervantes. En Shakespeare sus personajes hablan de forma gloriosa, despliegan unos soliloquios tan incomparables que me atrevería a decir que en Shakespeare nadie se toma la molestia de atender a lo que el otro dice, nos enseña a hablarnos a nosotros mismos, pero no cómo hablar a los otros, todo el mundo está preocupado por sí mismo. El efecto de esto en el mundo anglosajón ha sido enorme: creo que la mayoría no presta atención a nadie. Por el contrario, y al margen de lo que Cervantes finalmente represente, lo que me fascina de él es que ha sido capaz de crear dos personajes de la literatura que verdaderamente se escuchan el uno al otro, y son el caballero y Sancho. Cada uno presta absoluta atención a lo que el otro dice, y aunque se peleen, aunque no estén de acuerdo, vemos a dos auténticos personajes que verdaderamente se educan el uno al otro. No hay ningún lugar en Shakespeare en el que puedas encontrar un personaje que se dirija a otro y al mismo tiempo le eduque. Es una enorme diferencia. Me parece que lo que Cervantes nos enseña es cuán difícil resulta escuchar verdaderamente a otro, y al mismo tiempo cuán importante es tratar de entender al otro. Sus personajes no son solipsistas: Sancho y Don Quijote aceptan la realidad del otro, y eso me parece muy hermoso. Creo que ése es el verdadero valor del libro. Lo que Shakespeare por su parte nos enseña es algo mucho más inquietante, cómo resulta virtualmente imposible amar de verdad a otro, cuán difícil es escuchar de verdad a alguien, cómo la amistad es quizá una ilusión. Y sin embargo la amistad entre el caballero y su escudero no es una ilusión, es auténtica.
Recuerda en su libro una de las más famosas frases de Montaigne, «¿Qué es lo que sé?». Y dice de Sancho, Don Quijote y Hamlet que se conocen a sí mismos mucho mejor de lo que nosotros nos conocemos a nosotros mismos. ¿Es ¿Dónde se encuentra la sabiduría? una especie de socrática pesquisa en nuestro tiempo bajo los auspicios de Job?
En cierto sentido creo que es lo que es, y lo que muchos críticos estadounidenses no han acertado a ver. Hamlet se entiende a sí mismo muy bien, pero no se toma la molestia de explicarse ante nosotros. El caballero y Sancho se entienden el uno al otro muy bien, pero el escudero está casi siempre demasiado ocupado para dar explicaciones, y el caballero desdeña las explicaciones: él está por encima y más allá de ellas. Si conoces un poco de Shakespeare y un poco de Cervantes puedes pensar que tal vez ellos representan lo máximo a lo que los seres humanos pueden aspirar.
Usted asegura que San Agustín inventó la lectura y es además el más profundo teórico de la memoria, pero en su caso -el de Harold Bloom- no se trata de encontrar a Cristo, sino de crear, mediante la lectura, «memoria autobiográfica, en la cual la propia vida se convierte en el texto».
Lo que está verdaderamente mal en Estados Unidos es que no parecen darse cuenta de que el pensamiento no es posible sin memoria, y el pensamiento claro es necesario para que la democracia pueda florecer. Por eso resulta tan dramático el momento que padecemos aquí respecto al uso que la gente hace de la memoria. ¿Qué es lo que va a recordar? ¿Va a recordar a Shakespeare y Cervantes, o va a recordar basura? Si vas a recordar a Stephen King y J. K. Rowling, entonces es como no tener nada en la cabeza, no vas a conseguir más que espacio vacío.
«La lectura por sí sola no nos salva ni nos hace más sabios, pero sin ella nos deslizamos en una suerte de muerte-en-vida como la estúpida cuesta abajo hacia la que Estados Unidos dirige el mundo, como en otros muchos campos». ¿Es su libro un llamamiento a la lectura, a leer bien, a pensar?
Sí, supongo que es una forma de verlo, un lamento desesperado, para hallar una salida para un país que está destruyendo la educación humanística, que es lo que está sucediendo en el mundo de habla inglesa y quizá en el mundo occidental. Es un amenaza para la supervivencia de la democracia. Aquí en Estados Unidos la gente utiliza tan mal su pensamiento que incluso actúa en contra de sus propios intereses económicos votando por Benito [Bloom dice que cada vez que ve a George W. Bush en televisión siempre le recuerda a Benito Mussolini]. Si pudieran recordar a Don Quijote y a Sancho, a Hamlet y a Falstaff, acaso habría una esperanza. Me siento intrigado por lo que pueda ocurrir cuando salga mi próximo libro, Jesús y Yavé. Pero le contaré algo que decidí dejar fuera del texto, porque pensaba que sin ello ya iba a suscitar suficiente rechazo. En los años treinta había en Texas una gobernadora demócrata muy escorada a la derecha, Miriam «Ma» Ferguson. Cuando juró su cargo prometió que ninguna institución estatal, desde las escuelas primarias a la Universidad de Texas en Houston, estaría autorizada a enseñar ningún idioma extranjero, ni siquiera el español, porque, dijo... «si el inglés era lo bastante bueno para Jesús... supongo que será lo bastante bueno para nosotros». Es una de las frases más americanas jamás pronunciadas en este país. Creo que la inmensa mayoría de los estadounidenses cree que Jesús era un americano, incluido Benito, quien ha anunciado que Jesús es su filósofo favorito.
Enviado el 06 de Agosto. << Volver a la página principal <<
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