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Agosto 06, 2005

Dentro de la máquina de significados - José Manuel Costa

Reenviamos reseña de OPEN SYSTEMS. RETHINKING ART C. 1970, Tate Modern, Londres. Originalmente publicada en | ABCD las artes y las letras |

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¿Cómo interpretar esta exposición: como el testimonio de una victoria pírrica o como una gloriosa derrota? En todo caso, se trata de recapitular los primeros años de la década de los setenta en las artes plásticas, uno de esos raros momentos en los que se produce un cambio sísmico en lo cultural, lo científico, lo técnico...

El programa declarado de los veinticinco artistas reunidos en la Tate Modern consistía en provocar ese cambio de paradigma retomando -bien de forma directa, bien a través de Robert Rauschenberg o John Cage- las ideas expuestas por Marcel Duchamp a principios de siglo. Se trataba de superar cuestiones tales como el formalismo, lo autorreferencial (sustituido por lo auto-reflexivo), cualquier consideración estética o expresión subjetiva. También se negaban categorías como gran y pequeño arte, o los mecanismos institucionales de validación cultural, y se propugnaba la desmaterialización de la obra artística. En su versión más extrema y discutida, el conceptual de Robert Kosuth (no presente aquí): «Arte como Idea».

Hoy, treinta años después, nos llega esta exposición, menos histórica y exhaustiva que programática y ejemplar. Una invitación a preguntarse si aquellos momentos fueron de verdad decisivos. Si triunfaron, por usar una palabra poco bélica. Open Systems (nombre tomado de Valie Export), se abre con Cubos, si no el más simple, al menos el más fácilmente mensurable y construible de los volúmenes.

La diferencia al cubo. Hay cubos desnudos como los de Donald Judd (1928-94); social-científicos, como el Hans Haacke; políticos, como el de Cildo Meireles (1948); misteriosos, como el de Eva Hesse (1936-1970); convertidos en arquitectura, como la Medida de Habitación de Mel Bochner (1940). En teoría, estos objetos puede hacerlos cualquiera: la idea sería lo importante; la fisicidad un producto colateral. Pero tantos años después, algo ha variado en su apariencia. Estos cubos son ahora «obras maestras», mostradas una y otra vez en grandes exposiciones, y nos llegan cargados de un «aura» muy prebenjaminiana y estética.

Otro centro de atención es el cuerpo y las «construcciones psicológicas del propio ser», donde la obra es apenas una documentación de lo que sucedió y que fue tan único e irrepetible como un dripping de Pollock. Son el fascinante baile en torno a un cuadrado de Bruce Nauman (1941) o el Muybrige, de Sol Lewitt (1928). Pero hoy la línea de una milla de Richard Long (1945) es algo más que un documento; es un objeto casi nostálgico. Como las caídas de Bas Jan Ader (1942-75); como las reflexiones sobre el sexo y lo social de Lygia Clark (1941) o Valie Export (1940), o sobre el sexo y el color de Adrian Piper (1948). En su momento, estas fotos y vídeos tuvieron un papel revolucionario. Hoy son como incunables de aquellas performances, algo histórico, fijado y sellado en el tiempo.

Tendríamos asimismo la «apropiación» de sistemas enteros. Entre ellos, y de forma destacada, del mundo del consumo y de la misma institución museística, atacada de forma especialmente virulenta en el caso de Shapolsky et al, la brutal crítica a la especulación inmobiliaria de Hans Haacke. Pero también los Brillos de Andy Warhol; los «proyectos urbanos», de Anarchitecture; el Jardín de Invierno, de Marcel Broodthaers (1924-75) o los 48 Retratos, de Richter (1932), todas ellas obras clásicas de la «crítica institucional».

El último acto de rebeldía. Queda la mirada poética en medio de tanto raciocinio. Los ejemplos son el Mapa de Alighiero e Boetti (1940-1994); el viaje en dibujos de Ilyia Kabakov (1933); los poemas métricos de Robert Filliou (1926-1987). En realidad, casi todas la obras presentes nacieron tan cargadas de utopía (hoy podemos valorarlo) que emanan un espíritu definitivamente romántico. Este es el último acto de rebeldía de una ideología rebelde, pero ya irremisiblemente acomodada.

Un arte definido por el despojamiento y la negación nació contradictoriamente dependiente de las instituciones. Tal vez es que esta generación, tan importante y definitoria, llegó hasta donde podía: las puertas del museo, pero sin atreverse a salir de él. Su triunfo es que hoy contemplamos cualquier cuadro de cualquier época en cualquier museo como la «máquina de significados» de la que habló Octavio Paz. Mucho de lo expuesto conserva parte de su carga y sentido, pero sus aristas se han ido desgastando. Los frentes han avanzado. Están fuera...

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