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Agosto 06, 2005

¿Dónde se encuentra la sabiduría? - José María Pozuelo Yvancos

Reenviamos reseña de ¿DÓNDE SE ENCUENTRA LA SABIDURÍA?, de Harold Bloom, Taurus. Originalmente publicada en | ABCD las artes y las letras |

Harold Bloom es uno de los pocos críticos literarios norteamericanos que ha conseguido convertirse en un personaje socialmente relevante. De hecho, la concesión reciente del Premio Cataluña a su obra o a su persona (parecen en un punto indistinguibles) muestra bien lo que digo; muy pocos scholars (críticos académicos) consiguen traspasar el tímido, reducido y, no nos engañemos, siempre «pequeño mundo» (así lo llamó David Lodge) del aula universitaria para convertirse en un fenómeno social, entrevistado por la Prensa, con apariciones en televisión y con intervenciones allá donde va. Y hablando tan sólo de literatura y de sus benefactores efectos, como en su último libro traducido, pero también para arremeter contra la political correctness académica, dominada por los cultural studies. Para conseguir esto hay que ser un poco excéntrico, bastante polémico, y a la postre un crítico incómodo, porque nadie que no pertenezca al pequeño mundo universitario se detiene a mirar qué pasa en un Departamento entre los viejos y los nuevos profesores, y mucho menos se detiene nadie a considerar qué pasa con la hegemonía del viejo poeta y su influencia sobre el joven.

«Canon occidental». Si Bloom no hubiera publicado en 1995 su Canon occidental, pasaría por España o Francia, lo recogería en el aeropuerto el colega que lo ha invitado, daría su conferencia a unos cuantos alumnos de inglés, y fin de la estancia. Es decir, pasaría tan inadvertido como pasan los cientos de profesores, algunos de talla no menor que la suya, que visitan las universidades europeas. Sin pena, pero con poca gloria.

Y nos detenemos sin embargo a escuchar qué dice Bloom, incluso quienes no pertenecen a esos mundos especializados de la crítica. Si el lector se entretiene en leer el duro alegato que contra Bloom hace Frank Lentricchia en el libro Después de la nueva crítica, llegará a la conclusión de que Bloom ha conseguido ser el que sus enemigos denunciaban que era: un crítico preocupado por sí mismo, por su propia imagen; un crítico en modo alguno dispuesto a pasar inadvertido. Porque Bloom siempre fue polémico, mucho antes de su Canon occidental, y es precisamente esa dimensión polémica de quien sabe distinguir su voz de las otras la que posiblemente sea la línea divisoria que marca su trayectoria crítica desde 1959, fecha de su primer libro.

No es casual que el agudo crítico Paul de Man, compañero de Bloom en el claustro de la Universidad de Yale, comenzara su reseña del primer libro que hizo famoso a Bloom, el traducido como La angustia de las influencias, señalando que era un crítico «fuerte», no uno más de la serie de especialistas en literatura, sino una voz que siempre quiso modificar el curso de los estudios literarios.

Y creo que aquí radica un primer síntoma que explicaría el éxito de Bloom: la nostalgia que se tiene hoy de críticos «fuertes», que se salgan de la sucesión casi inerte de movimientos y escuelas, que afirmen una personalidad propia, si es controvertida, tanto mejor.

«Grupo de yale». Hay muchos datos en la trayectoria crítico-literaria de Bloom que señalan que la controversia nacida de una personal cosmovisión ha formado parte de su programa desde el principio pero se ha ido afirmando libro tras libro. En sus primeros ensayos, dedicados casi exclusivamente al romanticismo inglés, quiso reaccionar, y lo hizo violentamente, contra el sistema crítico dominante en Estados Unidos en los años sesenta: el New Criticism. Posteriormente formó parte de otro manifiesto rupturista, la antología Deconstruction and Criticism (1979), libro fundacional del llamado «Grupo de Yale», texto que firmaron, junto a Bloom, Paul de Man, Jacques Derrida, Geofrey Hartman y J. Hillis Miller. Este libro y este gesto han podido despistar a los historiadores de la crítica, puesto que, a pesar de la compañía de los otros autores que sí lo son, Bloom ni entonces, ni antes, ni después, tuvo mucho que ver con la deconstrucción. Es más, había dedicado todo un libro, A Map of Misreading (1975), a combatir las tesis de Derrida.

Vino luego su Canon occidental, ya declaradamente militante contra la situación de los estudios literarios en Norteamérica, y en especial contra las escuelas derivadas de la teoría literaria francesa, a las que calificaba de «Escuelas del Resentimiento».

En Shakespeare: la invención de lo humano (2001) prosigue su peculiar combate personal contra la crítica del siglo XX, pues se permite el lujo de escribir ochocientas páginas sobre Shakespeare pasando por alto mucho de cuanto la crítica contemporánea ha dicho sobre el dramaturgo. Es especialmente combativo, pero sabiendo que Shakespeare y, desde hace unos años, Cervantes son otra cosa, y que escribir sobre ellos va siempre más allá de la academia. Y en este sentido, su «defensa de los clásicos», aunque sea por la vía del olímpico desprecio hacia muchos de sus colegas y retrotrayendo sus fuentes a los grandes críticos del XVIII y XIX, ha hecho que se sitúe como único superviviente de la vieja tradición de crítica humanista, el último mohicano crítico, que enarbola él solo la bandera del anacronismo, y lo hace con indisimulado orgullo. Que ese gesto lo convierta en un crítico interesante es una de esas paradojas que sólo podrían explicarse como síntoma de una cierta nostalgia que hoy se tiene hacia la individualización de la voz crítica, cansada quizá la cultura literaria de escuelas y de mimetismos grupales.


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