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Agosto 27, 2005
La fábrica de los sonidos virtuales - Eduardo Hojman
Reenviamos esta reflexión sobre el impacto de internet en la producción musical. Originalmente publicado en | ABCD las artes y las letras |
Hace unos diez años, Nicholas Negroponte, por entonces uno de los principales gurús de la tecnología de la información, decía, en su libro Ser digital, que «si Herbie Hancock editara su próxima obra en Internet, no sólo sería como interpretarla en una sala con capacidad para veinte millones de personas, sino que cada oyente podría transformar la música de acuerdo con su situación personal». Hoy el debate sobre la música en Internet pasa casi únicamente por la transmisión de contenidos (el acceso gratuito y más o menos ilegal a las bibliotecas personales de los usuarios, la disponibilidad de prácticamente cualquier pieza musical grabada sin pagar derechos de autor ni de distribución). Desde la pírrica victoria de la industria discográfica sobre Napster, página pionera en la transmisión gratuita de música, tales sitios han mejorado su tecnología y se han multiplicado de una manera tan salvaje que los esfuerzos de los gobiernos y otras instituciones por controlarlos terminan siendo inoperantes y tontos.
Sistemas de legitimación.
Mientras las autoridades quieren emular la captura de datos a delitos del mundo «real» como robar un coche o asaltar un banco, Napster se ha convertido en un servicio (legal) de pago, lo que no hace más que legitimar a los otros, los gratuitos. En los hechos, hay mucha música disponible en Internet; la variedad de los formatos de compresión de archivos sonoros y el aumento constante de la velocidad de transmisión hacen que el MP3 y sus homólogos estén aquí para quedarse. Para bien o para mal, Internet seguirá siendo durante muchísimo tiempo un reservorio aparentemente inagotable de música gratuita; función más o menos similar a la que, por otra parte y en su momento, cumplía la radio. Quizás ha llegado el momento de replantear el concepto de copyright, o bien de pensar que la transmisión de información gratuita (una pieza musical que se distribuye libremente por Internet) tiene un beneficio económico para su autor (aquello de los veinte millones de oyentes). David Bowie y Prince, que han vendido discos y presentado piezas inéditas en la red, así como bandas de todos los géneros que usan el nuevo medio para hacerse conocer, hace tiempo que cosechan esos beneficios. De todas formas, reducir el debate sobre la música en Internet a las infracciones de derechos de autor, al supuesto «robo» de guante blanco que cometen los malvados usuarios y, en suma, a la acumulación de canciones en nuestro ordenador equivale a olvidar todo un universo: el de Internet como medio para hacer música. Ya no sólo una sala virtual donde exhibirla, sino un instrumento en sí, en el que se desdibujan y se intercambian los papeles de músico y audiencia, un instrumento con el que todos podemos hacer música.
Instrumentos virtuales.
Los instrumentos musicales del mundo «real» o «físico» están diseñados para producir un sonido o una serie de sonidos limitados, relacionados con el material con el que están construidos (maderas, metales, cuerdas) o con la forma en que se los toca (percusión, vientos). Pueden ser más o menos duros o pesados, vulnerables a la temperatura o a la humedad, susceptibles de desafinarse. La generación de sonido en esos instrumentos suele exigir, con variantes, destreza y buen estado físico. Pero desde la llegada de los samples («muestras» de determinado sonido que luego pueden ser reproducidas y modificadas en otro instrumento o aparato) cualquier ordenador tiene la posibilidad de convertirse en una orquesta completa, con estudio de grabación incluido. Un somero repaso por los foros de música virtual de Internet (como hispasonic.com) basta para encontrar toda clase de instrumentos virtuales, desde plug-ins y presets hasta un software musical que permite componer, producir, grabar, mezclar, ecualizar y enviar por e-mail las obras. En estos foros se discute sobre sistemas MIDI, sobre soundfonts o bancos de datos de audio que pueden ser resintetizados a diferentes registros y niveles dinámicos, sobre inmensas bibliotecas de sonidos orquestales, o sobre el sistema VST (sigla de Virtual Studio Technology, un sistema de módulos de software que pueden tomar la forma de instrumentos o efectos).
Nada de esto es nuevo: hace cinco años, Daniel Melero, un inquieto músico electrónico argentino, presentó en un teatro (del mundo «físico», para pocas personas) el disco Tecno, realizado íntegramente con instrumentos bajados de Internet. Pero, además de intentar emular los sonidos de los instrumentos físicos o mecánicos, lo que, más allá de la comodidad, sería poco interesante, no muy atractivo como resultado y sin ningún valor como aportación al universo sonoro, la tecnología digital permite procesar estos sonidos de maneras novedosas o inventar otros. En el mundo cibernético se habla de una nueva forma de arte que utiliza instrumentos mediatizados por las nuevas tecnologías y crea «paisajes sonoros» en los que el espacio on line sirve de trampolín para la exploración sonora y de creación de instrumentos o, incluso, de instrumento en sí mismo (como puede verse y oírse en la exposición virtual http://rhizome.org/art/exhibition/ya_heard/), planteando conceptos tomados del «sound art», que cuestiona nuestra percepción habitual del sonido, y del «net art», el arte que se produce en la red.
Desde un lugar más cercano a la música popular, existen, también, sitios en los que bandas nuevas pueden «subir» sus composiciones en MP3 para su difusión, lo que sería la otra cara de la moneda de las histéricas y fallidas campañas de la industria por controlar la transmisión de canciones. En cualquier caso, la música está convirtiendo a Internet en un espacio propio y al parecer ilimitado. Virtual, pero denso y profundo.
Enviado el 27 de Agosto. << Volver a la página principal <<
Comentarios
Excelente artículo.
Publicado por: anónimo a las Septiembre 10, 2005 10:59 AM
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