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Septiembre 24, 2005
El color de la memoria - Francisco Carpio
Sobre Richard Billingham. Originalmente publicado en | ABCD las artes y las letras |
El paisaje borroso y gris-sepia de la memoria constituye uno de los campos de cultivo (a veces de batalla) más recurrentes de la fotografía. La imagen fotográfica convertida -como tantas veces señalara Roland Barthes- en metáfora y alegoría de la muerte, vale decir del tiempo. Parecidos mimbres son los que utiliza Richard Billingham (Inglaterra, 1970) para construir el cesto-inventario de su propia memoria, un buceo en picado hacia el fondo de las aguas abisales del recuerdo. Con estas fotos se interna y deambula por el territorio de la experiencia, dibujando no tanto el mapa físico de un espacio real y concreto, sino más bien el mapa recobrado de ciertos pasajes y paisajes de su propia vida. Una cartografía barthesiana y emocional, acotada por las curvas de nivel del recuerdo y el pasado.
Marcar territorio.
Las escenas que Billingham fotografía en Black Country, serie compuesta por siete imágenes en color de gran formato, realizadas en 2003, corresponden a diversos paisajes urbanos, signados todos por un conjunto de elementos habitables ?aunque, como veremos en el caso de estas obras, no habitados, al menos externamente? como pueden ser fábricas, parques, calles, escuelas o cementerios. Elementos para erigir el territorio en el que él mismo nació y creció, la ciudad de Cradley Heath, en plena región inglesa de los Midlands, el llamado Black Country, área de tintes duros y sombríos, especialmente significada a partir de la revolución industrial.
La atmósfera cotidiana y banal de estos peculiares enclaves urbanos, cargados de connotaciones oscuras e infrahumanas, y a la vez desprovistos de cualquier condición estética o diferenciadora, reafirma la especial sensibilidad de este británico ?uno de los más destacados representantes de la creación fotográfica en su país? a la hora de captar la belleza y la singularidad, allí donde aparentemente sólo se pueden percibir pequeños rincones, insulsos muros de ladrillo, construcciones uniformes y clónicas. Una vez más se opera el pequeño milagro de ciertas miradas fotográficas.
Ausencia de vida humana.
Uno de los rasgos más significativos y sorprendentes de estas obras es la absoluta ausencia de cualquier tipo de vida humana. Escenarios desnudos, desprovistos de la presencia ?física? de personas, vacíos y despoblados. Ámbitos ocupados tan sólo por los moradores inanimados de un paisaje urbano que, en muchas ocasiones, se nos aparece desplegado, no a medida del hombre, sino más bien en su contra. Y, a pesar de todo, no podemos dejar de tener la sensación de que se encuentran cargados de otra clase de presencia: el espíritu familiar y único de las propias experiencias vitales, que las convierte en instantáneas, momentos y detalles capturados durante un recorrido más emocional que físico, una promenade sentimental por las calles del pasado. Por esa razón, además de dejar constancia documental de los cambios experimentados en la apariencia externa de su ciudad natal, y, por extensión, de una región económicamente deprimida por las políticas del tatcherismo, Billingham persigue capturar un retrato personal y, en cierto modo, apasionado, de sus propias raíces, a pesar de la aparente objetividad y distancia de estas obras. Un peculiar cóctel visual que nos sirve bien frío y caliente a un tiempo, todo ello acompañado de unas generosas gotas de microrrelato y de misterio.
Misterio que, por otro lado, traspasa a sus fotos empleando la estrategia de utilizar película de día para capturar escenas de noche. Así, sus imágenes se impregnan de una luz misteriosa, de un halo de inquietante extrañamiento que las convierte en objetos estéticos, dotados de una singular belleza, pese a su banal cotidianeidad. Curiosamente inició el proyecto Black Country en 1997, con la serie «Daytime», un conjunto de fotografías captadas a plena luz del día. Al cabo de seis años, realizará «Night Time», serie centrada en esos mismos escenarios, posando ahora una mirada nocturna, más íntima y despojada de referentes externos. Una visión iluminada por colores dorados, ocres y cálidos. O quizás tal vez por el cambiante color sepia de la memoria.
Enviado el 24 de Septiembre. << Volver a la página principal <<
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