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Septiembre 17, 2005
John Baldessari:« Me siento como un escritor fracasado » - Javier Díaz-Guardiola
Entrevista con Baldessari, con ocasión de su exposición en la Galería Pepe Cobo de Madrid. Originalmente publicada en | ABCD las artes y las letras |
Lo primero que me sorprendió cuando llegué a la galería Pepe Cobo, espacio en el que John Baldessari (EE.UU. 1931) expone sus trabajos más recientes, es lo alto que es. Uno se lo imaginaba más bajito. También es destacable que, pese a ser uno de los padres del conceptualismo, pese a que su discurso gira en torno a este movimiento tan recurrente hoy y tan farragoso en muchos artistas, su diálogo es fluido, comprensible y hasta fácilmente identificable. Será cuestión de prejuicios. Y es que precisamente sobre esto, sobre primeras impresiones, sobre significados de primera mano que atribuímos a uno u otro individuo en función de experiencias pretéritas, trata Prima Facie, la penúltima parada de Baldessari en Europa antes de que Nimes le dedique en octubre una gran antológica.
A más de treinta años vista, ¿qué es el arte conceptual?
Lo de conceptual realmente es una etiqueta que resulta muy útil aplicar cuando un movimiento comienza o cuando varios artistas hacen un trabajo similar y precisas de algo que los englobe. Lo mismo ocurrió con el pop o con el minimalismo. Pero llega un momento en el que los autores que han sido englobados bajo el mismo paraguas empiezan a desarrollar sus personalidades, de forma que las etiquetas no tienen sentido.
Sin embargo, el movimiento sí mostró un potencial. ¿Cuál sería su valor hoy?
El término «conceptual» puede ser dado por muerto, pero el movimiento sobrevive en lo que hoy definimos como «post-conceptual». En mi opinión, hay toda una pluralidad de estilos que tienen cabida en él, pero, en definitiva, se trataría de toda aquella actividad artística que no es pictórica propiamente dicha. «Conceptual» significa «lo que no está pintado», pero esto nos lleva a tener en cuenta la escultura: en términos escultóricos, conceptual también es lo que no es escultura, es decir, aquello que no es genuinamente tridimensional.
Quemar su obra pictórica en 1970 supongo que sería un acto de rebeldía. ¿Qué sería hacerlo en 2005? Y, por otro lado, ¿qué acción tendría la misma fuerza hoy?
Antes que nada, debo cuestionar que tal acción fuera un verdadero acto de rebeldía, porque ese término tiene un sentido demasiado dramático para mí. Lo que yo sentí que tenía que hacer entonces era un acto que no tuviera retorno o marcha atrás. No se trataba únicamente de un acto de voluntad, sino también de un ritual. De hecho, llevé las pinturas a un crematorio y las quemé como si se tratara de un cadáver. Un acto del mismo calibre hoy, para un artista joven como yo lo era entonces, sería no aceptar dinero por su trabajo. Cuando yo empecé a trabajar el dinero no formaba parte del entramado. Uno era muy afortunado si llegaba a conseguirlo.
¿Qué ha cambiado en el panorama artístico además de eso?
Yo creo que el mundo del arte ahora es mucho más permeable o, por decirlo de otro modo, más permisivo. No existe un estilo dominante, sino que perviven muchos estilos y el pluralismo está permitido. Eso es la postmodernidad. De hecho, vuelven valores que antes no estaban tan bien vistos o que habían sido dejados de lado, como el romanticismo, lo sublime o la belleza como fin. Por otro lado, se ha recuperado una dimensión artesanal en la creación artística; se ha vuelto al oficio: es lo que Freud denominó «el retorno a lo reprimido».
¿Y en su caso personal?
Lo que yo creo que ha cambiado en mi trabajo de manera más evidente es que ahora estoy mucho más centrado. Ya no hago de todo, sino que ahora el vídeo o el cine los empleo de una manera más ocasional, y no variando tanto el estilo. Mantengo mi interés por hacer un trabajo destinado a un público no habituado al arte o que se sale de los cauces habituales del entramado artístico. No quiero convencer de nada a los que ya están convencidos. Con el tiempo he ganado algunas batallas ?aunque en esto no he estado solo?, como la de conseguir que el estatus de la fotografía sea finalmente reconocido o la de incluir de manera natural la palabra en el contexto artístico. Hablar de la palabra y de la imagen como dos vehículos expresivos y comunicativos ha sido una de mis máximas obsesiones.
Es cierto que ha otorgado gran importancia en su obra tanto a la imagen como al texto. ¿Es su impacto el mismo?
Realmente, con mis investigaciones en todo este tiempo no he avanzado mucho, sino que he estado yendo y viniendo. Sin embargo, percibo cuestiones que siempre me han intrigado. Cuando me enfrento a una obra que se basa únicamente en un texto, soy consciente de que falta algo. Lo que más me sigue fascinando es por qué algo significa algo, por qué tiene un significado y no otro. Por eso sigo teniendo un pie sobre la foto y otro sobre la palabra. Me siento como un escritor fracasado. Llegó un momento en el que dejé de usar el texto porque, con respecto a cada país, hubiera necesitado traducciones distintas para las obras, pero me di cuenta de que sólo con el inglés podía comunicar lo que me interesaba. Puedo decirle que para esta serie me planteé usar el español, pero con ello me complicaba demasiado: el resultado afectaba a lo visual, porque no siempre puedes traducir una palabra de un idioma a otro con un único término. Pero, volviendo a lo anterior, me llaman la atención cosas como por qué no se hacen periódicos exclusivamente con imágenes, o sólo con textos. Ese equilibrio o falta de equilibrio entre imagen y palabra es el que me interesa.
Hablemos de su cita madrileña, que lleva el subtítulo de «Tercer movimiento». ¿Qué la antecede y con qué nos topamos aquí?
Antes de esta serie, me había centrado en un tipo de trabajo muy complejo. Por eso decidí hacer borrón, lo contrario. La serie en la que se engloba esta exposición lleva el título de Prima Facie, un término legal que podríamos traducir como «a primera vista» o «la primera impresión». En un primer momento, la obra fue realizada en blanco y negro. En un segundo estadio, pasé a emplear el texto. Ahora me he centrado más en los rostros y en ignorar el ambiente en el que se inscriben los personajes, pues justo el trabajo anterior se había basado en individuos a los que ocultaba la cara. La obra más reciente pone el acento en los gestos, en las expresiones faciales, pues, como el lenguaje, éstos pueden ser malinterpretados. En las obras, la imagen de una persona se asocia a un grupo de palabras que la definen, algunas contradictorias. Puede que tal o cual persona me parezca traicionera porque me recuerda a alguien que lo era, pero puede que esté completamente equivocado.
Suya es la frase «el arte es territorio de dudas e interrogantes». ¿Sobre qué debe interrogarse?
No es tanto lo que debe cuestionar el arte, sino tener en cuenta qué es lo que se debe cuestionar a través del arte. Lo que le corresponde es saber entrar por el lado más débil de la conversación. Debe ser como la mosca que molesta cuando comes.
Ha intentado hacer siempre un arte para aquéllos que no son sus habituales consumidores o receptores. ¿Qué cree que ha hecho mal el arte contemporáneo para que tanta gente diga que no le interesa o, en el mejor de los casos, que no lo entiende?
Una vez más he de contradecirle: creo que hay un gran interés por lo artístico, pese a que un amigo mío suele decir que no tanto como por el cine o la música. Ahora, mucha más gente va a las galerías y a los museos, y se abren muchos centros nuevos. Sin embargo, uno no sabe nunca lo que hay detrás. No sabes si la gente va a una exposición por esnobismo, si compra arte para decir que tiene una pintura de tal artista. Aún así, creo que los museos son las catedrales de la actualidad y en eso tiene mucho qué ver la religión: la ola de fundamentalismo cristiano que vive mi país, por ejemplo, lleva a la necesidad de adorar otros dioses, aunque sean los del arte. Pero esto también es cuestionable, y los museos podrían ser considerados más bien mausoleos.
Entonces, ¿el arte ha de ser didáctico?
En absoluto. Siempre que la palabra didáctico sale a relucir en algo ese algo termina fallando. Quizás el arte ha de ser subrecticiamente didáctico. Los buenos profesores lo son.
Hablando de profesores: usted es también conocido por su labor didáctica. ¿Es el mismo Baldessari el que sale del taller que el que entra en el aula?
Es una buena pregunta. En un principio yo empecé a dar clases para pagar mis deudas, pero con el tiempo me di cuenta de que disfrutaba enseñando, e intenté hacerlo por medios artísticos, convertir la actividad educacional en un arte. Hay muchas similitudes entre lo uno y lo otro, porque ambas son actividades comunicativas, actividades que intentan hacer llegar una idea a los demás.
Ha castigado a sus alumnos en más de una ocasión haciéndoles copiar cien veces su famosa frase «no haré más arte aburrido», título de una de sus exposiciones. ¿Cómo es el arte aburrido?
Esa frase nació en un momento muy específico, coincidiendo con el conceptual, y refleja lo que pensaba sobre muchos colegas que habían empezado a usar el texto, pero que eran demasiado didácticos o académicos. Con el tiempo, la frase ha cobrado vida, porque si uno se vuelve aburrido nadie le escucha, y si te vuelves «visualmente» aburrido nadie te mira.
Un artista que ha dado tanta importancia a la palabra, a los archivos, ¿qué piensa de Internet?
Creo que es fantástico. Además facilita mucho el trabajo: ya no necesitas hacerle una foto a una lavadora. Te metes en Internet y la buscas. La Red es el gran diccionario visual. Yo no me he servido mucho de ella como medio porque me considero un dinosaurio. Sin embargo, me interesa como técnica: siempre me ha interesado qué es lo que diferencia a una foto de una pintura, cuando ambas cosas son una imagen. En el fondo, la pintura se basa en pigmentos, mientras que la foto es el resultado de una emulsión de otra serie de «pigmentos». La diferencia, ¿está en el soporte? Se puede imprimir una foto sobre lienzo. Me interesa lo que tiene que ver con la intervención de la imagen. Antes usaba aerógrafos, cuyos resultados fotografiaba, sin que la gente se diera cuenta del cambio de técnica ?en un proceso que aprendí de Goya?. Ahora uso Photoshop, que lo hace todo.
Por cierto: ¿ganó alguna de las «etiquetas» de las que hablamos al principio la batalla del arte? ¿Estuvo en el bando correcto?
Un gran amigo mío dice que llegó un momento en el arte en el que el camino de la pintura se bifurcó: una rama se dirige hacia Matisse; la otra, hacia Picasso. Pero, según los historiadores, quien realmente «arruinó» el arte fue Duchamp. Si el arte se volvió a bifurcarse con Duchamp, yo elegí el camino del francés.
Enviado el 17 de Septiembre. << Volver a la página principal <<
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