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Septiembre 14, 2005

"La ciencia ganó la batalla" - SALVADOR LLOPART

Reenviamos entrevista con John Brockman (y artículo introductorio más abajo, seguido de un segundo artículo de opinión de Jordi Pigem) realizada por Salvador Llopart y originalmente publicada en CULTURAS de LA VANGUARDIA DIGITAL

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Su última obra -no publicada todavía en España- se llama The new humanists (Los nuevos humanistas), y de ella, y de otras cuestiones relacionadas con la tercera cultura hablamos con Brockman mediante conversación telefónica.

¿Quiénes son los nuevos humanistas?

Los científicos y pensadores cuyos trabajos versan sobre el mundo empírico, y que con su trabajo -y libros- están sustituyendo al intelectual tradicional en su labor de plantear y hacer visibles las grandes cuestiones, y los grandes significados, de nuestra vida. En afrontar con una perspectiva nueva las grandes cuestiones: ¿quiénes somos? ¿qué somos?

¿Todavía necesitamos una tercera cultura?

Más que nunca. La ciencia, al menos la ciencia como forma de cultura, como forma de pensamiento, está en peligro. En EE. UU. desde el 11-S el clima hacia la ciencia ha cambiado. El gobierno parece estar en contra de las nuevas ideas. Actúa como tapón de las esperanzas y expectativas de la gente. No se puede decir otra cosa cuando tenemos frente a nosotros la posibilidad de curar enfermedades que amenazan la vida de miles de personas y, sin embargo, las creencias acríticas de un puñado de personas de la administración Bush tienen el poder de parar todo tipo de investigación. En este aire enrarecido se hace difícil hablar siquiera de primera o segunda cultura...

Pero, más allá de la situación política, ¿sigue el enfrentamiento entre primera y segunda cultura de la que hablaba Snow?

No, esa batalla se acabó. Ganó la ciencia. Mire cualquier primera página de periódico: en ella se habla, cuando se habla algo más que no sea política, desas o guerras, de asuntos de lo que yo denomino tercera cultura. A nadie le importan ya las discusiones entre intelectuales de letras.

¿Contra qué está la tercera cultura?

No está en contra de nada. Es una cultura inclusiva. No está en contra de la crítica literaria, la poesía o el teatro, eso es una caricatura. La denominada tercera cultura está en contra, si se puede decir así, de la mistificación, de la usurpación, del imperio que imponen ciertos autores y ciertos libros más propios de los años 40 y 50 que de ahora mismo.

¿Se refiere al marxismo? ¿A Freud?

¿Qué queda del marxismo? Corea del Norte y algún que otro departamento irreductible de estudios culturales en algunas universidades. Eso es todo. En la ciencia el marxismo no ha dejado ninguna huella. Y lo que está ocurriendo ahora en el campo de la neurociencia deja a Freud como una superstición del siglo XVIII. Sus ideas son irrelevantes... La gente está interesada en las obras de los pensadores que hablan de la realidad desde un punto de vista científico. Se han cansado de saber quién durmió con quién un fin de semana hace cien años y cómo esa canita al aire influyó en la poesía... El intelectual tradicional, alejado de la ciencia y sus descubrimientos, es hoy un ser profundamente infeliz.

¿Quiere decir que una ciencia popular es la respuesta?

Yo no hablo de una ciencia popular. Yo hablo de científicos que hablan entre ellos, y cuyas conversaciones llegan al público en forma de libros. Hablo de ciencia no de divulgación. Mire, por ejemplo, un libro como La nueva mente del emperador, de Roger Penrose, donde se habla de la posibilidad de inteligencia artificial. Fue un libro muy popular al que un filósofo como Daniel C. Dennett contestó con La conciencia explicada, que rebatía buena parte de las ideas de Penrose. O recuerde los interesantísimos debates entre Stephen Jay Gould y Richard Dawkins sobre la verdadera naturaleza de la evolución... La ciencia es ahora una gran y única gran discusión de intelectuales que se expresan mediante libros, a los que tiene acceso el público. No escriben para hacer la ciencia más comprensible al gran público.

¿Es la tercera cultura de la que habla una cultura sólo para científicos?

No. Yo no soy científico. Ni lo es Dennett, que es filósofo de formación. Lo que digo es que los debates importantes, los que definen hoy nuestra sociedad, pasan por un pensamiento científico. En términos de vida cotidiana, de ganarse la vida, pagar la hipoteca o criar hijos, no creo que un científico sepa más que un conductor de autobús o una dependienta de supermercado. La diferencia, para mí, es que los científicos son quienes hoy día están haciendo las preguntas más interesantes sobre las cuestiones que nos importan a todos, las cuestiones profundas y significativas, esas que definen la naturaleza humana.

Ya, pero ¿puede la tercera cultura ayudar a comprender un fenómeno como el terrorismo o las guerras religiosas?

Creo que sí. Absolutamente. Mire por ejempo la religión. Tanto Dennett como Dawkins estan escribiendo ahora libros sobre esta cuestión. Cada uno de ellos desde su particular punto de vista.

¿Pero no cree que hoy puede ser más importante un libro como ´El choque de civilizaciones´, de Huntington, que otra aportación sobre las ideas de Darwin?

Bueno, el darwinismo sigue siendo importante, sobre todo en EE. UU. donde las estadísticas dicen que más del 50% de la población todavía discute sus teorías. Yo no creo que la ciencia o los científicos deban dirigir el mundo. Lo que digo es que no se puede entender el mundo sin la ciencia.


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Brockman y los nuevos intelectuales

Es un lugar común hablar de la ignorancia entre la colectividad literaria y la científica. El desencuentro entre ambos colectivos es público y notable desde la aparición del famoso libro de C. P. Snow Las dos culturas (1959). También en esa obra, pero en su segunda edición, la de 1963, el mismo Snow hablaba con optimismo de una nueva cultura, la tercera cultura, que antes o después emergería para llenar el vacío que queda entre los intelectuales de letras y los científicos.

Pues bien, para John Brockman esa tercera cultura es ya una realidad, pero una realidad muy diferente a la que Snow predijo. En su opinión, los intelectuales siguen sin comunicarse con los ciéntificos. Por lo tanto, no existe todavía ningún puente entre ellos. Han sido los ciéntificos los que se han abierto finalmente hacia el gran público. Para Brockman "algo radicalmente nuevo está surgiendo. Nuevas formas de entender el mundo físico y nuevas formas de pensar como pensamos. Nuevos conocimientos que obligan a poner en cuestión nuestras anteriores asunciones".

Esos conocimientos son, por ejemplo, sobre la biología del cerebro, descubrimientos en física fundamental, tecnología de la información, genética, neurobiología, bioingeniería, nanotecnología y nuevos materiales... Nuevas formas de entender la realidad que desafían nuestros conceptos tradicionales de lo que significa ser humano. Conocimientres tos que exigen una nueva cultura: la tercera cultura.

Pero ¿quién es John Brockman? Es el hijo de un vendedor de flores de Boston que llegó a Nueva York en los sesenta, donde se convirtió en uno de los primeros publicistas pop de la época. Suyos son los famosos carteles promocionales de Head, un filme de finales de los sesenta en los que el único reclamo era una fotografía de la cabeza del propio Brockman. Ahora, cuarenta años después, Brockman es uno de los más destacados agentes litararios de Manhattan, y para quienes siguen sus aventuras intelectuales es mucho más. Es el promotor de una concepción de la ciencia diferente, abierta, comunicativa, capaz de abordar las cuestiones esenciales. Su nombre quizá no sea muy conocido entre nosotros, pero sus representados están en primera línea del pensamiento actual: Richard Dawkins, Daniel Dennet, sir Martin Rees, Steven Pinker, Roger Penrose, Jared Diamond, y un largo etcétera de pensadores y ciéntificos publican con él. Brockman, sin embargo, no se limita a representara a escritores, a publicar libros o a escribirlos él mismo, como La tercera cultura (Tusquets), su manifiesto personal respecto al debate entre la ciencia y otras formas de conocimiento. Además es un animador cultural de primera. Su publicación en internet, Edge (www.edge.org) se ha convertido en la promotora de los grandes debates relacionados con la ciencia y la sociedad.

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El síndrome de Dawkins - JORDI PIGEM

¿Letras o ciencias?
Axioma: Las ciencias se escriben con letras.
Teorema: Las ciencias nacen de las letras.
Demostración: La ciencia moderna se concibe en las entrañas de la filosofía occidental. De hecho, en su inocente juventud conservaba el ilustre nombre de familia y se hacía llamar filosofía natural. La gran obra de Newton no versa sobre física, sino sobre philosophia naturalis. En inglés la palabra scientist no aparece hasta 1840, cuando Darwin ya tenía barba. Un cuarto de siglo después, Faraday (que creó el concepto de campos y líneas de fuerza, y que de paso inventó el motor eléctrico y la dinamo) todavía detestaba que le llamaran con el terrible neologismo científico: él era un buen filósofo natural como los de siempre.
Corolario: Platón+ Descartes= Newton + x. (Fórmula demasiado simplificadora, como todas.)

En el principio era la metáfora
Una de las sorprendentes conclusiones de la ciencia cognitiva (área interdisciplinar en la que confluyen neurobiología, linguística y psicología cognitiva) es que nuestros conceptos abstractos se basan mayormente en metáforas. Y la ciencia no es excepción. Véase la metáfora (cartesiana y bíblica) de un Dios legislador que decreta leyes universales. Ni en Grecia ni en la China clásicas, ni siquiera en Copérnico o Galileo, hay tales leyes de la naturaleza (hay simetrías y armonías, principios y proporciones; no leyes). Otra metáfora que subyace a la ciencia moderna es que el mundo es máquina. Y nosotros también (aunque las máquinas sean inventos de nuestra mente). Ya Descartes dudaba de si lo que veía en la calle eran personas de verdad o autómatas con abrigos y sombreros. Hoy el delantero centro del equipo de Brockman, el biólogo Richard Dawkins, declara: "Cada uno de nosotros es una máquina, como un avión sólo que mucho más complicado" (The blind watchmaker). Supongo que el sentir que uno es como una máquina o un avión no está descrito en el DSM-IV (catálogo oficial de trastornos psiquiátricos), pero parece grave. La interioridad humana no es como el interior de los aviones, como saben los poetas, los enamorados, los niños y el sentido común.

Ni necias ni iletradas
Hasta no hace mucho, letras y ciencias iban de la mano. Pero el saber creció y multiplicóse y se abrió la grieta entre humanismo y ciencia. La ciencia empezó a triunfar (y a ser cortejada por militares y multinacionales), mientras las humanidades perdían facultades y se retiraban al asilo del ensimismamiento. Pero el humanismo que da la espalda a la ciencia se vuelve necio (literalmente: sin ciencia) y la ciencia empobrece su perspectiva al quedarse iletrada (privada del saber literario).

En esto aparece John Brockman, que viene del arte pop y tiene un olfato increíble para detectar ideas con futuro. Enfundado en su sombrero, camina por la Fifth Avenue móvil en mano, tejiendo redes de diálogo y debate entre científicos que son, además, buenos comunicadores. La tercera cultura de Brockman agrupa a estos científicos "y otros pensadores del mundo empírico". Loable iniciativa. Pero cuidado con lo de limitar el pensamiento almundoempírico. Ello excluye de un plumazo la intuición y el saber poético y literario. ¿Quiere Brockman, como Platón, expulsar a los poetas de su república?

¿Es la ciencia puramente empírica? Puro mito. La ciencia moderna, con razón o sin ella, sólo considera verdaderamente real lo que es reducible a números, fórmulas y otras ideas puras. (¿Se nota ahí la sombra de Platón?) Por ejemplo, para la ciencia los colores en el fondo no existen: existen longitudes de onda de tantos o cuantos nanómetros. Y así se deslegitima la mayor parte de nuestra experiencia directa (Nietzsche ya vio la sutil conexión entre ciencia y nihilismo). Por suerte, las relaciones humanas, la buena literatura y el buen arte nos devuelven el mundo en el que los colores, sonidos y sabores son reales.

Sin las humanidades seríamos menos humanos (y podríamos acabar confundiéndonos con un avión, como en el, digamos, síndrome de Dawkins).

Sorpresas en las nubes
Lord Kelvin, uno de los científicos más prestigiosos de su tiempo, aconsejaba a los jóvenes con talento que no se dedicaran a la física, pues todo estaba prácticamente descubierto. En su discurso Dos nubes (1900), Kelvin señaló dos pequeños problemas pendientes relacionados con la naturaleza de la luz. El primero sería resuelto por la teoría de la relatividad; el segundo, por la mecánica cuántica. Pero ambas teorías, lejos de completar el edificio de la física clásica, abrieron una brecha irreparable en sus cimientos.

Verano de 2005. La prestigiosa revista Science conmemora su 125 aniversario señalando 125 grandes interrogantes que hoy penden sobre la ciencia (lista que dista de ser exhaustiva). Unos 25 interrogantes son del ámbito de la física. A saber: que relatividad y mecánica cuántica son incompatibles (¡si Kelvin levantara la cabeza!). Que nada sabemos de cómo funciona la gravedad (para Dante y Joanot Martorell el amor "move il sole e l´altre stelle", "mou los cels"; nosotros creemos en la más prosaica y legislable gravedad, pero sabemos de ella no más que los poetas saben del amor). Que no entendemos ni un 5% de la composición del universo (el resto son materia y energía oscuras, opacas a nuestro entendimiento). Etcétera. Tampoco entendemos más de un 3% del genoma humano, pese a los anuncios de que ya se ha descifrado. Sí, la ciencia funciona. Sobre todo a nivel de grandes titulares y resúmenes populares. La letra pequeña de cada disciplina científica está llena de interrogantes. Como en todo lo humano, la ciencia necesita humildad. Humano y humildad son palabras relacionadas con el latín humus: suelo fértil, que ahogamos bajo el asfalto de las abstracciones. El homo sapiens es humus que sabe y saborea.

Ciencia con conciencia
La energía y materia oscuras, como otros parches matemáticos con los que cubrimos lo que no encaja, traen a la memoria los poco elegantes ecuantes de la astronomía tardomedieval, que intentaba apuntalar su ya frágil edificio de epiciclos. Tal vez la ciencia está no menos en crisis que otras instituciones de nuestro tiempo. Tal vez, como en la astronomía tardomedieval, los interrogantes se multiplican porque estamos en medio de un gran cambio de paradigma. No se puede predecir qué rumbo tomará una posible nueva ciencia. Pero indicios no faltan. Dos grandes físicos del siglo XX, Schrödinger y Wigner, sugirieron que el fundamento de la realidad no es la materia y la energía, sino la percepción y la conciencia. No es ociosa especulación: hay experimentos contemporáneos en mecánica cuántica (como el delayed choice de Wheeler) que no pueden explicarse de otro modo. Tal vez el mundo responda mejor si le hablamos en segunda persona. Aquí no sobran las experiencias acumuladas por las literaturas, artes y filosofías. Unas humanidades liberadas de sus torres de marfil y unas ciencias liberadas de la arrogancia reduccionista tendrán mucho por compartir y co-crear, en un mundo que para nada parecerá ya una máquina.

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Jordi Pigem es filósofo y escritor. Ex profesor de Historia de la Ciencia y Filosofía de la Ciencia en el Master en Holistic Science del Schumacher College, en Gran Bretaña

Enviado el 14 de Septiembre. << Volver a la página principal <<

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