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Octubre 15, 2005

He vendido mi alma al ordenador.Es una forma totalmente diferente de dibujar - Javier Díaz-Guardiola

Reenviamos esta entrevista con Julian Opie, a propósito de su exposición en «La Chocolatería», un nuevo espacio en Santiago de Compostela. Originalmente publicada en | ABCD las artes y las letras |

Galicia aumenta sus expectativas en torno al arte contemporáneo. En Santiago de Compostela se abre una nueva sala: La Chocolatería, un espacio promovido por David Barro y Agar Ledo situado en una antigua fábrica del siglo XIX que vuelve a calentar sus fogones para presentar las corrientes más actuales de la creación nacional e internacional. Esta puesta en marcha corre a cargo del vigués Diego Santomé y del británico Julian Opie (Londres, 1958), cuya selección de obras redunda en su concepción de la imagen y sus ideas en torno al movimiento y al retrato clásico.

Su proyecto para Santiago es significativo para el espacio que lo recibe por ser el primero que alberga, pero, ¿cómo encaja en su carrera?
Intento no pensar en mi carrera, porque me pone nervioso, así que procuro concentrarme en hacer una buena exposición en todo momento. También intento centrarme en la arquitectura en su sentido más amplio: cómo entra la gente en el espacio, cómo sale de él, cuáles son sus cualidades físicas. Sólo de esa forma decido cómo utilizar mi obra, cómo combinarla con el espacio y conseguir que sea una experiencia lo más interesante posible para el visitante.

¿Cómo ha funcionado La Chocolatería?
Aquí, en Santiago, el público entra desde la calle a una especie de fachada de tienda, un espacio único, y salen de él por el otro lado para llegar a un jardín lleno de calma que es el final de la experiencia. Por eso he intentado presentar un conjunto de obra bastante variado, porque si te basas solamente en una obra o un tipo muy específico de trabajo, el espectador lo asume enseguida y no favoreces que transite por el espacio. En los últimos años, para que este tipo de espacios funcione, he tendido a presentar obras de escalas muy diferentes y de técnicas muy variadas bajo un tema unificado, lo que da al espectador una razón para seguir andando e investigar cada una de las piezas. Lo que me gusta cuando la gente ve mis obras no es que se quede de pie juzgando si le gusta o no, sino que se pregunte «¿qué es?», «¿cómo se mueve?», «¿de qué está hecho?». Éstas son formas más interesantes y atractivas de contemplar algo, incluso si lo que te preguntas es «¿cuánto ha costado?».

La exposición está compuesta, sin embargo, por piezas antiguas y obras inéditas. ¿Cuál es la idea unificadora sobre la que pivotan?
Durante años he hecho exposiciones en las que las partes formaban una unidad, casi como un «pequeño mundo de Disney». Ahora, he dejado atrás este concepto, pues era muy restrictivo. Me he dado cuenta de que se puede insinuar la sensación de conjunto con trabajos más individuales. Los retratos de Santiago se relacionan con la idea de movimiento. Aquí presento dos aspectos del género: uno relacionado con el retrato de cuerpo entero, y otro en torno a un retrato más cercano. Para mí, retratos, paisajes o bodegones son categorías naturales, pero también históricas, y yo trabajo con ambos aspectos. Por ejemplo, con los retratos de cuerpo entero juego con los conocimientos del individuo sobre escultura, especialmente con la barroca, que me gusta por la forma en la que se integran en la arquitectura y la ciudad. Sus figuras están muy vivas, pero son casi invisibles para nuestra visión moderna. En el jardín de La Chocolatería, Sara girando reproduce a una modelo de tamaño real que da vueltas como si fuera la estatua de una diosa desnuda en un jardín barroco; pero en la pieza también hay referencias a los carteles de los locales de strip tease. En el interior, las obras cuestionan la relación del espectador con los grandes cuadros museísticos. Este tipo de retratos son imágenes que tenemos en la cabeza, lo que me da margen para jugar con ideas preconcebidas e insertar cuestiones más inmediatas, basadas en mi relación con el retratado. Así es la vida: hay una combinación de historia, de prejuicios, de aprendizaje, sobre lo que pasamos como si fuéramos ciegos, tropezándonos con el mundo real. Creemos que vemos el mundo, pero lo que hacemos es recibir un montón de información que nuestros cerebros descodifican en colores y formas. Esta dicotomía de información aprendida y lo que parece ser el mundo es para mí la realidad. Mi trabajo busca un equivalente, una concentración de esa experiencia.

Su obra se caracteriza, no obstante, por su sincretismo. Reduce las imágenes, sus modelos, hasta convertirlos en iconos. ¿Cómo entiende entonces la imagen?
Yo no creo que reduzca nada, sino que lo expando, porque, para mí, el punto de partida es hacer algo que me guste, pero utilizando sólo los elementos necesarios. Supongo que en el fondo soy un minimalista. Sólo me interesan los materiales, la realidad de lo que tienes enfrente; no añado nada a no ser que tenga que estar ahí, por lo que la cuestión no es quitar, sino complicar el trabajo lo menos posible. Sin embargo, cuando tengo a un modelo delante, ahí hay mucha información, y no la necesito toda, por lo que sí que hay una simplificación en cuanto a las fuentes. Siempre he intentado buscar formas comunes o básicas como las de Hergé, que inventó un código que lo cubre todo. Las obras aquí expuestas nacen de otras que reproducían señales de tráfico con las que buscaba un lenguaje simple y universal aplicado a animales y edificios. Pero entonces pensé: «¿y la gente?». Así fue cómo me puse a buscar formas simbólicas de representar al individuo.

Trabaja con diferentes técnicas y formatos: lienzos, esculturas, pantallas de LCD, portadas de CD... ¿Hablamos de pintura en todos los casos?
La mejor forma de teorizar sobre todo esto es decir que se basan en el dibujo. Ya desde pequeño dibujar fue una especie de «mala costumbre» que hacía sin pensar. Muchas veces, cuando la gente ve mi obra, no menciona la forma en que el objeto existe, que es lo que a mí me parece extraordinario. Se habla sobre la pieza sin mencionar que está hecha de lucecitas o que la figura gira. Se pasa por alto cada vez más la forma del arte, y eso es casi como volver a la pintura o la escultura en mármol. Es algo increíble, porque un óleo es completamente diferente de cualquier otra forma de hacer una imagen. De hecho, a veces cambio ligeramente una imagen para crear un trabajo totalmente nuevo, hago los retratos de medidas diferentes para ver qué pasa. Incluso en una exposición puedo presentar una imagen que se parece mucho a otra, pero es ofrecida de forma distinta.

El ordenador desempeña un papel cada vez más importante en su trabajo.
Cuando viajo, cuando paseo, cuando voy al trabajo, éstos son los momentos en los que veo cosas útiles de las que tomo nota y después hago lo que yo llamo «soltar la red» como los pescadores, que no les preocupa demasiado lo que pique. Esto se puede hacer fotografiando, recordando, dibujando... Fotografiar es bueno porque no se elimina ningún detalle. La cámara es como un espejo, pero el ordenador, combinado con la cámara, es todavía mucho más. Recuerdo una entrevista en la que decía que era muy interesante hacer a mano cosas que parecieran que se habían hecho con ordenador. Para mí, el ordenador fue un salto muy importante, aunque no se notó mucho la diferencia. Los artistas siempre tienen miedo a las cosas fáciles, y yo ahora he vendido mi alma totalmente a esta técnica. No hay casi nada que se haga en este momento que no haya nacido o crecido en el ordenador. Están fabricados por personas y son la extensión de formas normales de pensar y producir cosas. Un profesor amigo mío dijo que una ventaja maravillosa de dibujar con el ordenador es que cada vez que haces «clic» sobre el icono y abres el dibujo está nuevo, no tiene polvo, no se ha doblado en el cajón. Si lo cambias, no lo pierdes del todo. Es una forma completamente diferente de dibujar.

Enviado el 15 de Octubre. << Volver a la página principal <<

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