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Octubre 15, 2005
Bloom: realidad y provocación del genio - JOSÉ LUIS GIMÉNEZ-FRONTÍN
Reenviamos este artículo a propósito de "Harold Bloom, Genios. Un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares, ANAGRAMA" Originalmente publicado en .LA VANGUARDIA DIGITAL
El título a este comentario debería haber sido Realidad literaria del genio según la provocación crítica de Harold Bloom. Son dos temas distintos -el de la genialidad de los autores analizados y el del discutido fenómeno del genio-, y diría que un considerable número de buenos comentaristas han caído o pueden caer en la tentación de superponerlos o mezclarlos. Y no sólo ahora -a raíz de la publicación de esta voluminosa serie de notas de lectura agrupados en Genios, la última entrega del crítico norteamericano, cuya edición original data del 2002- sino desde mucho antes, en especial desde títulos como Cómo leer y por qué y Presagios del milenio pero, sobre todo y por encima de todo, desde el escándalo de El canon occidental que data de 1994.
Creo, pues, oportuno un previo intento de identificar los orígenes del pensamiento bloomsiano, antes de entrar en la valoración, pieza a pieza, de sus cánones y mosaicos (exégesis a la que no negaré interés, pero algo más académico y secundario). Pues bien, en general la crítica ha puesto atinadamente de relieve lo que Bloom no es: un profesor universitario más o menos al uso, practicante del formalismo estructuralista o deconstructivista (al que se suele mentar en inglés como New Criticism, cuando se trata de la escuela francesa por excelencia, después de la cual, como en la monarquía de Versalles, sólo cabe el diluvio), y menos aun un defensor de la sociología literaria, brillantemente nacida del compromiso marxista de las elites de Cambridge y divulgada hoy en su imperial versión norteamericana como ejercicio de Justicia Distributiva Social-Literaria, en el que el interés de los textos se origina, en contra de los privilegios de los grandes autores del pasado, conforme a criterios de raza, religión, sexo, cuanto más heterodoxo mejor, y de pertenencia a minorías de toda suerte.
Ahora debo coincidir con Jordi Llovet (El grano y la paja, Babelia, 17/IX/2005) cuando apunta lo que Bloom básicamente es: un judío practicante de la religión del libro bajo los originarios auspicios de la Religión del Libro. Por mi parte, me permito aquí insistir en un tema que me parece fundamental: en el retrato de familia de Bloom, su humanidad aparece legítimamente flanqueada por ensayistas como Isaiah Berlin, Elias Canetti y George Steiner, todos ellos judíos laicos, no practicantes, agnósticos si no abiertamente ateos, formados en la más alta cultura europea y, por edad, testigos del nazismo, aunque no por ello, que yo sepa, implicados en los sueños raciales del sionismo israelí. Y lo más importante: todos ellos defensores y estudiosos (Berlin muy explícitamente, en sus luminosos análisis de Hegel) de los valores universales en contradicción con los locales (los ultralocales, que diría Dalí, pueden cerrar de nuevo el círculo en su tendencia hacia la universalidad), valores que se encarnan en la producción más elevada de la mente humana (ellos acaso hablarían no de mente sino de Espíritu) que es la Palabra con mayúsculas, es decir, el verbo de la Creación, la realidad de la Estética, la Poesía en su sentido más amplio: la literatura tomada, en suma, como instrumento de conocimiento y de salvación. Parecen románticos, pero en su pensamiento no hay exactamente rebeldía egocéntrica, ni delectación en el lado oscuro de la realidad, ni irracionalismo, ni su concepto de lo sagrado gravita sobre el alma de los pueblos ni el de las respectivas lenguas nacionales; sino sobre ese numen que planea sobre todas y cada una de las lenguas (que ellos asumen como propias en su creación) en una cultura de la diáspora, donde la lengua no está forzosamente ligada a una población a su vez ligada a un territorio. También parecen simbolistas, o más exactamente postsimbolistas, pero su concepción sagrada de la Palabra es mucho más antigua, y es probable que sea esa antigua tradición o cadena áurea la que origine, por ejemplo, la poesía de Rilke y no al revés. En este sentido, Genios se abre con una confesión que puede ser cualquier cosa menos retórica, cuando Bloom se adscribe e identifica con el gnosticismo originario, que por cierto no es cristiano, pero tampoco judaico, sino una luminosa fusión de los dos generosamente aderezada con helenismo neoplatónico.
Desmedida anglofilia
A partir de aquí, podremos abordar la monumental lectura de Genios (o de El canon occidental) sin hacer demasiado hincapié en su estructura cabalística, o en el historicismo de El canon, puesto que la Cábala, o la lectura de Vico, son meros recursos, ellos sí retóricos, para una ordenación de sus materiales que el autor juzga sugerente. Desde este punto de vista, los confesados (y evidentes) fallos en la selección de autores y la estructura de las obras de Harold Bloom, con ser importantes, carecen sin embargo, a mi entender, de excesiva importancia. Su anglofilia es absolutamente desmesurada; su desconocimiento de lenguas y literaturas que podrían resultarle del máximo interés (¿cómo puede ignorar, por poner un ejemplo próximo y evidente, a Ramon Llull o a Ausiàs March?) es flagrante. ¿Qué sentido tiene organizar los autores de Genios a partir de las diez sefirot cabalísticas (figuras de los atributos de la divinidad) que gravitan sobre las imágenes de la corona divina, la sabiduría, el intelecto receptivo, la alianza de amor, el juicio riguroso, la belleza, la paciencia eterna, el esplendor profético, la fuerza creadora y, en último lugar, la inmanencia divina en el reino de este mundo, subdividiendo cada grupo de diez autores en lustros de cinco, si el propio autor advierte que este mosaico cabalístico (este mandala literario, podríamos añadir) está en movimiento y que, en consecuencia, los autores pueden cambiar libremente de lugar y desplazarse (en virtud del juicio del lector, por supuesto) en una estructura circular que ya sería otra y, sin embargo, la misma? Debo reconocer que el prolijo planteamiento de la pregunta encierra la respuesta. Las carencias o el formalismo de la estructura de la obra no podrían invalidarla, puesto que lo que en verdad está en juego es otra cosa: la reivindicación del genio en la áurea cadena del gnosticismo (que conduce, ya lo hemos dicho, a una estética simbolista de vocación universalista).
Porque, ¿que es el genio? La respuesta de Bloom a tamaña impertinencia es clara: el genio existe (mal que pese), puede animar a un escritor, a una obra ¡e incluso a un personaje de una obra!, pero en último extremo siempre es un don (sin duda divino, sea cual sea el significado exacto del término: un don de nacimiento). Y son los genios los que generan e iluminan su tiempo (no al revés), y de hecho todos los tiempos. Quedémonos con don de nacimiento: durante décadas la expresión habría bastado para enviar a Bloom al Gulag intelectual (y al siberiano). Ahora bien, la actual literatura científica (una iniciación fiable se encuentra en Nexus, dic. 2004; o en Cultura/ s,14/ IX/ 2005) es extremadamente sugerente en el momento de filosofar después de Darwin, pues la biología actual (pero no sólo ella) reclama una lectura no ideologizada ni demonizada de sus nuevos presupuestos, que no parecen negar la existencia de lo que un humanista clásico denominaría don de nacimiento: el genio, en definitiva el de los cien escritores sobre los que nuestro autor se extiende a lo largo de casi mil páginas con delectación, extraordinaria erudición y en ocasiones con cierto soterrado sentido del humor e ironía más que refrescantes. En conclusión: si, como Bloom afirma provocativamente, "el estudio de la mediocridad, cualquiera que sea su origen, genera mediocridad", el lector no tiene en las manos un libro mediocre.
Enviado el 15 de Octubre. << Volver a la página principal <<
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