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Octubre 09, 2005

Churras y merinas - Miguel Cereceda

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Ahora que ya nadie hace salones de otoño en los que revisar lo mejor de la temporada, el BBVA nos propone una convocatoria bianual, para presentar un panorama del arte español contemporáneo. Pero, mientras que antes se trataba solamente de hacer una revisión de la temporada, y por tanto no había en realidad más que escoger de entre lo mejor que se había visto durante el año, la propuesta BBVA Contemporáneos es algo diferente, pues no ambiciona en principio objetividad alguna, sino más bien todo lo contrario. Explícitamente, se pretende «invitar a distintos comisarios a que articulen y presenten al público su visión personal del panorama de la creación contemporánea en nuestro país», lo que por un lado redime al crítico de cualquier exigencia de objetividad, pero por otro le convierte en la estrella.

No rendir cuentas.
Pues si de lo que se trata es de «su visión personal», a nadie tendrá que rendir éste cuentas de lo atinado o arbitrario de su selección, salvo naturalmente a sí mismo. En consecuencia, los creadores o, lo que es peor, su trabajo, quedarán en un segundo plano. ¿Son éstos realmente los artistas pertinentes para valorar la situación del arte español contemporáneo? La cuestión se escamotea con facilidad pues se trata de una mirada personal, sobre lo cual poco tenemos que decir.

En cualquier caso el reto es fascinante. La diversidad y la riqueza del arte español de nuestros días es tal que la propuesta de presentar en una selección lo mejor de las últimas tendencias se convierte en una aventura apasionante para cualquiera. El riesgo, sin embargo, es grande. Seguramente, más por los excluidos que por los incluidos. Ya el propio comisario experimentó el agrio sabor de estas polémicas a propósito de su exposición Big Sur en Berlín. Toda selección tiene en este sentido algo de apuesta personal y quizás por eso los responsables del BBVA se curan en salud. Se aplican el «parche» antes de que surja la herida.

Tal vez por eso Enrique Juncosa ha decidido hacer un acercamiento puramente poético a la situación española del arte contemporáneo. Utilizando como lema un verso de Alejandra Pizarnik, nos invita a un detenimiento en la contemplación y no a una reflexión crítica y sistemática sobre el arte español de ahora mismo. Por desgracia, en este sentido tampoco parece que su labor haya sido muy acertada. Al no exigir en su trabajo verdaderas condiciones de visibilidad para las obras, con un montaje adecuado y justo. Éstas, por valiosas o poéticas que sean, quedan ahí, como arrojadas por el suelo, confusas y sin fuerza. Así, por ejemplo, la fascinante escultura de Victoria Civera, titulada Fiebre-disparo de nieve, se convierte en un trasto más en medio de la sala de mármoles y columnas, junto a los otros trastos acumulados perversamente sobre el suelo por Jesús Palomino, por Susy Gómez o por Ángela de la Cruz.

Sin intimidad.
Es más, ni siquiera aquellas obras que, para la contemplación parecen disponer de un espacio propio, como las coloristas casitas-escultura de Juan Gopar, encuentran finalmente su intimidad, dispuestas a lo largo de un pasillo. Ni tampoco la instalación de Eulàlia Valldosera, a pesar de disponer de una habitación propia, alcanza una especial claridad expositiva y sólo aquellos artistas que logran dotar a su trabajo de una específica unidad interior, como los cuadros de Juan Uslé o las fotografías de Montse Soto o el extraño vídeo de Sergio Prego, consiguen escapar de la maldición del espacio.

Sin duda, la tarea del comisario ha de consistir en justificar suficientemente su propuesta y los criterios de su selección. Si esto no se hace en modo alguno y se argumenta simplemente que, dada la diversidad de medios, de técnicas y de recursos, y, además, la proliferación de artistas, «una exposición que resultara homogénea, me parecería estar falsificando la escena actual», entonces ya parece que el comisario se siente además legitimado para mezclar a su gusto ?como en este caso? churras con merinas. Pero, en segundo lugar, si apelando a la intuición poética o a su visión del arte «como instrumento de especulación metafísica» el comisario se exime de justificar suficientemente su propuesta, debería al menos cuidar el que las piezas por él seleccionadas dispongan de las mejores condiciones. Si esto tampoco lo consigue o incluso si ni siquiera lo pretende, entonces tendremos que concluir que lo que podría ser una propuesta fascinante resulta al final un panorama decepcionante.

Enviado el 09 de Octubre. << Volver a la página principal <<

Comentarios

Es imposible que el historiador se invente la historia,
¿que confianza nos mereceria?
Igual que el comisario no puede organizar exposiciones inventadose a los artistas.
¿Quien decide quien es, que, en arte?
La interaccion de galeristas, coleccionistas, muy pocos criticos, la gente de una manera magica y oscura y el tiempo
Ningun comisario ni academico ni doctor en historia del arte, sabran nunca donde esta el arte verdadero,
como que no existen master en imaginacion.
Lamento que algun directivo del banco de bilbao se halla confundido.
Aunque lo comprendo, es muy facil engañarce.
El bilbao creo va a perder muchos clientes.
Las asociaciones de artistas estan en contacto estrecho con estos señores y señoras deberian ayudarles
Sobre todo desde que afirman, que ellos,los historiadores, son tambien artistas.
me consuela saber que el Reina Sofia a comenzado a hacer justicia.

Publicado por: JORGE DE MARCO a las Octubre 10, 2005 12:38 AM

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