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Octubre 30, 2005
Durar, perdurar - Miguel Cerceda.
Leído en abc.es
Con la aparición de los nuevos medios técnicos de comunicación, la idea de fama, las ideas de mérito y excelencia, y la propia concepción y transmisión del saber parecen haberse trastornado por completo. No hay más que ver cómo los jóvenes de hoy consideran más meritorio y encomiable estar tan sólo un día en la casa de Gran Hermano que tener, no ya una carrera superior, sino tan sólo el bachillerato terminado, para comprender hasta qué punto nos encontramos en una sociedad completamente trastornada en sus valores. Ya Warhol pronosticó que en el futuro todo el mundo podría disfrutar de sus quince minutos de fama. Hoy, incluso, quince segundos en televisión se consideran preferibles a toda la gloria de la inmortalidad.
Lo monumental.
Pero si la idea de la fama, de lo memorable y la propia concepción de los saberes se ha trastornado, no menos se ha trastocado la concepción del arte en su relación con lo conmemorativo y lo monumental. La obra de arte en la época de su reproductibilidad telemática no sólo invierte los valores de lo efímero y lo trascendente, sino que además, con su omnipresente ubicuidad, convierte cualquier cosa en déja vu.
Por otro lado, qué tiempo deba dedicarse a la contemplación de una obra de arte es algo que, en lo referente a la plástica, no parece estar suficientemente consensuado. Así como la tragedia clásica impuso para la recepción de las artes temporales ?e, incluso, para el cine contemporáneo? la duración media de los noventa minutos, las artes espaciales, por su parte, el cuadro, la arquitectura o la escultura, no parecen haber establecido un tiempo determinado para su contemplación. En el arte contemporáneo, no hay apenas relación directa entre el tiempo medio necesario para la producción de una obra y el tiempo necesario para su contemplación. En música fue tal vez Erick Satie, con sus célebres Vejaciones ?para ejecutar durante veinticuatro horas? el primero que trastornó la relación tradicional de la ejecución y de la escucha con la temporalidad.
Sobre todo en el arte contemporáneo, ha sido el vídeo el que más quebraderos de cabeza ha suscitado en la experiencia de la duración de la contemplación. Es conocida la queja generalizada del público y la crítica con respecto al tiempo medio que un espectador puede dedicar en una gran exposición a la recepción de las distintas obras de arte, y las frecuentes protestas con respecto a la larga duración de determinados vídeos.
El nudo gordiano.
Abundando sobre estas complejas relaciones entre la obra de arte y la temporalidad -y sobre otras muchas que conciernen a la consideración lineal de la historia o a su consideración progresiva, e incluso a las distintas concepciones orientales u occidentales de la misma-, los dos comisarios de esta bienal, Nicolas Bourriaud y Jérôme Sans, han desplegado una propuesta coherente, en la que el tema de la exposición no es, como en otras bienales, una mera sugerencia, sino más bien el nudo argumental sobre el que todo el discurso expositivo está perfectamente articulado.
La experiencia de la duración presenta así obras de algunos clásicos contemporáneos que, leídos desde esta perspectiva, arrojan una nueva luz. Así, un artista como Andy Warhol ?hasta ahora tomado como el campeón de lo efímero, lo frívolo y lo banal? compensaría estas acusaciones con sus extrañas películas en Súper 8, como aquella en la que se contemplaba la evolución del Empire State Building a lo largo de ocho horas, o la que aquí se presenta, de seis horas, en la que se contempla el sueño nocturno de un amigo desnudo. Así, las propuestas de acción de Yoko Ono, para ser ejecutadas por el espectador a lo largo de días o semanas, o la película en la que estira incansablemente en el tiempo una tímida sonrisa de John Lennon, nos ofrecen una lectura de su obra en un contexto conceptual más rico. El propio trabajo de Gordon Matta-Clark, hasta ahora pensado como pura experimentación espacial, adquiere un nuevo sentido cuando se intuye en él esta profunda perspectiva temporal.
¿Y los jóvenes?
Y si esto pasa con artistas consagrados, en obras de una tradición histórica reciente, la perspectiva de la temporalidad introduce un sesgo fascinante en la comprensión y en la valoración de trabajos que, sin dicho contexto y dicha perspectiva, nos resultarían seguramente intolerables. Así, las 31.000 diapositivas de Reykiavik tomadas por Dieter Roth a lo largo de cuatro años de su vida, presentadas en ocho proyectores y en dos grandes armarios. También, el trabajo fotográfico de John Miller, quien, desde 1994 solamente fotografía lo que se encuentra en su camino entre las 12 y las 14 horas. Incluso el proyecto de Jonas Mekas de rodar durante veinticuatro horas la vida de una familia cualquiera, o la experiencia realizada en Madrid por Santiago Sierra de hacer leer ininterrumpidamente a unos inmigrantes magrebíes una guía de teléfonos durante ciento veinte horas.
Pero no sólo estas obras de larga duración en su ejecución y en su presentación componen esta meditación sobre la temporalidad, sino que sobresalen también muchas otras, de carácter intimista, que invitan al espectador a sumirse ininterrumpidamente en su contemplación. Artistas como La Monte Young, con ambientes sonoros y luminosos, Olafur Eliasson con los suyos, muy psicodélicos, o el músico Brian Eno, mediante proyecciones de luces de color sobre distintos lienzos superpuestos, o el propio Daniel Buren, con seductoras y coloristas instalaciones ambientales, buscan comprometer al espectador en la fascinación de la contemplación. Frente a ellos, las irónicas y divertidas esculturas de un minuto de Erwin Wurm, que requieren la participación activa del espectador, o las no menos estimulantes esculturas de un segundo de Tom Marioni, adquieren en este contexto un sentido más hondo y más rico, que les otorga densidad y, a pesar de su apariencia efímera, trascendencia.
Enviado el 30 de Octubre. << Volver a la página principal <<
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