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Octubre 22, 2005

El vuelo sin motor del arte conceptual español - Fernando Castro Florez

Originalmente publicada en | ABCD las artes y las letras |

Esperaba con enorme interés la muestra que el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía tenía programada sobre arte conceptual en España. He seguido durante muchos años la obra de artistas como Nacho Criado, Juan Hidalgo o Valcárcel Medina, y, en numerosas ocasiones, he señalado que una de las ausencias más vergonzosas en la colección de este museo es precisamente la que afecta a los planteamientos conceptuales completamente ignorados. Se pueden dedicar salas y más salas a Tàpies, pero tan sólo ZAJ merece un mínimo espacio en un recorrido historiográfico polvoriento y mistificador. A pesar del desinterés tradicionalista del museo patrio hacia el conceptualismo, lo que no podía esperar de ningún modo es que la exposición, que finalmente ha comisariado Rosa Queralt, fuera un desastre total. Cuando se entra en la sala de ampliación de Nouvel, la sensación es profundamente desazonante. Lo primero y más obvio es que, como ya pudo comprobarse con la exposición de Oteiza, que entró literalmente a capón, no puede utilizarse más que para proyectos de formato medio, sin que pueda, ni mucho menos, desplegarse ni una retrospectiva seria, ni una visión temática.

Desorden y desconcierto.
A pesar de los críticos «palmeros» de este museo-tuneado, comienza a revelarse a las claras que la superficie expositiva es insuficiente, el diseño torpe y los acabados arquitectónicos pésimos. Contemplar los materiales de artistas como Francesc Abad, Eugenia Balcells, Jordi Benito, Carles Pujol, Eva Lootz o, entre otros, Walter Marchetti, en ese desorden y apelotonamiento vertiginoso produce sobre todo lástima. Resulta que el montaje que ha realizado Ángel Bados (un escultor muy fino y, además, con piezas como 15-4-79, una instalación que presentó en la Ciudadela de Pamplona, que podrían haber sido incluidas con más propiedad que algunas otras en una selección rigurosa de conceptualismo español) funciona fatal, aunque, como digo, tampoco puede hacer maravillas en una sala como ésta. Un panel en el fondo de la sala al que se le ven las traseras es ya el remate, dejando una sensación de precariedad generalizada.

Rosa Queralt se apropia, para titular su singularmente breve texto del catálogo ?que, por cierto, no había salido una semana después de la inauguración y se advertía que no estaría listo hasta, por lo menos, dentro de otras tres? de la frase de Mel Bochner No Thought Exits Without a Sustaining Support («Ninguna idea existe sin un soporte que la sostenga»). La verdad es que el nombre es arquetipo de la cosa: en ese ensayo escolar no hace otra cosa que repetir lugares comunes y adjetivar a la carrera las obras de los artistas sin hacer ninguna indagación historiográfica ni manejar otra bibliografía, por lo que parece, que un catálogo de Art & Language publicado hace poco por el CAC de Málaga y el de Fuera de Formato del Centro Cultural de la Villa de Madrid (1983).

El placer de divagar.
Por supuesto, no aclara ni por asomo los «orígenes» del arte conceptual, entre otras cosas, porque, como puede concluirse a partir de la selección de artistas que ha realizado, los desconoce. ¿Cómo puede escribir un texto sobre este tema sin mencionar ni una sola vez el libro referencial Del arte objetual al arte de concepto de Simón Marchán Fiz, sin referirse a los Encuentros de Pamplona del año 1972 o al ciclo de los Nuevos Comportamientos Artísticos del Instituto Alemán (1974)? Divagar es algo sumamente placentero, pero no puede servir, ciertamente, para articular un proyecto curatorial en un museo que pretenda algún grado de mínimo rigor. Queralt sostiene en su raquítico texto que «la muestra quiere alejarse por igual del espectáculo como del documento; se dirige más al individuo que a la audiencia, y su planteamiento extremadamente sintético ?habida cuenta de la actividad intensa de aquel periodo? pretende favorecer un recorrido diáfano y, por tanto, asimilable, dentro de la complejidad que supone reunir en un solo ámbito obras muy dispares, cuyo proyecto perseguía un espíritu indagatorio y participativo del espectador». No hay tal recorrido diáfano, sino todo lo contrario, un barullo y una falta de información que deja al espectador a la deriva, incapacitado para entender algo. El «encuentro fecundo que reivindicara el estatuto de acontecimiento» no puede producirse cuando las claves interpretativas faltan, la disposición de las obras es inadecuada y, lo peor de todo, la selección es arbitraria o decididamente equivocada.

Pongamos un ejemplo.
Resulta que nos encontramos entre los «orígenes» del arte conceptual a Mitsuo Miura, Elena Asins, Lugán o José María Yturralde con una cometa. Por comentar tan sólo el caso de este último, habría que recordar que es un exponente magnífico del arte abstracto concreto, vinculado a lo que Aguilera Cerni tematizara como «Antes del arte», y, en ninguno de los momentos de su rigurosa trayectoria, se le puede considerar como un artista conceptual. Si lo que se estuviera presentando fuera una muestra de lo que sucedió en el Centro de Cálculo, o las distintas modulaciones de la abstracción en España, cosa que, por cierto, ya ha desplegado Mariano Navarro, entonces tendría sentido que estuvieran Yturralde, Asins, Soledad Sevilla y muchos más, pero, insisto, no pinta nada de nada en estos dominios «desmaterializados». Junto a las presencias incomprensibles están las ausencias inexplicables, como las de Ferrán García Sevilla, que en esos años setenta desarrolló una obra conceptual que habría sido interesante revisar; Ramón Herreros, Xifra, Luis Utrilla, Olga Pijoan, Silvia Gubern; los planteamientos fílmicos de Portabella y Padrós o José María Berenguer, que ha sido reivindicado insistentemente por Nacho Criado. Conviene tener presente que Victoria Combalía escribe el segundo texto del catálogo sobre «El arte conceptual español en el contexto internacional», donde lo que hace es marcar influencias o apropiaciones, más o menos claras, por parte de los artistas conceptuales catalanes, comentando principalmente las obras del Grup de Treball, Muntadas, Francesc Torres, Fina Miralles, Jordi Pablo y Jordi Benito.

Sin cuidado.
Lo que sucedió en los sesenta en Madrid o en otras partes de España le trae literalmente sin cuidado. Esto no es de recibo. ¿Qué razones hay para excluir en una revisión como esta a Alberto Corazón, Tino Calabuig, Luis Muro o, aunque sean un poco más tardías, las intervenciones de Morquillas, con más razón cuando la muestra va a itinerar al Koldo Mi-txelena? Un artista decisivo en aquellos momentos como Vostell, que fundó su Museo en Malpartida de Cáceres en 1978, pero que estaba vinculado desde muchos años antes con nuestro país, es ignorado por una práctica curatorial que ha convertido el conceptual en un cajón de sastre.

Después de los notables estudios de Pilar Parcerisas sobre el conceptual catalán y de las ya mencionadas teorizaciones de Simón Marchán, no tenía ningún sentido que se pusiera una exposición de este tipo en manos de alguien que ni conocía, ni, por lo que parece, estaba dispuesta a estudiar a fondo un fenómeno complejo como el de los orígenes del arte conceptual en nuestro país al que, tal y como ha sido articulada la cosa, se añade confusión, arbitrariedad y falta completa de rigor. El museo tiene una responsabilidad didáctica y de investigación que, como demuestra esta pésima exposición, incumple en todos los sentidos. Me repetiré: el montaje es nefasto, el catálogo (de momento inexistente) tiene textos flo- jísimos y, además, ahora sí es oportuna la manida frase de que ni son todos los están ni están todos los que son.

Enviado el 22 de Octubre. << Volver a la página principal <<

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