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Octubre 15, 2005

En los limites del imperio - Juan Antonio Álvarez Reyes

Sobre la Bienal de Estambul. Originalmente publicado en | ABCD las artes y las letras |

Puesta bajo el amparo conceptual de Giorgio Agamben y su ensayo La Comunidad que viene, la novena Bienal de Estambul continúa en la estela de la imbricación de comunidades, espectador, política de lo cotidiano, urbanismo, sociología y documentos visuales. En este sentido, su inspiración más inmediata es la Bienal de Berlín del pasado año, en la que el propio espacio geográfico, cultural, social y político era el objeto de estudio. Ahora lo es Estambul, la ciudad más populosa de Europa y en la que, seguramente, haya más contradicciones, antagonismos, alianzas y vida social del continente.

Los comisarios, Charles Esche y Vasif Kortun, han querido una bienal «por y sobre Estambul», pero, como uno de los artistas invitados ha visto claramente, esto «no es realmente así o no sólo» (Dan Perjovschi). Para empezar, pese a que se ha huido de lo turístico al abandonar el sector y los edificios históricos de la ciudad y centrarse en Beyoglu y Galata, el barrio comercial y de ocio, se han dejado de lado otras muchas realidades de esta conurbación.

Foráneo y nativo.
Los comisarios ?Charles Esche es director del Abbenmuseum de Eindhoven y Vasi Kortun, del local Platform Garanti? pidieron a los artistas que residieran en la ciudad y produjeran nuevos trabajos o, en otros casos, buscaron obras que ayudaran a comprender las particularidades del lugar en comparación con otros de otras latitudes Esta conjunción de comisario foráneo y nativo permite casar lo global y lo local en una ciudad que lo hace de manera cotidiana y que se encuentra en esos límites del imperio de los que han hablado Michael Hardt y Antonio Negri. También utilizan el modelo bienal como una herramienta, deconstruyéndolo y tratando de huir del resumen del estado del arte hoy o de la presentación de tendencias. Aciertos que se suman al más destacado: los artistas participantes no son los habituales del circuito internacional, poco o nada conocidos para el público español, y no por ello menos interesantes a tenor de las obras expuestas. Aunque su procedencia geográfica es variada, priman dentro de la investigación realizada por los responsables de la bienal los países limítrofes a Turquía, contando además con una buena representación nacional.
Conviene decirlo ya: ésta es una bienal que permite, tras visitarla, no sólo un mayor conocimiento de la realidad social de Estambul (como en su momento ocurrió con la de Berlín, en la que el discurso estaba más estructurado y hacía especial hincapié en lo cultural) y, mediante su dispersión, obliga al foráneo a adentrarse en zonas que de otro modo no se visitarían, sino también un posible cambio de clichés personales mediante trabajos artísticos muchos de ellos de impecable factura formal y conceptual.

Desafiar estilos.
Como afirman con optimismo y confianza cultural los comisarios, «el mejor arte nos hace pensar en algo en lo que no habríamos reparado sin él» y como declaración busca, en la tradición vanguardista, un arte que sirva como herramienta «para desafiar modelos existentes y proponer alternativas». Bienvenida sea esta salida del cinismo, de la impostura y de los intereses espúreos habituales, puesto que aquí «el conflicto de intereses entre ciudadanos y capital es por lo general más visualmente obvio que en Europa Occidental». Prodigioso observatorio, pues, Estambul.
Estos asuntos son claramente vislumbrados en la obra que más se adentra en la piel de toda la bienal, Magical World, de la nórdica Johanna Billing. Un vídeo de seis minutos en el que un grupo de niños croatas cantan esa canción de 1968 en la que se habla, según la descripción de la utilísima guía editada (a la que acompaña un prometedor reader), «de transformación personal con orgullo y melancolía». La contención formal y narrativa, junto a la interpretación y a la propia canción, que no abandonará al espectador en mucho tiempo, hablan muy bien de una artista de la que se muestra también otro logrado vídeo.

Barato medio.
Dan Perjovschi ha desplegado su ya tradicional imaginación, ironía y comentarios incisivos acerca de la situación política, social, religiosa y cotidiana, además de la propia actividad como artista y su participación en la bienal, por medio de un barato vehículo: pintadas, dibujos y comentarios en las paredes llenos de humor que bien merecen una visión detenida. En el mismo espacio, Ola Pehrson ofrece un buen ejemplo de documental postvérité, un remake documental que se exhibe con todos los objetos utilizados para realizarlo como elementos de la construcción de una realidad-ficción animada. Esta reelaboración, entre crítica y rebajada de veracidad, permite otra posibilidad de interpretación de un documento visual. Pero no es la única reconstrucción ni el único documental, ya sea fotográfico o de vídeo, puesto que éste es un lenguaje dominante en esta cita claramente acorde con los enunciados teóricos que busca.

En un edificio de apartamentos ruinoso se muestran, entre otros muchos trabajos, dos recreaciones. Una, la más interesante, de Michael Blum acerca de una importante marxista y feminista turca. Su apartamento convertido en museo del tipo de Trotsky en México o Marx en Trier y, tras un largo periodo de investigación, un documental en el que un descendiente americano es entrevistado en una limusina. También del museo, de la construcción de la memoria y de la identidad nacional hablan Khalil Rabah y su Museo Palestino de Historia Natural, en el cual no falta detalle dentro de un proyecto titulado Palestina antes de Palestina. Cercano a los apartamentos y tras pasear por calles llenas de tiendas de lámparas, se llega a otro de los edificios apropiados: en él es donde cobra más sentido el lema de la bienal y donde encontramos al único español participante, Jon Mikel Euba, que ha residido en la ciudad reelaborando el trabajo preformativo y de vídeo ya presentado el pasado año en Soledad Lorenzo. Si en la entrada se exhibe una obra de referencias urbanísticas ya mostrada en la citada Bienal de Berlín, en los sótanos se ven dos de los proyectos más sólidos y que tienen a una turca, Hatice Güleryüz, y a una iraní, Solmaz Shahbazi, como autoras de vídeos, historias y fotos relacionadas con Estambul.

Guiño al pasado.
En un antiguo almacén de tabaco habita Kazakhstan con las discretas fotografías, y de ahí su efectividad, de Alexander Ugay, mientras que Tintin Wulia nos dice que la especulación es un problema universal que destroza nuestro entorno, y Maria Eichhorn utiliza una obra para generar otra en la que el sistema artístico interviene decisivamente en el proceso. Como conclusión, y como síntoma de una ciudad que se resiste al tiempo y otra que emerge, con las contradicciones propias del capitalismo, en un edificio portuario merece la pena detenerse los 80 minutos que dura el conseguido docudrama familiar-generacional de Mario Rizzi, mientras, de noche, Cerith Wyn Evans, valiéndose de una lámpara antiaérea y del código Morse, brinda al cielo un poema otomano de amor, como guiño al pasado desde el presente.

Enviado el 15 de Octubre. << Volver a la página principal <<

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