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Octubre 22, 2005

La sociedad liquida - Marc Augé

Originalmente publicado en abc.es

El espacio público es aquel en el que se forma la opinión pública. En la Grecia de las ciudades-estado existía una coincidencia entre el espacio material del ágora y el lugar de expresión y formación de la opinión pública. En algunas ciudades de Italia, donde pervive una cultura de la plaza, todavía se ven grupos de hombres que hablan, a veces con pasión, de cuestiones locales o nacionales. En Londres, Hyde Park acoge oradores que expresan su opinión sobre lo que ocurre.

Sin embargo, resulta obvio que en los estados modernos el espacio público no puede limitarse a la suma de las plazas del centro de las ciudades. De ahí que la prensa y la radio hayan tomado el relevo y reserven secciones («espacios») en los cuales los lectores u oyentes pueden expresarse. La prensa es también una parte del espacio público cuando se afirma como creadora «de opinión». La prensa de opinión, se compartan o no sus ideas, desempeña un papel importante en la formación e información del público, precisamente porque está comprometida con la vida pública y toma posiciones en ella. Pero la prensa que se presenta como «apolítica» desempeña a menudo un papel insidioso, al presentar la actualidad como la norma y al modelar inconscientemente las actitudes individuales.

Televisión charlatana.
El panorama se vuelve más complicado con la aparición de las llamadas encuestas «de opinión» y más aún con la televisión. Las encuestas pretenden ofrecer una fotografía de la opinión, pero sabemos que las respuestas a los encuestadores dependen a menudo de cómo estén formuladas las preguntas . La televisión es cada día más charlatana, pone a hablar a testigos u organiza «grupos seleccionados» de individuos que supuestamente expresan la diversidad de la opinión pública, sin ninguna garantía de representatividad estadística. Las nuevas técnicas de comunicación, fundamentalmente a través de internet, constituyen un extraordinario canal de intercambios de todo tipo, pero no están abiertos a todos, pueden ser confiscados por grupos organizados y se prestan a manipulaciones.

La globalización complica aún más este esquema, porque trae consigo una multiplicación de las imágenes y los mensajes y contribuye a la uniformización de la información, las referencias y los gustos. Así, no existe un espacio público planetario, pero cada día somos más conscientes del hecho de que nuestras vidas dependen de decisiones y de acontecimientos que escapan a nuestro control directo y sólo tienen significación a escala global. Los medios de comunicación, que constituyen por el momento una instancia de sustitución de un espacio público planetario inexistente, están constantemente expuestos a la tentación de confundir espacio público y espacio del público, en el sentido tea-tral. Este público al cual se quiere seducir y halagar en vez de informar es invitado a consumir de forma pasiva las noticias, como si se tratara de una película o una serie de televisión.

Cultura mundial.
El ser humano sigue siendo un «animal político», en el sentido griego de la palabra. Sean cuales sean las imposiciones del sistema global, no ha renunciado a expresarse, en la calle, mediante su voto o de algún otro modo. En 2004 se realizaron encuestas mundiales a propósito de las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Los deseos del mundo (que votó por Kerry, excepto dos países) no fueron los mismos de la mayoría de los estadounidenses. Pero lo significativo es que, por primera vez, se haya tenido la idea de realizar estas encuestas. Todos sabemos que las decisiones de EE. UU. nos conciernen a todos. Todos sabemos que la vida política, al igual que la vida económica, ha cambiado de escala. Y está naciendo algo parecido a una opinión pública mundial, no unánime, sino global. Del mismo modo, una cultura mundial no es una cultura homogénea o única, sino una cultura a escala planetaria. No somos todavía ciudadanos del mundo, pero si seguimos interesándonos por lo que ocurre en éste tendremos la posibilidad de seguir siendo ciudadanos de nuestro país y tal vez un día llegar a serlo también del mundo.

Hay algo tremendamente fascinante en la propagación instantánea de mensajes e imágenes. Se trata de un fenómeno que no puede ignorarse y cuya importancia tampoco se debe minimizar, mas debemos ser conscientes de los peligros que conlleva. Estos se encuentran al nivel de las esperanzas que puede suscitar, por ejemplo en el ámbito de la educación y la información. Sobre ello me arriesgaré a hacer un planteamiento de aparente sentido común, pero que conlleva dificultades: los medios de comunicación son lo mejor que tenemos, pero quienes recurren a ellos (es decir, todos nosotros) no pueden olvidar que los medios no son un fin y que las imágenes no son lo mismo que la realidad.

¿Cuáles son las dificultades que se presentan? En primer lugar, los medios de comunicación, en su forma actual, tienden a inmiscuirse en la intimidad corporal de quienes los utilizan. Vemos cada vez más personas que parecen depender casi físicamente de su móvil, de su ordenador o de la música que, gracias a los auriculares, llevan consigo. Este acercamiento de los medios al cuerpo, en el que se inmiscuyen progresivamente y al que terminan por habitar, es propio de la ciencia ficción (pensemos en el hombre o la mujer «biónicos» de las series de televisión) o de los cuentos sobre el pasado que, en todas las culturas, fabulan sobre las capacidades del cuerpo humano. Hay que pensar asimismo en las innovaciones recientes en materia de seguridad: hoy, en ciertos países, algunos pequeños delincuentes están en una libertad aparente, pues son obligados a llevar pulseras electrónicas que señalan su presencia allí donde estén. Sabemos que un individuo buscado por una u otra razón puede ser localizado y encontrado gracias al rastro de su teléfono móvil. No podemos disociar la imagen de los medios de comunicación del papel que desempeñan discretamente en el control de la vida pública y privada.

Tal vez algún día el ser humano dependerá tanto de los medios a los que su cuerpo está de forma cada vez más literal «pegado» como de su propio cuerpo. Pronto, quizás el hombre dependa tanto de sus medios de comunicación o información como de sus gafas o audífonos. La miniaturización de la electrónica acentúa esta tendencia hacia la plurifuncionalidad de los instrumentos: ya podemos realizar fotografías con nuestros teléfonos e incluso ver la televisión a través de ellos. Resultan difíciles de imaginar los efectos de esta nueva proximidad, de estos injertos electrónicos, sobre las jóvenes generaciones.

Efectos perversos.
Volvamos al problema de lo que difunden o transmiten los medios de comunicación. Los ejemplos de manipulación de los medios de comunicación son abundantes. Sabemos que se puede hacer decir a las imágenes lo que se quiera. Pero la cuestión es aún más compleja y la globalización no facilita las cosas: no sólo no vemos lo que nos muestran, sino que la fuerza de las imágenes repetidas es tal que podemos ser llevados a admitir que las imágenes que nos imponen constituyen la propia historia, la pura y simple realidad. No existe más acontecimiento que el mediatizado. La expresión «acontecimiento mediático» es un pleonasmo. Aunque no estemos de acuerdo con uno u otro comentarista, aunque tengamos reacciones «personales» ante los sucesos del mundo, tenemos la impresión de conocerlo, igual que a sus actores. Estamos cada vez más familiarizados con su situación y la evidencia contenida en las imágenes nos hace olvidar que en realidad no hemos visto nada, que se nos transmite poco y mal. Del mismo modo, creemos conocer a aquellos que nos gobiernan, porque reconocemos su imagen. El efecto perverso de los medios de comunicación, independientemente de la calidad y las intenciones de quienes los dirigen, es que nos enseñan a reconocer, a creer que conocemos, y no a conocer o aprender.

Otro efecto perverso de los medios de comunicación es la imperceptible eliminación de la frontera entre realidad y ficción. La televisión tiene mucho que ver con esto, ya que crea un mundo artificial con individuos reales, el «mundo de la televisión» en el que se encuentran indistintamente, en una especie de Olimpo de la pantalla, personalidades políticas, estrellas del espectáculo, actores, presentadores, ases del deporte... En los telespectadores nace poco a poco la sensación de que salir en la pantalla es la prueba definitiva de una vida de éxito. Vivir intensamente es existir en la mirada de los demás, convertirse en una imagen, deslizarse al otro lado de la pantalla. Pero la televisión no está sola en esta cuestión. Utiliza todos los recursos de la tecnología para ayudar a los espectadores a convertirse en el objeto de la mirada de los demás. Invita a su público a escribir correos electrónicos y SMS, a utilizar los ordenadores y los teléfonos móviles, que suscitan a su vez la imagen de un mundo sin fronteras donde la comunicación se realiza de forma instantánea, hasta el momento en que les ofrece la recompensa suprema: entrar en la pantalla.

«Sociedades del código».
Dicho de otro modo, los medios de comunicación desempeñan hoy el papel que tradicionalmente desempeñaban las cosmologías, esas visiones del mundo que son al mismo tiempo percepciones particulares de las personas y creadoras de una apariencia de sentido, ambas estrechamente vinculadas. Las cosmologías compartimentan el espacio y el tiempo «simbolizándolos», es decir, imponiéndoles un orden arbitrario que se proyecta a las relaciones que los seres humanos mantienen entre sí y con el mundo. «En cuanto apareció el lenguaje», escribió Lévi-Strauss, «fue necesario que el universo significase». Esta significación se operó mediante la imposición sobre la realidad del mundo de una lógica simbólica que se aplicaba también a las relaciones entre los humanos. Lo mismo ocurre hoy con lo que podríamos denominar las «sociedades del código», con la diferencia de que las relaciones entre los humanos dependen cada día más de sus relaciones con las tecnologías y los medios de comunicación, que son los productos más elaborados de la sociedad de consumo: sus vínculos pasan por los medios de comunicación. En este sentido, ya no son relaciones simbolizadas, porque están gobernadas por códigos y reglas efímeras. Tras ser utilizadas, devuelven al usuario/consumidor a su soledad.

En el estado actual del mundo, el papel de los medios de comunicación y de las tecnologías es inseparable del fenómeno de la globalización, si se entiende por este término la combinación del mercado liberal planetario y la comunicación general instantánea. Esta combinación está en sintonía, en el plano filosófico, con el «fin de la historia», según lo definió Francis Fukuyama. Su fórmula no atañe a la historia de los acontecimientos, pues proclama que la democracia liberal constituye una realidad inexorable que es objeto de un acuerdo unánime. El reino de las imágenes y de los mensajes que circulan en todas las direcciones y de forma instantánea refuerza esta ideología del presente.

«Cosmotecnologías».
Porque hoy las tecnologías compiten con las religiones y las filosofías al recomponer el tiempo y el espacio. Los medios de comunicación estructuran nuestro tiempo cotidiano, estacional y anual. La vida política, artística y deportiva ya no puede concebirse sin los medios. Estos han cambiado nuestra relación con el espacio y nos han impuesto mediante la fuerza de las imágenes una determinada idea de la belleza, de lo verdadero y del bien, de lo habitual, de lo normal y de la norma, es decir, una cierta idea del consumo que no dejan de reproducir porque son a su vez bienes de consumo. En este sentido son, en esencia, totalitarios. La «cosmotecnología» lo explica todo, lo cuenta todo y se dirige a cada uno de nosotros. Como las demás cosmologías, aliena a aquellos que la toman al pie de la letra.

La conclusión que saco de todo ello podrá parecer paradójica, pues considero que es necesario conceder un mayor espacio a los medios de comunicación en la educación, hay que enseñar lo que son los medios. Es preciso enseñar a los niños a realizar películas y fotografías, enseñarles también a realizar resúmenes y descripciones por escrito, a mover las imágenes y transformar el sentido que pueden adquirir. Hay que enseñarles a crear. No se concibe que alguien pueda aprender a leer sin aprender a escribir. Las dificultades de la escritura permiten apreciar mejor los matices de la lectura. Pero cuando se trata de los medios de comunicación más elaborados tecnológicamente no se adoptan estas precauciones: al dejar a los niños leer sin enseñarles a escribir, se les despoja de toda posibilidad de tener un espíritu crítico. Se deja que tomen unos productos de cultura por realidades de la naturaleza y por tanto se alienan. También en este caso la educación es la única barrera contra la ilusión. Toda reflexión ética sobre los medios de comunicación es también una reflexión ecológica, en la medida en que estos medios hoy forman parte de nuestro entorno. Esta reflexión nos conduce a pensar que los medios de comunicación no pueden ser definidos simultánea y únicamente como objetos y medios de consumo. Pero sólo el aprendizaje y la educación pueden evitar que esto sea precisamente lo que ocurra.

Enviado el 22 de Octubre. << Volver a la página principal <<

Comentarios

definitivamente si a este "comunicado".

Publicado por: 1/4 a las Noviembre 1, 2005 01:46 AM

Muy de acuerdo y en sintonía con lo que dice Auge. Sabe ser crítico sin ser apocalíptico o reacio (reaccionario) a la sociedad de la comunicación. Creo que frente a la hipersemiotización-comunicativa, el arte y la experiencia estética, aunque también está ya inmersa en esas cosmotecnologías, puede y debe asumir el reto de la no-comunicación y de la mudez, del signo opaco que nos permita al menos no tomarnos tan en serio esta carrera info-mensajera, con dirección no se sabe a dónde, vertiginosa y quizá, cada vez más vacía.

Publicado por: Ricardo Pinilla a las Noviembre 6, 2005 05:56 PM

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