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Octubre 28, 2005

Lugares marcados - 'Origen' de Bleda y Rosa - XAVIER ANTICH

LA VANGUARDIA DIGITAL - Lugares marcados

Vila-Matas, en su última novela, Doctor Pasavento, acaba de esbozar un particular bosquejo para una teoría de la desaparición. Casi al principio del relato, el protagonista nos cuenta: "Mientras subía por la estrecha y empinada escalera de caracol que conducía al estudio y biblioteca de Montaigne, /… / pensé en el misterio de la desaparición de los hombres. Montaigne, sin ir más lejos, había estado allí una multitud de veces, aquélla era su casa y en lo alto de la torre había inventado el ensayo, y sin embargo no parecía que quedara ni su más remota sombra en los lugares por los que había pasado". Ni la sombra, apenas un trazo fantasmal, pero que todavía es legible en cada rincón de la casa. Se fue de allí, donde estuvo y, aunque no queda ni la sombra, algo de él se pasea todavía por ahí.

A su modo, María Bleda y José María Rosa llevan una década rastreando, en trabajos que han adquirido el valor emblemático de metáforas de nuestra época, la presencia fantasmal de algunos que ya se fueron pero que, sin embargo, dejaron en sus espacios una marca que hoy, todavía, es posible descifrar. Así lo hicieron en las series Campos de fútbol, Campos de batalla o Ciudades, donde cada espacio aparecía, aparentemente, vacío de presencia humana. Y, sin embargo, la ausencia hacía todavía más visible la presencia de lo que allí sucedió. Así lo hicieron, también, Bleda y Rosa, en la espléndida serie de fotografías de Berlín que Cultura/ s publicó (29 junio 2005) como imágenes del dolor y la memoria herida. Y, sin embargo, por los desolados cámpos de fútbol, abandonados hace tiempo y en los que crece la maleza, se pasean las sombras de ilusiones y angustias ya perdidas. Como, por los paisajes de Bailén, Navas de Tolosa o Calatañazor, aunque allí no aparezca nadie, aletea todavía el fragor y la violencia del odio. Lugares marcados por presencias que se fueron, pero que dejaron ahí, como una huella, el trazo invisible de historias y relatos inquietantes.

Ahora Bleda y Rosa han dado una vuelta de tuerca a su trabajo. Se han embarcado en un nuevo proyecto, Origen, con el que tratan de seguir rastreando indicios, huellas, trazas. Pero, en este caso, se trata de huellas de otras huellas, rastros de otros rastros. "Un paseo", como han dicho ellos, "por los lugares donde en algún momento se situó el primer hombre". O, de forma más precisa, por los lugares donde, en algún momento de los dos últimos siglos, se encontraron sus restos, a partir del descubrimiento, en el valle de Neander, del que se denominóHomoneanderthalensis. Y, así, Bleda y Rosa han recorrido Zoudikan, Orce, Cueva de l´Arago, Altapuerca, Neander, Sitges y Les Eyzies de Tayac en busca del trazo del Hombre de Pekín, del Hombre de Orce, del Hombre de Tautavel, del Homo antecessor y del neanderthalensis, del Hombre de Cro-Magnon. Y, frente al recurso tan habitual y tan infantil de llenar estos espacios con supuestas animaciones de ese "primer humano", Bleda y Rosa han mostrado los espacios vacíos. Los mismos espacios en los que se supone que ese "primer humano" estuvo, pero que, aunque ahora no está, ha quedado el trazo de su presencia fantasmal. Y, además, en forma de andamios, excavaciones, escaleras o catas, el trazo de nuestra obsesión por encontrarnos en ese origen que perdimos para siempre y que, hoy, apenas puede ser poca cosa más que la única teogonía a la altura de nuestra propia precariedad.

Porque, en esos lugares marcados por la presencia, ahora invisible, de los primeros humanos, se está inscribiendo un palimsesto con nuestra propia presencia actual, obsesionada y fascinada por ese origen que siempre huye, desplazándose hacia atrás en el tiempo. Y a esos lugares llegamos ahora, como llegan ahora las fotografías de Bleda y Rosa, para constatar, de nuevo, la presencia espectral de lo que se fue. Y la presencia, también espectral, de esas teorías paleoantropológicas con las que, a propósito de cada nuevo hallazgo, debió rehacerse el relato de nuestro propio origen: de ahí lo inquietante de esta nueva serie. Porque, ahora, lo que queda en las fotografías de la serie Origen, de Bleda y Rosa, ya no es sólo una caligrafía formada por los trazos de esos humanos que habitaron ahí, y desaparecieron, sino esa otra caligrafía, superpuesta a aquélla primera, formada, a un tiempo, por relatos genealógicos con pretensión de explicación teórica y científica, frágiles en su provisionalidad, y por relatos materiales de una búsqueda interminable. Indicios, indicios, indicios.

Lugares cada vez más marcados. Ahora, por tres inscripciones: la inscripción humana de entonces, de cuando ese "primer humano" que pronto deja de ser el "primero"; la inscripción de la teoría y el relato que pretendía darle sentido en la narración de una continuidad imposible, por reconstruida; y la inscripción, finalmente, de nuestra voracidad de ahora por llegar ahí, donde eso, fuera lo que fuera, sería "lo primero". Nos cuesta -y nos duele- en el relato de nuestra propia historia, reconocer que cada vez nos remontamos más hacia atrás. Casi con el mismo vértigo que sentía Aristóteles cuando, remontándose en la cadena de las causas, le exigía al pensamiento que "es preciso detenerse". Aristóteles, para no sucumbir al vértigo de un retroceso infinito, puso ahí, para detenerse, algo que denominó primer motor inmóvil y que luego, otros, llamaron dios. Nuestras ciencias del origen, hoy, van poniendo, en ese sitio siempre desplazado hacia atrás, también para no sucumbir al vértigo, marcas precarias cada vez más difusas y endebles. Más frágiles, más espectrales, como eso que queda de nosotros cuando miramos hacia atrás.

Enviado el 28 de Octubre. << Volver a la página principal <<

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