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Octubre 01, 2005
Principios de un « arte gagá » - Fernando Castro Flórez
Originalmente publicado en | ABCD las artes y las letras |
Tristan Tzara comenzó el Manifiesto del señor Antipirina calificando a Dadá como «nuestra intensidad», para añadir que es algo que permanece dentro del marco de las debilidades europeas, «una cochinada como todas, pero, de ahora en adelante, queremos cagarnos en diversos colores para ornar el jardín zoológico del arte de todas las banderas de los consulados». Desde el balcón de Dadá, uno puede oír marchas militares «y descender cortando el aire como un serafín en un baño popular, para mear y comprender parábola». Cagar y mear, actividades comunes y ?como sabemos? urgentes, que unos sujetos talluditos, aunque un tanto infantilizados, convierten en acontecimientos subversivos.
Como en un circo. En los desmadres dadá se acumulaban los activistas, como directores de circo chiflados: Hans Arp, Hugo Ball, Emmy Hennings, Richard Huelsenbeck... Una turbamulta vertiginosa, extremistas anárquicos que deliraban en la calle Spiegelgase, justamente en la que vivía Lenin, que desde su tablero de ajedrez debió contemplar algunas de las barrabasadas de aquellos incontinentes entregados a la «selfcleptomanía». «Los verdaderos dadás están contra DADÁ». No es, ni muchos menos, cosa seria: se trata del único préstamo que no rinde nada. En realidad, como declara Tzara en el manifiesto de 1918, «Dadá no significa nada». Algunos se quedaron desde el principio hipnotizados por la palabra: los etimólogos y los periodistas perdían el culo buscando el significado. Y resulta que ?como el pequeño y feo activista del Cabaret Voltaire escribe? uno se entera por los diarios de que a la cola de una vaca santa los negros Krou la llaman Dadá, palabreja que en cierto lugar de Italia designa tanto al cubo como a la madre, mientras en ruso es, también en rara dualidad, un caballo de madera y la nodriza.
Arp certifica que Tzara encontró la palabra el 8 de febrero de 1916 a las seis de la tarde en el café Terrasse, de Zúrich: «Yo estaba presente con mis doce hijos cuando Tzara pronunció por primera vez esa palabra que desencadenó en nosotros un legítimo entusiasmo. [...] Estoy persuadido de que esa palabra no tiene importancia, y que sólo los idiotas y los profesores españoles se interesan por las fechas». Me lo temía, aún sabiendo que clasificación significa pestilencia.
Para mear y no echar gota. Desde el desdén, y acaso el aburrimiento, Duchamp envía un urinario que es rechazado por el comité, del que, por cierto, él mismo forma parte, de la exposición de los Independientes de 1917. Su amigote Francis Picabia titula de forma blasfema una mancha de tinta La Sainte Vierge y, para colmo de males, Cravan, el gigante «crítico» de Maintenant, convierte una conferencia en un espectáculo de bufopugilismo y, además, comienza a desnudarse ante el escándalo del respetable. «Un expositor ?escribe Georges Hugnet en La aventura Dadá? que envía un urinario, un conferenciante que se quita los pantalones, todo esto es poco serio. El arte se va a la mierda». Veinte años antes se había levantado el telón para que Ubú Rey avanzara con andares de pato hacia las candilejas y soltará la primera y definitiva palabra: «Merdre». Tras un cuarto de hora de pateos, abucheos e incluso puñetazos, los actores pudieron, mal que bien, proseguir. Desde la patafísica de Jarry, el escándalo nos despierta de la modorra. Aunque el mismo público que, según una crónica del Basler Nachrichten de abril de 1919, silbó, grito, arrojó monedas, cáscaras de naranja e insultos al escenario, y armó jaleo con los pies y las sillas, ante un provocador poeta dadá, se quedó estupefacto cuando el protagonismo recayó en un maniquí al que hicieron oler un ramo de rosas antes de rendirlo como imponente homenaje en el suelo. Gracias a Dadá la gente se desahogaba y tal vez comprendía. Renée Dunan indicó que el autor dadaísta puede ser lo que quiera: «Loco, bicéfalo, notario, tetrápodo, bolchevique; deshollinador o paralítico; onírico o paranoico». Sobre todo notarios del gallinero mental.
Tzara acuñó una afortunada expresión para dar cuenta de la simplicidad activa dadaísta: el estado del «mimportacarajismo». Los cínicos, aquellos que mean contra el viento del idealismo, manifiestan una enorme desconfianza ante la comunidad; gritan como posesos su necesidad de independencia. En el primer cuplé dadaísta ?realizado por Walter Mehring? se sucede una muchaca que agita una cinta escocesa y «un tipo que regatea en un prostíbulo». Individuos casi candorosos, ineptos que «sólo cometen abusos». Algunos hablaron del babaísmo o del gagaísmo, mientras un periodista de Bremen lo tenía clarísimo: «Hoy la confusión es el signo del tiempo. Estamos en la era del balbuceo dadaísta».
Preparar la gran pira. Los dadaístas no tenían nada de sentimentales. Ellos estaban preparando el gran espectáculo del desastre, el incendio y la descomposición. Eran estrictamente desertores entregados a una labor desmoralizadora, expertos en la burla incapaces de discernir entre los grados de claridad: «Lamer ?escribe Tzara, para luego gritar en la escena del escándalo? las penumbras y flotar en la gran boca llena de miel y de excremento». Dulzón y nauseabundo, mala dieta para tiempos dramáticos. En buena medida, los dadaístas sofocaron las tendencias lloronas del Arte, porque todo lo que se filtra desde esa trascendencia es «diarrea confitada». Es curioso que el pregonero del asco dadaísta incite a desplegar un trabajo destructivo y negativo que se resuelve en barrer y asear: «La limpieza del individuo se afirma después del estado de locura, de locura agresiva, completa, de un mundo dejado en manos de bandidos que desgarran y destruyen los siglos». La locura indomable, sin fin ni designio. Pero, como señalara Hans Baumann de forma censora en torno a Baader (tipejo que sostenía que «el Presidente del Globo terrestre está en el retrete de dadá»), estar internado en el manicomio no es nada especial. Además, al público le interesa los que van de locos. Algunos resulta que al final están obsesionados por pagar el alquiler y, con lo que sobre, comprar una combinación a su mujer. Lo malo es que, por culpa de los canallas, uno termina por gastarse los escasos beneficios en un burdel. Huelsenbeck señalaba en la introducción del Almanaque Dadá (1920) que Dadá no se puede comprender, «hay que vivirlo». Allí campa sin limitaciones lo grotesco y contradictorio, esto es, la vida. Esta especie de propaganda anticultura surgía tanto de la honradez como del asco. Tzara se presentaba sin florituras como un idiota, un bromista: «Soy feo. Mi cara carece de expresión. Soy pequeño. ¡Soy como todos ustedes!».
El futuro está en la risa. Los dadaístas asumieron el destino nietzscheano esbozado en Más allá del bien y del mal: aunque nada hoy tenga futuro, «quizás tenga futuro precisamente nuestra risa». Hay que asumir el papel de parodistas de la historia universal y bufones de Dios; entregarse al desenfreno carnavalesco. Cuando los críticos preguntan «¿Qué hacer?» se consigue inmediatamente el estreñimiento exclusivo. En el Cabaret Voltaire, el 14 de julio de 1916, Tzara manifestó, ante una multitud compacta, el deseo de «orinar en distintos colores». El antifilósofo ?por si no teníamos suficiente mugre? escupe sobre todo. Esto era un cóctel de rebeldía y nihilismo, vale decir, un pitorreo. Dadá impone sus dudas, presenta lo heteróclito o ?para no andar con rodeos? la basura como esa que acercaba el maloliente Schwitters a la mirada asqueada de Breton. Por lo menos el dadaísmo fue capaz de revelar un gran secreto: «El pensamiento se hace en la boca». En última instancia, Dadá trabaja con todas sus fuerzas «para la instauración del idiota en todas partes». Lo han conseguido. Aúllan. Los dadaístas, como advirtiera Gómez de la Serna, guardián humorístico de la cripta de los ismos, se confabulaban en el insulto. El carácter dadá es encantador. L.H.O.O.Q. Por respeto a lo menores, no descifraremos el asunto.
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