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Noviembre 19, 2005

Anuncios , necrológicas y perplejidades artísticas - Fernando Castro Flórez

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El 27 de agosto de 1978, publica Ernesto Giménez Caballero, en ABC, el texto Tarde en Cuelgamuros, en el que recuerda cómo se había acercado al Valle de los Caídos, donde le pidió al abad que le permitiera profesar allí como el último de sus fraticelos, pues quería estar cerca de las tumbas de tan legendarios muertos, «como humilde evangelista y doctrinario que fui suyo»; ahí no quedaba la cosa, porque el visionario que pretendió catolizar el nazismo casando a Pilar Primo de Rivera con el Führer, deseaba recibir sepultura en lo que calificó como «hipogeo carpetano». El inspector de alcantarillas, el «memorioso» dictador que mezcló, a su manera, casticismo y vanguardia, tenía claro, aún en sus delirios, que, a esas alturas, lo que se cernía sobre España era el Apocalipsis, y solo podía confiar en que los combatientes regresaran ?espectralmente, todo hay que decirlo? sobre caballos blancos para separar las siete cabezas del dragón, o que bien un ángel levantara en alto «la nación redimida». El tiempo no jugaba en ningún sentido a favor de este incorrecto. La amnesia, el pacto y la mitologización de la transición habían generado contundentes efectos.

Poca «audiencia».
La idea de que «estadista» equivale a «artista», o de que el genio de España estaba entre el Escorial y la Santísima Trinidad, no podía tener, en el comienzo del «entusiasmo», muchos seguidores; hacía bien, tenemos que reconocerlo, en dirigirse a la vida monacal.

El imperio de lo ornamental.
Si en los años setenta pudo parecer que la insurgencia artística conseguiría «asentarse» ?desde los míticos Encuentros de Pamplona a la canción-protesta? lo cierto es que la forclusión de lo acontecido llevaría irremediablemente hacia el imperio (democrático) de lo ornamental, el encefalograma plano de la crítica y, lo peor de todo, el arribismo de la juventud glamurosa. Basta, para amargar la imagen de los últimos treinta años, recordar momentos como la Movida (verdadero batiburrillo de la cursilería y el pseudo-punk); el encumbramiento de la pintura pastelera de Barceló; la decisión museística de negar el agua en la travesía del desierto del conceptual (a la que viene a sumarse la puntilla del desastre curatorial perpetrado ahora por Rosa Queralt en un MNCARS tuneado); la mixtificación de ARCO como remedio para todos los males, meca del «internacionalismo» y hoguera de las vanidades; el florecimiento vertiginoso de museos en todos los rincones del solar patrio y, como era lógico, la llegada masiva de cínicos, charlatanes de cuarta, artistas del maquillaje y vendedores de humo. No me dejo llevar por ninguna nostalgia, sino por la rabia, al zappear la esplendorosa época en la que acaso me he comportado como un colaboracionista. ¿Qué es lo que ha permitido la epifanía de Torrente o la inclusión de Susy Gómez, por citar una nimiedad estética, en museos y galerías de presunto prestigio? No tengo ninguna respuesta mejor que la siguiente: la razón de que estemos ?por emplear una expresión? cara a Beckett, rumbo a peor, es la epidemia de la tontería, el silencio cómplice de los que tendrían todavía algo que decir y la meritocracia de los mediocres. La consigna fue la de tirar para delante sin mirar atrás, no fuera a ser que nuestra suerte remedara la de Orfeo. Había que olvidarlo todo, cuanto antes mejor, y ponerse el disfraz posmoderno, so pena de transformarnos en apolillados agoreros.

No somos nadie.
No paran de escucharse los lamentos de unos y otros al comprobar que «no somos nadie» en el concierto internacional, salvo si tiramos de chequera (vale decir: pólvora del rey) y pagamos desde los canapés a los tornillos para colgar los cuadros en un sacrosanto espacio allende nuestra piel de toro. Pero es que la imitación snob o el plagio descarado de lo que hacen los artistas del mainstream no puede producir otra cosa que hilaridad. Carecemos afortunadamente de exotismo y, por otro lado, muchos de los planteamientos estéticos que proliferan revelan el oportunismo, la irreflexividad o el tedio abismal. Son poquísimos los artistas que han sido capaces tras la muerte de Franco de enfrentarse ?rigurosamente o incluso de forma lúdica? a la memoria histórica, sobre todo cuando esas dos palabras están anatematizadas. Si Francesc Torres se aproximó a Belchite o, en su instalación en el Reina Sofía, al coche de Carrero Blanco reducido a un amasijo tras el atentado que le costó la vida, Marcelo Expósito recogió en su muestra en la Gallera de Valencia (1998) una importante serie de trabajos en torno al tardofranquismo y la transición, como por ejemplo No haber olvidado nada (1996-1997), realizado en colaboración con Gabriel Villota y Arturo Rodríguez, donde ofrecen una deconstrucción del discurso ideológico institucional sobre el periodo histórico de la «fundación» de la democracia en España.

La democracia mitológica.
«Efectivamente ?declara Eduardo Subirats en una entrevista incluida en ese vídeo que acabo de mencionar? ha habido a través de los medios una mitologización de la democracia que permite crear bajo sus imágenes un simulacro de un origen sagrado y ocultar dos cosas importantes: ocultar los deseos, las frustraciones, la amargura, las esperanzas sociales que caracterizaron las décadas, las cuatro largas décadas de la dictadura de Franco, por un lado; y, en segundo lugar, ocultar aquellas raíces profundas, culturales, históricas... Religiosas, filosóficas... que han hecho y harán posible formas de organización totalitaria o autoritaria de la sociedad». Esa ocultación no ha sido inocente o accidental. Antes al contrario, se ha ejecutado con la misma frialdad y tosquedad con la que procedían los «ejecutores de sentencia» que Basilio Martín Patino retrató prodigiosamente en Queridísimos verdugos (1973). En el patio del PS1 , en el seno del denostado Real Royal Trip, Fernando Sánchez Castillo enterró una escultura ecuestre de Franco, alegorizando el cincuenta aniversario del pacto firmado con Einsenhower que supuso, entre otras cosas, el ingreso de España en la ONU. «La Historia reciente de España está intentando eliminar de las calles ?escribe Sánchez Castillo? el exceso de signos y símbolos de la época de Franco. Yo me pregunto dónde los almacenan, y me gustaría experimentar para averiguar si el arte puede utilizarse como restos de los ladrillos de nuestra Historia del arte».

Borrar la pizarra.
El mismo artista se puso a jugar en la performance titulada Renacido (1999), con una falsa piedra en el Valle de los Caídos, mientras, según confiesa, imaginaba la destrucción «de este oscuro episodio de la Historia española». No es fácil, lo sabemos, borrar la pizarra. Allí puede haber de todo, incluso la desafiante frase de «tonto el que lo lea». La Historia puede repetirse como farsa, cuando, por ejemplo, las Costus van al valle a recrear el monumento de marras, llegando a convertir a Tino Casal en el mismísimo Caudillo. No es extraño que Antoni Muntadas, en los lejanos y velados años setenta, tuviera que asumir la condición del que vuelve a casa después de haber estado en el extranjero y solicitar, en la sección de anuncios de un periódico, información para enterarse de qué ha pasado. Por lo que parece, tan sólo llamó un despistado, que además hizo constar su perplejidad ante un requerimiento que no entendía. Tras el desconcierto vendría ?lo hemos comprobado? una amnesia a todas luces «deseada».

Otro artista obsesionado con el Escorial, como aquel que quiso convertirse en monje junto a la tumba de Franco, dejó que su verbo delirante fluyera el 27 de septiembre de 1975: «Personalmente ?dijo enfáticamente Dalí? estoy en contra de la libertad y a favor de la Santa Inquisición. La libertad es una mierda, y por eso todos los países fracasan cuando hay un exceso de libertad». No es extraño que los artistas más jóvenes lancen las piedras por los aires sin miedo a que les aplasten o que otros se pregunten «pero, ¿quién era Franco?». Cabrían muchísimas respuestas eruditas o clamorosos silencios, pero el mismo paranoico-crítico catalán nos regala una fórmula envenenada: «El próximo siglo, cuando los niños pregunten quién es Franco, oirán esa respuesta: era un dictador que existió en la época de Dalí». Aviados quedamos, impulsados, de rebote, más que al convento umbrío, al cochambroso motel en el que han convertido al Azor.

Enviado el 19 de Noviembre. << Volver a la página principal <<

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