« El cuerpo como voluntad y representación - DOMÈNEC FONT | >> Portada << | Videojuegos: Fuera de la pantalla - Javier Montes »

Noviembre 05, 2005

Bienal de Estambul, Autenticidad falsa - RENATA SALECL

Originalmente en CULTURA|S

La bienal de Estambul forma parte de la serie de multitudinarios encuentros artísticos que suscitan una atención cada vez mayor en el mundo del arte internacional. No es difícil imaginar la razón. Turquía es un país percibido con frecuencia como la esencia de la frontera entre Oriente y Occidente. Y los recientes debates políticos sobre su ingreso en la UE añaden un sabor especial. Los dos comisarios de la última bienal de Estambul, Charles Esche y Vasif Kortun, reflejan también esta confluencia entre Oriente y Occidente: uno procede de Europa occidental, y el otro, de Turquía.

Esche y Kortun decidieron sugerir a los participantes que centraran sus obras en la propia ciudad de Estambul. Los artistas tuvieron la oportunidad de pasar cierto tiempo allí antes de la bienal para elegir luego entre sus obras alguna que reflexionara sobre los dilemas de la ciudad o desarrollar un proyecto nuevo relacionado con el lugar. Con el fin de situar las obras en un emplazamiento más auténtico, los comisarios han elegido por toda la ciudad diversos lugares reales y los han convertido en galerías para la ocasión. Una parte de la bienal está emplazada en un viejo depósito portuario junto al Bósforo, otro de los lugares es un destartalado edificio de apartamentos en el centro, un tercero es un viejo almacén de tabaco, otro es un desocupado edificio de hormigón cuya función real es difícil de imaginar y otro más es una recóndita sala de teatro en un viejo edificio italiano. Así, visitar la bienal significa que hay que andar mucho y buscar unos lugares desconocidos para la mayoría de habitantes de Estambul. Tomar un taxi de un emplazamiento a otro puede convertirse en una experiencia intimidante.

Dado que en el arte de hoy la experiencia estética no procede sólo de la contemplación de piezas particulares, sino del modo en que se expone el arte -es decir, de cómo se pone en práctica una idea concreta de la muestra artística-, la visita a la bienal plantea la pregunta sobre la clase de efecto estético que han querido lograr los comisarios colocando obras en lugares apartados. Las bienales anteriores utilizaron extraordinarios lugares históricos; los actuales comisarios han querido oponerse a esa mirada romántica sobre Estambul y han utilizado lugares más reales. En la época de los reality shows, no sorprendeque los comisarios intenten seguir el mantra de la realidad. Ahora bien, esta búsqueda la realidad no es algo nuevo. Hace ya décadas que los viejos almacenes se transforman en espacios artísticos donde debe preservarse a toda costa la decrépita naturaleza del edificio. En la bienal de Estambul es muy agradable ver los entretenidos dibujos de artistas como Nedko Solakov y Dan Perjovschi o caminar sobre las maravillosas alfombras de Paulina Olowska en un viejo apartamento reconvertido en galería de arte. Ver las fotografías de la frontera palestino-israelí de Ahlam Shibli, contemplar un vídeo de las zonas industriales de El Cairo realizado por Hala Elkoussy o escuchar la instalación sonora de Pavel Büchler sobre El castillo de Kafka es una experiencia fascinante por el entorno en que estaba situado. Pero el visitante aún tiene una pregunta: ¿de qué va en el fondo esta búsqueda de la realidad? ¿Son los viejos almacenes portuarios esa quintaesencia representada por Estambul?

Estambul es desde hace algún tiempo la capital de lo falso. Cualquier objeto de marca convertido en deseable por la moda occidental acaba copiado en las fábricas turcas. En EE.UU., Disneylandia introdujo la idea de que no era necesario visitar los lugares de verdad cuando ese parque temático ofrecía una réplica mucho más divertida. Umberto Eco llegó incluso a la conclusión de que Disneylandia difunde lo falso como algo más auténtico que la realidad. Lo que convierte también las copias de los productos de moda que se encuentran por las calles de Estambul en más auténticas que los objetos reales es su precio. Aunque parezca que se trata de uno de los pocos lugares en que no pagamos un sobreprecio por la marca del producto, no debemos olvidar que la falsificación realiza a largo plazo propaganda gratuita del fabricante original. Como señala Naomi Klein en su libro No logo, es a causa del efecto publicitario de la copia que los fabricantes no llevan hoy en día a los falsificadores ante los tribunales.

El hecho de que la bienal de Estambul haya decidido ir en pos de lo auténtico y ocupado almacenes vacíos como lugares de exposición encaja bastante dentro de la idea de cómo funcionan los reality shows. En ellos, no es que veamos cómo es la vida de verdad; y, en especial, su aburrimiento. Lo que vemos son protagonistas que intentan actuar: analizan cuidadosamente lo que atrae al público y luego, en vez de presentar su imagen más auténtica, intentan interpretar a la persona que el público puede considerar más interesante. Si preguntamos a los habitantes corrientes de Estambul cuáles son los lugares auténticos de la ciudad, dudo que nos respondan un decrépito edificio de apartamentos. Supongo que los comisarios de la bienal de Estambul han actuado de modo similar a los protagonistas de los reality shows y han ofrecido a los visitantes una puesta en escena de la realidad de la ciudad que atrae a la mirada occidental. Para nosotros, occidentales amantes del arte, tiene su encanto buscar por el laberinto de las calles estambulíes los recónditos espacios expositivos, mientras los habitantes habituales de esas calles nos miran como si fuéramos una tribu procedente del espacio. No deja de resultar divertido que al final seamos los visitantes (muy reconocibles por nuestras ropas a la moda) los exhibidos en la exposición.

Afortunadamente, los lugareños sacan algún beneficio porque el público occidental llena los cafés de la zona.

Junto al principal espacio portuario de la bienal, frente al Bósforo, está situado el nuevo museo de arte moderno de la ciudad, el Istanbul Modern. La impresión que producen el nombre y el diseño es que estamos ante una réplica de la Tate Modern. En la planta baja hay una colección de arte contemporáneo internacional organizada por Rosa Martínez, y las demás plantas albergan una colección de arte turco. La colección internacional presenta las principales obras de arte kosher que han dominado el panorama artístico en la última década: Anish Kapoor, Christian Boltansky, Jeff Koons, Santiago Sierra, etc. Exhibiendo a estos artistas el Istanbul Modern pone de manifiesto que tiene dinero para comprar obras de arte reconocidas y que no quiere arriesgarse con algo nuevo; la exposición de arte moderno turco, por su parte, decepciona en todos los niveles. Parece una empresa muy provinciana carente de una idea clara de lo que tiene que ser una colección nacional. Ahora bien, el hecho de que en el edificio encontremos una obsesión por la marca similar a la que vemos en la Tate Modern, donde la venta de recuerdos con su logo parece más importante que la exhibición de arte de calidad, muestra que este museo representa la ciudad más auténticamente que la bienal. El Istanbul Modern parece un adecuado lugar posmoderno de culto a la idea de lo falso. El lujoso estilo minimalista, el arte correcto, la elegante tienda y el sofisticado restaurante transmiten la sensación de la prosperidad turca. Y mientras se degusta un delicioso almuerzo en el restaurante de la última planta es posible ver un auténtico reality show en el que los estibadores descargan los enormes barcos atracados en el puerto junto al museo.

Estambul es una ciudad fascinante por su multiplicidad de capas: hermosos edificios históricos que se entremezclan con la extrema pobreza de los barrios de chabolas, especias orientales junto a falsos productos de marca occidentales, pobres que pescan desde los puentes que unen la parte europea y la asiática y ricos que pasan zumbando con sus lanchas por el Bósforo. La artística multitud que acudió a la inauguración de la bienal quedó sorprendida cuando, tras recorrer los barrios pobres en busca de los lugares de exposición durante el día, por la noche fueron invitados a los clubs nocturnos más elitistas. Esa parte de la bienal es la más difícil de comprender. Supongo que los ingresos de las carísimas bebidas no fueron a parar a los pobres cuyos barrios se habían convertido en nuevos lugares artísticos. ¿Quizá los dueños privados de la bienal desearon que los de su clase obtuvieran algunos rendimientos en metálico?

Enviado el 05 de Noviembre. << Volver a la página principal <<

Comentarios

Publicar un comentario

Gracias por registrarse, . Ahora puede comentar. (salir)

(Si no dejó aquí ningún comentario anteriormente, quizás necesite aprobación por parte del dueño del sitio, antes de que el comentario aparezca. Hasta entonces, no se mostrará en la entrada. Gracias por su paciencia).


¿Recordarme?