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Noviembre 05, 2005
El cuerpo como voluntad y representación - DOMÈNEC FONT
Originalmente en CULTURA|S

Querido Reiner,
Al frecuentar tu obra para este blues de aniversario me salen al paso dos gestos onanistas. El primero exhibiendo tu cuerpo desnudo con tu amante Armin Meier, tomando droga y vomitando en Alemania en otoño (1977), ese filme colectivo relacionado con la paranoia de un país poseído por la pantalla diabólica del terrorismo. El segundo exhibiendo tu cuerpo como una masa extraña, el rostro abotargado de droga y alcohol, buscando apoyo en el hombro de Rosel Zech para recibir el Oso de Oro en Berlín por La ansiedad de Veronika Voss "no llegaré a los 40", decías- porque conocías el alcance de toda apuesta arriesgada, de un modo de vida y de ficción abocados al exceso (como Pasolini, otro exorcista). En ese frente movedizo el paso al acto siempre está cerca.
Sabrás que tras tu indecorosa salida de escena en 1982 se han iluminado los focos de una obra cuya acidez y temeridad encuentra resonancias con la propia existencia. Los espejos, tan caros a tu admirado Douglas Sirk para amueblar tortuosos melodramas, testimonian en tu caso mezclas explosivas de vida y representación, una cadena de pulsiones, culpabilidades y procesos histéricos que acaban delineando un sistema: el cine como acto doméstico. No en la versión naif y set-com de hoy, sino como deseo lúcido y lúbrico de escenificar historias con los que te rodean para, luego, poderte acostar con las películas.
Buena parte de las monografías coinciden en resaltar tu modo de ser sádico y autoritario, autodestructivo y dilapidador de vidas ajenas, en especial las de tus amantes suicidados Armin Meier y El Hedi Ben Salem. A esos partenaires habría que añadir el nombre de Gunther Kaufman, en cuya sombra se propaga la tensión sexual del juego de damas de Las amargas lágrimas de Petra von Kant (1972). Y Harry Baer y Kurt Raab, activos colaboradores de tu obra (en calidad de art-director y asistente, además de figurantes) convertidos posteriormente en escribas más o menos agrios de tus febriles escándalos.
Hay mucho de teatro de la crueldad en este espíritu de familia. Con una extraña pero estable troupe de actores y técnicos, con un trasiego de nombres, personajes e historias, con un amasijo de resonancias dando lugar a una comedia humana reciclada de película en película. Y sin embargo en esta heterogénea sociedad secreta, que renueva la foto de grupo del Action Theater y el Antiteater de Munich de finales de los sesenta, se instalan los virus. Tus comediantes tienen un aire espectral como si estuvieran hipnotizados o bajo el efecto de alguna droga. Antes que actores, parecen efigies al borde del agotamiento depresivo, marionetas que propagan posturas para sacar del anonimato cuerpos porosos, modelos bressonianos bañados en la iconografía gay y el erotismo sulfuroso. Películas como Atención a esa prostituta tan querida o La tercera generación,separadas por diez años de distancia pero no por el núcleo temático (un equipo de rodaje, un grupo terrorista: el mismo cuerpo de actores en estado de flotación), parecen representar esta función de terapia común: movimientos en rotación, entre la histeria y la apatía (un vaivén entre el interior y el exterior de los cuerpos como en el cine de Cassavetes), buscando una historia y unos personajes como presas. Y donde los actores parecen actuar como personajes de la ficción al tiempo que sus prisioneros.
Un baile de vampiros. En este edificio apuntalado sobre identidades sexuales es fácil apropiarse de la figura del vampiro. Entiéndeme. No quiero situarte en la familia de los desmodóntidos aunque vivas la noche despierto e hiperactivo como los murciélagos; tampoco he visto en ti una dentadura incisiva y desde luego la topografía que frecuentabas no pasaba por Transilvania sino por los lindes de la gay life de Munich o Berlín. Eso sí, el vampiro contemporáneo necesita una succión o desvitalización a distancia para sobrevivir, una voluntad absorbente y posesiva que, a la postre, delata una dependencia hacia la víctima. Y a mí me parece que tu vida y tus películas abrazan esa catarsis dependiente sobre la base de la vampirización sexual que ejemplifica aquella máxima tan invocada por Ingmar Bergman: "como es bien sabido, el director del circo de pulgas permite a sus artistas que le chupen la sangre" (todavía me acuerdo de Lou Castel, tu cineasta alter ego en Atención a esa prostitua tan querida gritando: "entre todos me estáis chupando la sangre"). No soy el único en buscar analogías. Sabrás que las feministas han reprochado los diferentes modos de alienación de la mujer en tu cine relacionando la mudez de Marlene de Las amargas lágrimas de Petra von Kant con la mudez de Elisabeth en Persona.A las feministas les cuesta admitir que tu seas Petra von Kant y no pueden celebrar tus aquelarres entre femmes fatales - Maria Braun, Lola, Lili Marleen o Veronika Voss- sujetas a la dialéctica amoesclavo y sus servidumbres. Ellas prefieren la bendición de Lacan a la de Hegel, la fuerza identitaria a la encarnación incumplida de un vampiro como Erwin/ Elvira, el transexual desesperado de Un año con trece lunas masturbándose sobre la cama con la música de Wagner o jugando con Schopenhauer ( "esa representación que llamo mi cuerpo y del que soy también consciente como voluntad") en el patio de un convento.
Lo que realmente satisface el espíritu es el nivel de artificio que ese juego propone. Artificio y fuego fatuo en torno a los cuales rotan, se destacan o se avasallan tus propuestas de escritura de la imagen. Lo que fascina de tu obra es su vertiente impura, su condición de delirio navegando entre contención dramática y gestualidad histérica, el tono gélido y la intensidad contrastada en la caligrafía de tus operadores Michell Ballhaus o Xavier Schwarzenberger (esas escaladas cromáticas que adornan los infiernos del burdel de lujo de Lola en pleno corazón del milagro alemán o las luces sombreadas y llenas de reflejos que puntean tu versión televisiva de Berlin Alexanderplatz). No podía ser de otro modo. Sabes que el melodrama hay que merecerlo (por ahí van los modales de tus seguidores, de Almodóvar a Wong Kar Wai): hacen falta muchas disolvencias y desenfoques para moverse en la espiral frágil de los sentimientos, por esa tela de araña de la pasión en la que el espectador es vigilado y no complacido.
Cine, teatro, televisión. Sigo preguntándome como has podido encontrar tiempo y energía para esta gran lección de disidencia que sigue siendo hoy un referente ineludible de la cultura contemporánea. Ya sé: manteniéndose despierto e hiperactivo todo el tiempo - "ya dormiré cuando esté muerto" le decías a Harry Baer- y buscando la extenuación febril, ese tumulto placentero de la fiebre que Thomas Mann defendiera en La montaña mágica. Está bien, veinte años después ya hemos medido este accidente y nos debes una venganza retroactiva. Deberías despertar de nuevo aunque sólo fuera para enseñarnos cómo se vive en el filo de la navaja en este tiempo de frigidez donde todo parece borrarse de las conciencias. Pero eres tan provocador y cínico que no me harás caso y seguirás dormido. O caracoleando en un espacio irreal, desértico y desencarnado buscando la nieve que quema. En fin... Cada uno elige la manera más oportuna de estar en el mundo. Espero al menos que al recibo de la presente estés bien como yo lo estoy gracias a Dios.
Enviado el 05 de Noviembre. << Volver a la página principal <<
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