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Noviembre 05, 2005
Entre mis recuerdos - Jose Manuel Costa
Originalmente en abc.es
Esta es una exposición extraña. Así, al pronto, no parece existir mayor relación entre las obras presentes, pero tampoco se introduce esa sensación tantas veces repetida de una mera acumulación, cuya excusa puede ser generacional, nacional o de cualquier otro tipo. Es una exposición donde las obras respiran y, aunque hablen muchos lenguajes, la esperanza es que, dejándolas conversar, acabarán entendiéndose en una armonía que, ojalá, pueda llegar al espectador.
La sala de exposiciones de Caja Burgos, abalconada sobre la ciudad vieja, no es un lugar imponente, sino un contenedor agradecido cuyos espacios se han aprovechado como si hubieran sido diseñados para esta exposición. Esto, claro, dice bastante de quien la ha confeccionado y montado, Armando Montesinos, pero también de los arquitectos que la idearon.
Dicho lo dicho, no queda más remedio que pasar a las obras, escuchar lo que tienen que contarnos, conmovernos, interesarnos, fascinarnos? Esas cosas que provoca el arte.
El regreso de maldonado.
La primera entrada es fuerte. Por varias razones. Se trata del regreso de José Maldonado, uno de los más interesantes artistas surgidos en la segunda mitad de los 80 y que decidió dejar el arte durante unos seis años. Contratiempo es un buen retorno, contundente. Lo que se ve es una superficie negra muy reflectante y como estriada que ocupa toda una pared. Se trata de una cinta de vídeo específica desenrollada (varias veces, 4.200 metros) y convertida así en el negativo de un lienzo. El efecto es fuerte, en primer lugar, porque recuerda a algo tan aparentemente alejado como los últimos cuadros de Pierre Soulages, puro soporte-superficie. Pero mientras en el francés la historia era la misma pintura, aquí la historia es externa, aunque igual de paradójica: esta no puede ser la forma de presentar correctamente los contenidos de un vídeo...
Pasemos a otra cosa, la sala que ocupa el pintor Alfonso Albacete. Ya es raro ver hoy en día cuadros que no se avergüenzan de serlo, pero es que los de Albacete siempre han sido conductores de ideas, aunque nunca tan conceptistas como las de Poussin. Albacete pinta geometrías, pinta arquitecturas nítidas y siempre parciales, y también pinta un vértigo donde el exterior se presenta como lo informe y desordenado, como un dripping arquetípico de Pollock.
Enrique Leal presenta un gran trabajo gráfico con Entomografías que surge de los conductos horadados por insectos xilófagos bajo la corteza de los árboles. Estas «vías» han sido coleccionadas, vaciadas, fotografiadas y reproducidas, creando formas entre concretas y abstractas que traen consigo toda suerte de asociaciones bio-psicológicas.
Gonzalo Puch suele crear estructuras alucinantes regidas por una extraña ley, no se sabe si programada o fruto de algún azar cósmico. En esta ocasión es un enorme globo terráqueo de papel arrugado, que evidentemente nunca podrá recomponerse por mucho que se intente inflarlo. No hacen falta muchas palabras más.
Butal.
La aportación de Lara Almárcegui es brutalmente conceptual: en una pared aparecen las toneladas de piedra, hierro, cristal, ladrillos mortero, hormigón, teja, asfalto, escayola o lana mineral que forman el casco antiguo de Burgos. Esta es la materia con la que se construye la Historia. La habitación de Mitsuo Miura, como siempre, es un misterio que no pretende serlo. Una pared llena de recortes de periódico, revistas y otros materiales impresos, el espacio ocupado por lo que sólo puede ser calificado como abstracciones y signos reconocibles como escritura musical. Me ocurre con Miura como con Franz West, siempre me conmuevo y nunca me atrevo a pensar que he comprendido. Así de subjetivo obliga a ser.
Jesús Palomino presenta un aparato ficticio realizado muy «cutremente» que trata de depurar los venenos que nos ha ido dejando la Historia (guerras, racismo, atentados ecológicos?). En realidad, el mismo desaliño de la instalación es una denuncia más, y quizás un aviso de esperanza: ese filtro nace de los instrumentos que cada cual pueda idear. No cabe esperar nada de una brillante máquina corporativa. Los vídeos de Juan López son una bienvenida y muy meditada gamberrada sobre el ser cotidiano del mundo del arte, y su actitud recuerda en muchas cosas la dada-punk de gente como el gran Martin Creed, crítica y corrosiva, pero, finalmente, de una ternura desarmante.
Y lo de Mabel Palacín, ya para acabar, es un vídeo de aquéllos que se ven pocos, de aquéllos a los que te quedas pegado sin remisión y en cualquier momento que los sorprendas. Es una historia extremadamente medida de encuentros y desencuentros, de uno mismo, con el pasado y el presente, con fondo de filmes clásicos y un montaje prodigioso. La música de Marc Cunningham ayuda en una de las más fascinantes obras de esta muy potente exposición, que sí, permanecerá en el recuerdo, de forma no tan difusa.
Enviado el 05 de Noviembre. << Volver a la página principal <<
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