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Noviembre 19, 2005

Una trienal algo agitada - EDWARD LUCIE-SMITH

Originalmente en LA VANGUARDIA DIGITAL

La trienal de Yokohama, que ahora celebra su segunda edición, forma parte de las nuevas exposiciones bienales y trienales que están apareciendo por el mundo. Algunas tienen como escenario lugares mucho más improbables que Yokohama. Acaba de celebrarse una en Tirana, Albania, y hay otra planeada en Luanda (Angola) para el año 2006. Estas grandes exposiciones panorámicas se han convertido en algo frecuente en el universo en expansión del arte contemporáneo.

En realidad, la nueva muestra de Yokohama ha tenido un discurrir inusualmente agitado. El director original, el gran arquitecto japonés Arata Isozaki, dimitió de improviso, alegando que la situación era caótica y que las autoridades municipales no estaban dispuestas a permitirle postergar la inauguración y darle tiempo para preparar el tipo de muestra que deseaba ver. Lo sustituyó el artista arquitectónico Tadashi Kawamata, que nunca había organizado una muestra de este tipo antes, aunque había exhibido en grandes bienales tradicionales, como Venecia, São Paulo y la Documenta de Kassel. En tales circunstancias no deja de sorprender que haya logrado montar una exposición (y más aún en el caso de una tan grande como ésa, que ocupa dos enormes almacenes de la fachada marítima de Yokohama).

La muestra es físicamente grande, pero no demasiado densa. Tadashi la ha titulado Art Circus; y de eso se trata, puesto que su intención es entretener con trucos y fantasías, más que proponerse algo profundo. Quizá sea producto de la pura necesidad, pero constituye de todos modos una evolución importante. Las grandes exposiciones internacionales, incluso las que poseen una tradición arraigada, se han convertido cada vez más en centros de entretenimiento popular en lugar de ocasiones en que uno esperaría ver arte elevado. A veces intentan justificarse con un barniz de preocupación social.

En el caso de Yokohama, quienes se ocupan en gran medida de la preocupación social son -quizá de modo sorprendente- los participantes chinos, inquietos ante el daño que el actual auge económico de China está causando al tejido social de su país. Hu Xiangcheng, conocido por sus esfuerzos por salvar al menos uno de los tradicionales pueblos de canales que rodean Shanghai, presenta una instalación llamada Infracción de código, acerca del modo en que los propietarios de casas transgreden todas las reglas oficiales con añadidos y otras modificaciones de los lugares donde viven. Para ello utiliza una multitud de pequeñas maquetas de Plexiglas, intrincados monumentos al instinto caótico humano. También presenta la propia edificación como algo relacionado con el crecimiento orgánico, incorporando viejas vigas de casas tradicionales derruidas y pedazos de madera convertidos en viveros de hongos.

No encontramos semejante seriedad en otra parte. Se entra a la exposición pasando junto a una gran escultura del belga Luc Deleu; montada para la ocasión con cuatro grandes contenedores, parece parodiar la seriedad del minimalismo de los años setenta. Tras eso, se recorre una larga avenida decorada con banderas por el veterano francés Daniel Buren. No solamente es algo que ya ha hecho con anterioridad (por ejemplo, en Pekín en el año 2004), sino que, para ser sinceros, es algo que cualquier compañía encargada de la organización de una feria haría sin que nadie tuviera el deseo ni tampoco la necesidad de decir que eso es arte.

La muestra refleja la afición japonesa por el pop-art muy endulzado. Hay una instalación del joven artista japonés Taisuke Abe, que presenta juguetes de peluche que los visitantes pueden comprar y llevarse a casa. Este gusto también florece en Tailandia. Un colectivo llamado © uratorman Inc, presenta una instalación llamada Super (M) art que ofrece diversas versiones de algunos iconos del arte moderno, como el famoso urinario de Duchamp. En ese caso, la parodia parece entretenerse con su propio fundamento.

En realidad, la parodia es uno de los principales componente de la muestra. En otra parte, se ofrece una réplica de tamaño natural del Pensador de Rodin, realizado con rollos de papel higiénico por el artista mexicano Miguel Calderón. Si uno de aburre de mirar todo el tiempo obras de arte, se pueden hacer muchas otras cosas: hay columpios luminosos en los que balancearse y, cortesía del grupo japonés COUMA, una estupenda selección de mesas de ping-pong, aunque no está del todo claro en este caso si se permiten participantes externos. El catálogo afirma sin ninguna gracia: "COUMA vive el ping-pong, no contemplándolo desde fuera, sino practicándolo como una experiencia física y metafísica".

Está previsto que la exposición dure tres meses. Me pregunto si al final no se aburrirán de estar golpeando esas pelotitas día tras día.

Enviado el 19 de Noviembre. << Volver a la página principal <<

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