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Diciembre 18, 2005

El sedentario y los nómadas - Óscar Alonso Molina

Sobre Daniel Chust Peters-. Originalmente en abc.es

Recuerdo haber escuchado hace mucho a una folclórica de raza toda su cosmovisión encerrada en una sola frase de apariencia casual: «Mi casa es mi vida, crece y muere conmigo», dijo; ahí es nada. A buen seguro que Daniel Chust Peters (São Paulo, 1965), en caso de no sonarle demasiado trascendente, bien podría transformarla en «mi estudio es mi vida, cambia y muere conmigo». Y es que, desde hace quince años, este artista brasileño emplea como única herramienta de trabajo su propio taller, al tiempo que lo ha convertido en su obsesivo proyecto y en el resultado exclusivo de todas sus especulaciones. Reformándolo, reproduciéndolo, interviniéndolo... Su espacio de creación privado deviene aquí, tautológicamente, inacabable obra en proceso, infinito work in progress. Paradójicamente estático, sedentario radical que necesita este centro fijo como punto de cualquier arranque, el artista en alguna ocasión ha presentado su método de trabajo bajo tres premisas, tan simples y faltas de imaginación que mejor suponerlas irónicas. A saber: 1) tengo una idea: reproduzco mi taller; 2) no tengo ninguna idea: reproduzco mi taller; 3) tengo otra idea: reproduzco mi taller.

Sin embargo, y a pesar de su cortedad, tal idée fixe, al referir literalmente al espacio de producción más evidente todas aquellas variables que condicionan el estatus e interés de la obra de arte, apunta ocasionales destellos de lucidez desenmascaradora en torno a la retórica del genio, el valor de uso/cambio de la obra de arte, o los determinantes condicionantes periféricos que actúan sobre su sentido y posición emblemática dentro del mundo de las mercancías. Como cuando en 2004 convertía en metálico la subvención que le otorgaba el Centro de Arte Santa Mónica con motivo de su individual allí, para realizar tres maquetas del sempiterno taller empleando billetes de cinco (el total sumaba 12.000 euros, menos el tanto por ciento de Hacienda).

Todos para adentro.
El último asentamiento de Chust Peters está en la Ciudad Condal (C/ Massens, 41, bajo); hasta allí ha trasladado diferentes personajes del «exterior» cercano que parecen aliviar un poco su empobrecedora soledad, con la esperanza de volver más permeable su endogamia doméstica, según podemos ver en las dos vídeo-proyecciones que componen la exposición: diversos músicos callejeros (Chust Peters confiesa contemplarlos melancólicamente tocar sólo para él sin que nada lo perturbe, como forma de experimentar su profunda tristeza y frustración, aunque también aquí preferimos sospecharlo irónico); dos mimos, reproduciendo en silencio la sucesión de las estáticas poses con que se ganan la vida en Las Ramblas como estatuas vivientes; un afilador, con su motocicleta convertida en taller ambulante (esto no podía pasarle desapercibido a tan agorafóbico artista); y, finalmente, un paleta que se entrega a fondo cortando con radial un bordillo hasta llenar de polvo todo el cubículo y hacerlo, si cabe, más asfixiante. Aire comprimido es, por cierto, el título de esta exposición, cuyos resortes teóricos están muy por encima del soporífero resultado, y muy por debajo del nivel medio de lo conocido de este artista.

Lo que nos espera arriba.
Si al salir de aquí el espectador se dirige a la planta superior del Palacio de Linares, podrá descubrir cómo el taller se abre -y no sólo metafóricamente- a más amplios horizontes en el trabajo realizado al alimón por Gilda Mantilla (Los Ángeles, 1967) y Raimond Chaves (Bogotá, 1963). Ambos llevaron a cabo como tarea de campo, entre los meses de mayo y agosto del presente año, un viaje por las carreteras que unen Venezuela, Perú, Colombia y Ecuador, con el objetivo de ir formalizando un singular mapa de América Latina. El resultado de su nomadeo se expresa con claridad en el título de esta muestra conjunta: Dibujando América. Notas y apuntes de un viaje de 100 días entre Caracas y Lima.

En efecto, Mantilla y Chaves, apoyándose en una poética de los gestos mínimos, apenas aprehendidos, de la fragilidad y lo transitorio que favorece el dibujo, han recopilado multitud de anécdotas sin jerarquía pero sin inocencia, consiguiendo al final hilvanar entre todas ellas una descripción llena de matices y profundidad sobre la compleja naturaleza de la cultura iberoamericana. Para lograrlo, fueron decisivos los encuentros y vivencias con las gentes que se encontraban al paso; junto a ellos, asumiendo sus voces y relatos, estos dos artistas articularon una muy sensible cartografía que rezuma humildad, humor y altura ética.

Concesión de oportunidades.
A partir de esos dibujos de dudosa autoría, enmarcados, claveteados o pintados directamente sobre las paredes, de los falsos cartelones de bar de carretera, o de los textos, recortables, collages y pinturas bajo cristal con que nos topamos desordenadamente al recorrer la exposición, no se trata de registrar al «otro» antropológico, ni de ceder momentáneamente el centro a cuanto se encuentra al margen, tampoco de una taxonomía de retales; más bien habría que pensar en la idea de conceder oportunidades para un empaste de las voces anónimas que, sin atender a su cromatismo, se acoplan incluso en micro-crónicas e intrahistorias polifónicas. Algo sólo posible gracias al desinterés -o rechazo- por la obra cerrada en torno a un centro único, identificable, estable. Es, pues, atendiendo al inmarcesible rumor del hablar en calles y plazas donde podemos enterarnos de otros restos fabulados y retazos de utopías que no pertenecen ya a un único «cuerpo», individual o colectivo.

Frente al anterior enrarecimiento de cámaras cerradas, hay algo de gimnástico y tonificante en esta marcha al aire libre, con el viento en la cara, emprendida por Mantilla y Chaves. El taller, aquí, es la calle; el itinerario, la misma trashumancia entre fronteras o atravesando continentes enteros, que esperan ser experimentados en su imposible totalidad: «Durante el trayecto dibujamos y documentamos lo que merecía ser tenido en cuenta. En las páginas de nuestras libretas hay referencia de aquello que vimos, de lo que no aparecía ante la vista pero estaba ahí, de lo recordado, lo deseado y lo más imaginando, además de algunas cosas que no existían», afirman ellos. Especular esos otros mundos posibles aquí es, como se ve, privilegio de la percepción en movimiento.

Enviado el 18 de Diciembre. << Volver a la página principal <<

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