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Diciembre 03, 2005
«Introducing» Ramón, El gato del milenio - Eduardo Chamorro
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Hay una similitud básica entre Lost in translation, la película de Sofía Coppola, y Flores rotas, la última de Jim Jarmusch: ambas recurren al mismo actor para que su presencia argumental resuelva un vacío narrativo salpicado de hallazgos minimalistas y de reiteraciones dictadas por el autismo o sometidas a su muy vidrioso imperio. Las dos películas son crónicas del autismo, azarosos testimonios de un continente extraviado y rumiante, y sólo algunos detalles de inspiración asombrosa impiden catalogarlas bajo la etiqueta del documental al que se añaden los ingredientes de una cautelosa ficción a muy baja temperatura.
Suntuosa catatonia.
Si el autismo tiene mucho que ver ?o lo parece? con una incapacidad para expresar las emociones propias y hacerse con las ajenas, el Bill Murray de Lost in translation y el de Flores rotas son el mismo personaje dando crédito y verosimilitud a dos modos bastante distintos de vivir vuelto de espaldas. En Lost in translation interpreta a un autista accidental y momentáneo, víctima de un jet lag estupendo. En Flores rotas es un autista arduamente vocacional, no tan enigmático como impenetrable, instalado en una suntuosa catatonia. Aquel Bill Murray es el efecto de una causa pasajera, un ejemplo transitorio de la errancia que puebla los aeropuertos y da sentido al camarero y a la caja de los bares de los hoteles de lujo. Este Bill Murray es la acomodada consecuencia de un fenómeno que de infrecuente tiene bien poco: no hay refugio en el éxito, ni puerto para el naufragio de los afectos o la bancarrota sentimental. Esta manera de decirlo puede que resulte algo melodramática para una película en la que el melodrama no existe. Sería más exacto decir que este Bill Murray es todo lo que queda en el fondo irredento de la cafetera italiana en la que nos hicimos o dejamos que nos hicieran los cafés de toda una vida. A diferencia de los restos del té, los del café no sirven para abonar las plantas ni para dar de comer a los conejos, por citar dos de las seis utilidades atribuidas por E. M. Forster a lo que queda de las hojitas de té.
Si hubiera algún conejo en Flores rotas, se podría hacer mención de la Liebre Marceña de Lewis Carroll, algo inquieta por lo que les sucede a los conejos en marzo. Pero no lo hay, salvo por el que se exhibe en una epifanía deslumbrante, exigida por el guión y plenamente relacionada con la atolondrada comezón de la liebre en primavera. De modo que la referencia a la liebre o al conejo se hace oblicua y algo aparatosa o forzada. Pero sí hay un gato en Flores rotas, un gato que podría ser el de Cheshire o su padre o, de forma más plausible, su biznieto, un personaje de sonrisa más retrepada, elocuente y socarrón. Es lo mejor de la película.
Elocuencia gatuna.
La razón de un felino tan hogareño en la peripecia de un hombre que de hogar solo tiene un sofá y un aparato de televisión, es que una de las antiguas amantes de este Bill Murray, sobre cuya retrospección se articula la película, es comunicadora de animales. No es que hable con ellos, es que se comunica con perros, gatos, iguanas y vaya usted a saber; eso da igual. Es un poder, un don (gift se dice en la versión original) que le fue otorgado por un perro que tuvo y falleció súbitamente. El caso es que el gato ?llamado Ramón? aparece en mitad del invertebrado encuentro entre este Bill Murray y semejante antigua novia suya, y se hace con toda la pantalla, con toda la historia, con toda la extraterritorial o marciana música de cámara que Jarmusch nos plantea. El gato no comprende a ese incomprensible personaje que tiene una cierta idea de lo que busca aunque no de lo que rastrea, pero sí se da cuenta de que oculta algo, y así se lo comunica a la antigua novia. Ésta da por buena la información y, consciente de que se trata de una evidencia embarazosa para su antiguo novio, comunica al gato que se despida y ausente. Y así lo hace Ramón, dejando en el espectador la fuerte y muy probablemente inolvidable impresión de que le ha sido dado el privilegio de asistir a un alarde de elocuencia gatuna, a un instante prodigioso en la historia de las películas con animales dentro. ¡Ramón, the cat, for ever!
Enviado el 03 de Diciembre. << Volver a la página principal <<
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