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Diciembre 03, 2005

Ojos que no ven... - JOSE MANUEL COSTA

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Paredes blancas. Números (del 1 al 30) y nombres de treinta artistas inscritos en negro a dos palmos del suelo. Esta es la descripción visual. No hay más. Karin Sander tiene tras de sí un trabajo que básicamente consiste en distorsionar los contextos donde opera, públicos o privados. Ha extendido un retal de hierba artificial en un parque (y la gente lo utilizaba, que la natural estaba húmeda) y ha pintado de blanco un único balcón en un complejo habitacional polaco más gris que el gris. En estos y otros casos, el espectador es aleatorio; las expectativas previas, casi nulas; la obra, prácticamente anónima, y en esa medida, la efectividad del trabajo es aparente. El espacio público cotidiano se ve transformado y, aunque sólo sea eso, la mera incongruencia de la intervención pone de manifiesto cualidades o circunstancias que damos por sentadas, que ni siquiera percibimos.

Otro «cantar».
Algo más complejas ?por mediatizadas? son las intervenciones de Sander en entornos pertenecientes a la industria del arte. Lo que antes era un encuentro casual entre la obra y un transeúnte cualquiera e inespecífico, se ve transformado aquí en uno mucho más intencionado, especializado y minoritario, acostumbrado a una serie de reglas y convenciones.

Una forma evidente de enfocar esta situación es, precisamente, incidiendo en esas convenciones. Dando por supuesto que el espectador asistente es una variable predecible y fija, que su número es pequeño y su aproximación nada inocente, la única variable a distorsionar son las expectativas precisamente de ese público. El juego no tiene por qué ser mucho más complejo que en el exterior no protegido, pero es más limitado y forzosamente específico.
Sander ha trabajado en numerosas ocasiones sobre la pared expositora. En 1990, hizo que una habitación del Whitney neoyorquino fuera dividida virtualmente en dos y que la parte inferior fuera impregnada varias veces al día con agua. Así se producía un efecto reflectante que venía a durar unos veinte minutos. En 1996, una pared del Kunstmuseum de Bonn fue lijada múltiples veces hasta convertirse en una superficie también reflectante producida, no por la adición, sino por la sustracción de material.

Aquí, en esta galería madrileña, sólo vemos esos números y esos nombres. A la entrada se le facilita al visitante una guía auditiva en la que se pueden introducir los dígitos, y así surgen las grabaciones de 30 artistas presentes en la colección de la galerista Helga de Alvear. Se supone que ésas son las obras y que el espectador debiera imaginar «algo» frente a la pared blanca mientras escucha.

No podía funcionar.
Esto no funciona ni podía funcionar. En primer lugar, es mucho exigir al espectador que se plante frente a una pared en blanco durante más de una hora y cuarto para vislumbrar imágenes mientras escucha palabras en inglés, español, alemán o portugués. De otro lado, muchas de las aportaciones de los artistas no es que no sean descriptivas (alguna lo es, y el intento resulta aún más malogrado), es que no persiguen provocar intuiciones de orden plástico, más allá de su verbalidad. Visto lo no visto, no cabe esperar de una artista tan rigurosa como Sander que un juego obviamente destinado al fallo fuera su pretensión primaria. Ha de buscarse otra, algo menos aparente.

Aceptando que esta obra tampoco puede ser encuadrada como una instalación o una escultura de sonido, puede inferirse que en realidad no pretende ser nada desde el punto de vista plástico. Que su único sentido lo adquiere cuando adopta forma de disco compacto, que se vende en la entrada a 25 euros (firmado) y que contiene 24 de las 30 aportaciones de los artistas (siendo la ausencia más penosa la de Alan McCollum cuando se suelta cantar un estándar).
El cd, el audio, ese objeto ampliamente socializado y relativamente barato, es en realidad la obra. Desde ese punto de vista Zeigen empieza a tener sentido. La galería se ha transformado en una tienda de discos; su mercancía es de orden industrial y extra-plástico; su finalidad y las expectativas habituales que genera se ven subvertidas.

Una carátula «de oídas».
Como otro indicio en esta dirección, la cubierta del cd muestra (aquí sí) múltiples orejas, nada de ojos. ¿Y el contenido del disco? En un recopilatorio de 24 cortes hay un poco de todo. Los sonidos son muy heterogéneos en lo técnico, desde grabaciones de alta calidad a mensajes recogidos en contestadores automáticos. Pero Sander ha tratado de darle un cierto orden. Al comienzo, las aportaciones de Adrian Schies, Alex Hartley o Asta Gröting son prosa poética que luego va variando hacia lo teórico con DJ Simpson, Ester Partegàs o Eulàlia Valdosera (con una perorata bastante sosa sobre el reflejo, la ilusión?). Con Felix Huber empieza a surgir la música, puramente electrónica (y regular) en el caso de Gerwald Rockenschaub, o la ambiental de Helena Almeida. A continuación, Isaac Julien hace una gran introducción de 15 minutos de su Baltimore natal, a las que siguen otras descripciones de Jac Lernier y Javier Vallhonrat. Juan Palomino da un paso hacia la abstracción que continúa J. Penalva en su negativa a describir nada y un final silbando en el estudio. Esto da paso a ruidos «concretos» de Katherina Grosse y Markus Sixai, para regresar a la explicación pura y dura de M. Hatoum como un hiato verbal que continúa con una de las mejores piezas, la conversacional musical de Pia Fries y Hans Brändli. Reinhard Ermen regresa a lo discursivo con una interpretación algo pobre, y ya hacia el final, unos pasos (¿en la galería?) de Silvie Fleury, dos ejemplos de poesía fonética a cargo de Thomas Locher y Thomas Werner, y un largo cierre de piano y cuerda, algo banal, de Ugo Rondinone. Un cd muy interesante, nada habitual y que merece la pena. Eso sí, hace falta saber idiomas.

Enviado el 03 de Diciembre. << Volver a la página principal <<

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