« Martí Anson o la estética de la frustración - Jaume VIDAL OLIVERAS | >> Portada << | No usarás el nombre de la cultura en vano - José Manuel Costa »

Enero 07, 2006

España, tras la hecatombe - Mercedes Monmany

Reseña de La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq, Traducción de Encarna Castejón, Alfaguara. madrid, 2005. Originalmente en abc.es

Adorado con pasión a lo largo y ancho del mundo, desde Estados Unidos al Japón, pasando por Europa, Michel Houellebecq (1958), el escritor francés actual con más proyección en el exterior, posee un público de incondicionales desde la primera de sus inequívocas e inimitables obras, Ampliación del campo de batalla (1994) y, sobre todo, desde Las partículas elementales (1998), ambas en Anagrama. Pero sus hastiados detractores no son menos e invocan un «aburrimiento» en progresión indefinida, que repetiría temas y provocaciones como la Guía Michelín. A todos ellos, y en especial a la enfurecida proyección mediática que tantas veces él ha contribuido a crear, Houellebecq ha respondido en su última novela, La posibilidad de una isla, como es su estilo. Es decir, redoblando sus temas más «sangrientos» si cabe, aderezándolo con una autosatirización que crea un clon de sí mismo, a la manera de personaje estelar. Como maligno álter ego apenas encubierto elegirá a un humorista, «agudo observador de la realidad contemporánea», dotado de «una gran franqueza», que alcanza la cumbre del éxito en su país, Francia, haciéndose millonario. Más tarde, agotado por las servidumbres de la fama, emigrará a España. Al Cabo de Gata

Caudal de abyecciones.
Calificado por algunos como el último «moralista francés», y por otros como «humanista chirriante», en sus comienzos este humorista debutó (dirá en sus memorias, que son el eje central de la novela) «con números breves sobre familias reconstituidas, los periodistas de Le Monde y la mediocridad de las clases medias en general», a lo que fue añadiendo un «tono burlesco de ligero islamófobo». La profesión le permite un caudal de abyecciones aparentemente sin fin («la mayor ventaja del oficio de humorista es poder portarse como un cabrón con toda impunidad, e incluso rentabilizar cómodamente la abyección»). Pero, al mismo tiempo, a pesar del blindaje que le aporta su cinismo, su rabia y su destemplada lucidez, comprobará que sigue sufriendo sin remedio a causa de lo más incontrolable e ingobernable: el amor.

Los elohim.
En ese momento de crisis vital, entrará en contacto con la secta de los Elohim, y con ellos, en el mundo antes ignorado de la trascendencia, con lo cual decide eternizarse a través de los experimentos ya muy avanzados con el ADN por parte de la secta. A la vez, inicia una autobiografía, cosa que le crea «una ilusión de control sobre los acontecimientos». Desde su plataforma elohimita, es decir, desde esa secta aliada de una gélida experimentación científica a la vez que enemiga declarada de las nuevas formas de barbarie contemporánea que progresivamente habrían anulado el papel de las religiones tradicionales monoteístas, Daniel 1, el humorista, dejará tras de sí un reguero de danieles o clones neohumanos. Sus autobiografías, escritas desde un mundo futuro de «energía debilitada, no trágica», un mundo de la «extinción del deseo», ausente de «dolor y peligro», que ha extirpado «el dinero y el sexo», se irán mezclando con el relato del modelo originario, de Daniel 1, el humorista. Un relato que giraba en torno al declive de la civilización occidental.

Todo lo narrado puede parecer un delirio más, perteneciente a la más pura galaxia Houellebecq. Pero, como siempre en el caso de este autor, estamos hablando de excusas, de metáforas no tan simples, mucho más amplias, que nos remiten a temas e inquietudes contemporáneas no tan risibles y esperpénticas. Como también ha sucedido con el británico Ishiguro y su espléndida novela sobre la clonación humana, Nunca me abandones (Anagrama), Houellebecq ha escogido reflexionar y «poner en tela de juicio un progreso científico y tecnológico» que ha olvidado al ser humano y toda idea de trascendencia, en favor de máquinas sin alma y ciegas carreras en pos de triunfos y tráficos de laboratorio especulativo.

Baudelaire y Poe.
Sus visiones proféticas y milenarias no son optimistas («una mejora de las técnicas se paga con un aumento del control social y una disminución global de la alegría de vivir») y en muchos casos adquirirán visos truculentos y terroríficos, como no cabría esperar menos en un poeta como él, de la más brutal y encarnizada melancolía, dotado de un cruel y sombrío, de un negro lirismo simbolista, al estilo de su admirado Baudelaire y de su no menos adorado Poe. Cuando, tras leer las memorias de su molde originario Daniel 1, el clon Daniel 25, dos mil años después, envidie aquel caos apasionante en el que se movía su antepasado, «su recorrido contradictorio y violento, las pasiones amorosas que lo habían estremecido», decidirá abandonar su pacificado «orden meramente conservativo» y saldrá al exterior de su fortaleza de seguridad garantizada e inexpugnable. En un paisaje desolado, perteneciente a una España devastada por catástrofes ecológicas y nucleares, en medio de feroces rituales caníbales, unos cuantos hombres han sobrevivido en estado salvaje. Desmoralizado, el clon Daniel regresará a su refugio («abandonando por mi propia voluntad el ciclo de renacimiento y muertes») a la espera de unos Futuros que tal vez conseguirán, por fin, «alcanzar el universo de las potencialidades innumerables». Un espléndido poema futurista de un Houellebecq siempre reencarnado, pese a quien pese.

Enviado el 07 de Enero. << Volver a la página principal <<

Comentarios

Publicar un comentario

Gracias por registrarse, . Ahora puede comentar. (salir)

(Si no dejó aquí ningún comentario anteriormente, quizás necesite aprobación por parte del dueño del sitio, antes de que el comentario aparezca. Hasta entonces, no se mostrará en la entrada. Gracias por su paciencia).


¿Recordarme?