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Enero 14, 2006
Li Wei: El ejemplo del acróbata - Fernando Castro Florez
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En una libro de conversaciones con Sylvere Lotringer titulado Amanecer crepuscular, Paul Virilio habla en términos bastante apocalípticos del body art, llegando a ponerlo en relación con la ingeniería genética e, incluso, nombrando a Stelarc y Orlan, lo hace en preocupante vecindad con los sueños siniestros de Mengele. «El otro día vi ?dice el famoso teórico de La estética de la desaparición? a un profesor de Historia del arte contemporáneo que enseña en colegios que me dijo: "Cuando llego a la automutilación, eso ya no sé cómo enseñarlo"». La interlocutora intenta proyectar al visionario pensador hacia un tiempo remoto y le sugiere que acaso hay alguna conexión con las huellas de las manos mutiladas sobre las paredes de las cavernas prehistóricas, comentario que Virilio apostilla a la carrera: «Sí, pero yo no podría ir y decirles a los chicos: "Agarren la navaja y denle duro"». Parece sensato evitar que los niños, después de la magia de los Reyes Magos, se coman cebollas a bocados como si fueran manzanas, se peguen tiros en el brazo o, para colmo del furor fetichista, se líen a tatuar líneas en la espalda de sus amigos más íntimos. Y, por supuesto, hay que esconder los cuchillos, no vaya a ser que algún insensato tome la drástica decisión de cortarse en rodajas el miembro viril. Pero tampoco podemos pensar ?así, sin más? que el arte surgido tras la gran demolición es meramente el «suicidio simbólico» de una cuadrilla de cretinos o la manifestación de unas provocaciones pactadas por una serie de snobs. En una época, literalmente anestesiada, sometida al tratamiento «Ludovico», acostumbrada a la sobredosis del horror, acaso tengan que generarse otro tipo de acontecimientos, performances que sean capaces de activarnos, demostraciones drásticas que den qué pensar.
Como un obús.
Sin duda, Li Wei es uno de esos artistas capaces de hacer cosas que entran en la mente del espectador como obuses. En la serie Falls, los cuerpos están incrustados en el suelo como si la exhibición circense del hombre-bala se hubiera ejecutado sin red. Ahí está, con la cabeza bajo tierra o en el borde de una barca, desafiando entre ridículo y atlético a los bienpensantes. Convoca la catástrofe sin caer en el literalismo tan socorrido después de la Gran Demolición. Las fotografías tituladas The life is alot it muestran a una especie de mujer menudita pero aparentemente forzuda que levanta por el aire a Wei con prodigiosas llaves salidas de un nuevo repertorio de las arte marciales; a un sufrido Li Wei que ha debido cometer algún tipo de imprudencia que ahora le acarrea esta brutal paliza. Aunque también hay en esas poses algo coreográfico, la sensación de que el artista y su pareja son acróbatas alejados ?de momento? del circo, gente que exhibe prodigios que son parte de la cultura del retoque digital, es evidente.
De impacto.
Las imágenes de A Pause for Humanity son impactantes: Li Wei y una mujer encaramados en un edificio en construcción, desafiando al vértigo. El artista, sin que deje de impresionarnos su desvarío, se ata por el cuello a un pilar y consigue un ángulo de inclinación anómalo por encima de la escena tierna y maternal. Pero, ¿qué hacen ahí esos tipos a punto de pegarse la costalada del siglo, poniendo en riesgo mortal a una criaturita?¿Son unos indeseables o unos majaderos? Virilio se preguntaba al borde del terror y de la abominación: «¿Hasta qué punto?». Sin embargo, frente al arte de la abyección y lo teratológico, del vómito decorativo, Li Wei está hablando de forma muy lúcida de los problemas del presente en el contexto de las transformaciones de la sociedad china; en esas contundentes acciones convoca el problema de la vivienda, el control demográfico y la nueva forma de articulación familiar. Sacando partido de la retórica del post-performance, este artista, exponente de la gran renovación creativa que se ha producido en China, alegoriza desde la precariedad corporal del paso del maoísmo a la cultura neo-capitalista ?o como se tenga que llamar el vértigo económico que agita aquellas remotas tierras asiáticas?. Li Wei cae sin soltar al bebé desde una torre de alta tensión, o es sujetado, al mismo tiempo y al borde de la asfixia, por un gran brazo que sale desde una ventana. Sujeto, vale decir a la manera foucaultiana, en el proceso del sometimiento, capaz de responder con enorme riqueza plástica a la interpelación ideológica de un momento de convulsión social que acaso sólo pueda verse si uno es capaz de meter la cabeza por debajo de lo evidente. Como Gauther dijo, «en materia de artistas sólo me interesan los acróbatas». Tal vez Li Wei sea uno de los más ejemplares funambulistas estéticos de un circo ubicuo y fatal.
Enviado el 14 de Enero. << Volver a la página principal <<
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