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Enero 08, 2006
“...y bailaré sobre tu tumba” - Fernando Castro Flórez
“Mientras que en los interiores en que habitan los hombres habita la desgraciada, los rincones de la infancia, lugares abandonados como la caja de la escalera, son rincones de esperanza. La resurrección de la carne debería tener lugar en un cementerio de automóviles. La inocencia de lo inútil pone contrapunto a lo parasitario”.
(T.W. Adorno: “Apuntes sobre Kafka”).
Estamos, insisto, en pleno espectáculo de gesticulación, cuando los repliegues de la transgresión tienen únicamente un aliciente lúdico: “el paradigma –señala Rafael Sánchez Ferlosio- podría ser aquella diversión infantil de recitar las palabras prohibidas: “caca culo pedo pis”. Creo que el placer dimana de la constatación empírica de que uno dice lo prohibido y no pasa nada, en la prueba de contraste entre el prestigio autoritario de la prohibición y el resultado de la impunidad. Sería, pues, la fruición de descubrir y repetidamente comprobar que las palabras tabú no contienen el mal dentro de sí, ya que no causan por sí solas la inmediata punición, sino que ésta les ha sido coordinada como un decreto-ley de la autoridad paterna; lo cual no es sino el descubrimiento del derecho positivo, de la positividad de toda prohibición: “Non prohibitum quia malum sed malum quia prohibitum””. La tosquedad de nuestros entretenimientos enlaza con la producción cómica medieval. Recordemos que en Edad Media se favorecía, en determinados momentos, por ejemplo en las fiestas eclesiásticas de los locos, un estado de licencia casi ilimitada o de idiotez simulada: “Encontramos –apunta Robert Klein- entre los factores esenciales de esa comicidad, el disparate, la gesticulación loca, la incoherencia, la escatología, la obscenidad, el simple placer de transgredir una regla, sea cual sea, o de escandalizar la sensibilidad más elemental del hombre civilizado de aquella época. Un ligero marco institucional o simbólico –fiesta, procesión, máscara o disfraz, escenificación paródica- recordaba que ese desenfreno “no era más que un juego” y lo mantenía al mismo tiempo en unos límites relativamente prudentes”. Si, en el campo televisivo y, particularmente, en la estética del videoclip, el proceso de desemantización está conectado con las patologías narcisistas, en la cultura carnavalizante (medieval-postmoderna) ravera emerge un aspecto intransitivo, la conciencia de que no se va a ninguna parte. El rave puede ser visto como la experiencia postmoderna definitiva (cultura sin contenido, sin referente externo). O como un culto sacrificial batailleano de gasto sin recompensa, rituales que utilizan energía y recursos para nada”.
El tipo contemporáneo se caracteriza porque el yo está ausente, en un esquema semejante al de los estados catatónicos. Si bien es frecuente que se pase de la fosilización mental a una agitación exagerada, a rituales insensatos, en los que se sigue, también, el ritmo compulsivo de la repetición. Los sujetos no actúan inconscientemente, simplemente reflejan rasgos objetivos; así, cuando sonríen con una extrema complicidad ante las catástrofes mínimas del arte contemporáneo, en muchos casos lo único que hacen es integrarse en el infantilismo que es, obviamente, el estilo de lo roto. Pero, insisto, no hay aquí una tragedia abismal, ni un desgarro doloroso, al contrario, la demolición del yo refuerza el narcisismo y sus derivaciones colectivas. Los “fenómenos del como si” (esa ironización planetaria) implican estados proto-psicóticos en los que el sujeto se refugia en el “espectáculo ideológico”. Sería necesaria una fuerza enorme para sacar las puertas, que nos separan de la “escena del crimen”, de sus goznes, cuando tenemos una amarga conciencia: the time is out of joint. Acaso el supremo desquiciamiento sea la misma idea mesiánica. Vivimos en la inquietante familiaridad del terror y el loco de atar (artístico) se dedica a sacar la lengua. Todo, incluso aquello que nos atemorizaba, termina por ser grotesco, es decir, ornamental. Resulta, por ejemplo, extremadamente fácil aceptar lo peor cuando asistimos a la universalización de la noción de víctima, transformada en “imagen sublime”. El grado cero (solar o calvero que atrae la mirada voraz del turista: allí donde ya no hay nada que ver), las ruinas serán, no exagero, los cimientos del Imperio. Por medio del hiperrealismo de los medios de comunicación contemporáneos, que saturan el vacío que mantiene abierto el espacio para la ficción simbólica, entra en escena violencia en un proceso que puede nombrarse como psicosis.
Danza macabra que nos iguala a todos. Acaso lo que Holbein nos ha legado en su extraordinaria Danza macabra sea la certeza de que uno está perdido aunque se ría. Sabemos que los locos y los bufones tienen un acceso privilegiado al mundo de los muertos, que ese Valle sin Retorno (el doble o la inversión de nuestro mundo) es “transitable” por los que están fuera de lugar. Las bufonadas, farsas y danzas en el espacio sagrado o en el recinto de los muertos han sido, por un lado, propiciadas y, en otro sentido, radicalmente prohibidas, considerándolas, nada más y nada menos, que actos diabólicos. El loco sigue el paso de la muerte que toca la gaita, aunque el gesto del dedo índice en el labio revele un raro momento de lucidez, una sospecha frente a su alegre compañía que tiene algo de espejo indeseado. Entre la duda y aquella invocación al silencio. Pero la música no cesa e incluso en la fiesta, mientras unos beben vino en grandes cantidades y otro vomita, la muerte disfrazada no cesa de cumplir con su horrenda tarea. Toda danza es una pantomima de metamorfosis que tiende a convertir al bailarín en dios, demonio o en una forma existencial anhela. Necesitamos las máscaras para facilitar esa transformación. Este acto puede propiciar un retorno de lo reprimido, sobre todo cuando seguimos rumbo a peor, en este tiempo desquiciado en el que la destrucción genera un placer estético de primer orden. El bailoteo (casi epiléptico) llega a hartar. Volvemos, inconscientemente, a aquel cansancio (barroco) del espectáculo. Las coreografías de los hombres póstumos querrían retornar al ímpetu grotesco del carnaval, a aquel extraordinario “mundo al revés” en el que el bufón era el rey.
El Museo-Mausoleo de Morille se abrió con un cortejo patético en toda regla: un cochero con capa castellana y sombrero con telarañas, un carruaje tirado por un caballo negro espectacular, dos bandas de música tocando al pairo de la situación, un coche tuning e incluso unos tipos que hicieron acrobacias break, un personal dispuesto a todo. Desde el pueblo por una calleja llena de carchos llegamos al camposanto en el que ya estaban preparados las dos tumbas: una enorme para el Pontiac de Javier Utray, la otra pequeñísima para las cenizas de Pierre Klossowski, el teólogo pornógrafo. Gracias a los discursos se consiguió dar el tiempo suficiente para que llegara, vestido de una extraña guisa (el sombrero azul, la chupa de cazador, un hacha enfundada a la espalda, una mano con una especie de manto de armiño, el Maestro Utray. Sin duda, el momento más imponente fue el del coche suspendido por la grúa, entrando justísimo en su sepulcro de hormigón armado. La masa se encaramó a la lápida inamovible con una ganas tremendas de comprobar que aquello, fuera lo que fuera, quedaba allí para siempre. De vuelta al pueblo la música fúnebre de Pergolesi, el canto del desolado, nos transporto a una escena culta que rimaba, sin estridencias, con los acontecimientos rurales precedentes.
Una vez más Domingo Sánchez Blanco nos lleva a unos derroteros inexplicables, con una mezcla de lo grotesco y lo único que sigue siendo serio: la fiesta y la muerte. Sin melancolía, con un sarcasmo ejemplarizante, desmantela las pretensiones museofilicas para proponer un acontecimiento que entra, por propio derecho, en la lógica del matarile: el cuento se acaba, te pasaportan sin contemplaciones. No cabe duda de que en vez de repletar el mundo con paridas y cosas que pretenden ser “sublimes” podríamos actuar como severos sepultureros, capaces, a la manera de los de Hamlet, de comportarnos como unos verdaderos hijos de puta, contando chistes con la calavera de un bufón entre las manos. La abstracción bajo tierra, el arte traumático en el pudridero, lo críptico donde corresponde, el glamour a la fosa común. No tenemos tiempo para más tonterías: hay que agarrar los bártulos y cavar hondo. Luego la tapa, cuanto más pesada mejor. Lo único que hay que pedir, por favor, es que nadie suelte una meada, a la manera brutal, sobre las cenizas. Descanse en paz. Y, vosotros, poned ya una cinta y dadle caña que podamos bajar como hemos subido hasta el Museo-Mausoleo, con el gesto compungido y mordiéndonos la lengua para no soltar la carcajada final.
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